La Monja Alférez (2º parte).

Capítulo XI

Pásase a las Charcas

Salido de este aprieto, no pude menos que ausentarme de la Plata, y paseme a las Charcas (45), distante diez y seis leguas de allí. Volvime a hallar allí al ya dicho Juan López de Arguijo, veinticuatro; entregome diez mil cabezas de carneros de la tierra (46) para con ellos trajinar, con ciento y tantos indios. Entregome una gran partida de dinero para que fuese a los llanos de Cochabamba y comprase trigo y, moliéndolo, lo llevase al Potosí, donde hacía falta y tenía valor. Fui y compré ocho mil fanegas, a cuatro pesos; carguelas en los carneros, víneme a los molinos de Guilcomayo, molí tres mil quinientas y partí con ellas al Potosí. Vendilas luego allí a quince pesos y medio, y volvime a los molinos; hallé allí molido parte del resto, y compradores para todo. Vendilo todo a diez pesos, y me volví a las Charcas con el dinero contado a buscar a mi amo, el cual, vista la buena ganancia, me volvió a mandar a lo mismo a Cochabamba.

Entretanto, en las Charcas un domingo, no teniendo qué hacer, me entré a jugar en una casa de don Antonio Calderón, sobrino del obispo. Estaban allí el provisor, el arcediano y un mercader de Sevilla, allí casado; senteme a jugar con el mercader, fue corriendo el juego, y a una mano dijo el mercader, que estaba ya picado: «Envido.» Dije yo: «¿Qué envida?» Volvió a decir: «Envido». Volvile a decir: «¿Qué envida?» Dio un golpe con un doblón, diciendo: «¡Envido un cuerno!» Digo yo: «¡Quiero, y reviro el otro que le queda!» Arrojó los naipes y sacó la daga; yo, la mía, y asiéronnos los presentes, apartándonos, y fuese mudando conversación hasta bien entrada la noche. Salí para irme a casa, y a poco andado, al volver una esquina, doy con él, que saca la espada y se viene a mí. Yo saqué la mía, y nos embestimos; tirámonos un poco, y a poco rato le entré una punta y cayó. Acudió gente al ruido, acudió justicia, que me quiso prender; yo resistime, y recibí dos heridas, y, retirándome, vine a coger iglesia, la mayor. Allí me estuve unos días, advertido de mi amo que me guardase, hasta que una noche, bien reconocida la sazón y el camino, me partí a Piscobamba.

Capítulo XII

Parte de las Charcas a Piscobamba (47)

Llegado a Piscobamba, me acogí en casa de un amigo, Juan Torrico de Zaragoza, donde estuve unos pocos días. Una noche, en cenando, se armó juego con unos amigos que entraron. Senteme con un portugués, Fernando de Acosta, que paraba largo; paró una mano a catorce pesos cada pinta; eché diez y seis pintas contra él, y, viéndolas, se dio una bofetada en la cara, diciendo: «¡Válgame la encarnación del diablo!» Yo dije: «¿Hasta ahora, qué ha perdido usted para desatinarse?» Alargó las manos hasta cerca de mi cara, y dijo: «¡He perdido los cuernos de mi padre!» Tirele la baraja a la suya y saqué la espada; él, la suya. Acudieron los presentes y detuviéronnos y nos compusieron, celebrando y riendo los piques del juego. Él pagó y fuese, al parecer bien tranquilo. De allí a tres noches, viniéndome para casa, como a las o­nce, en una esquina divisé a un hombre parado; tercié la capa, saqué la espada y proseguí mi camino hacia él. Llegando cerca, se me arrojó, tirándome y diciendo: «¡Pícaro cornudo!» Conocido en la voz, fuímonos tirando, y entrele una punta y cayó muerto.

Quedeme un poco pensando qué haría; miré por allí y no sentí quien nos hubiese visto. Fuime a casa de mi amigo Zaragoza, callando mi boca, y acosteme. A la mañana vino el corregidor, don Pedro de Meneses, bien temprano, e hízome levantar y llevome. Entré en la cárcel y echáronme prisiones. A cosa de una hora volvió con un escribano y recibiome declaración. Yo negué saber tal cosa; después me recibieron confesión, y negué. Púsose a acusación, recibiome declaración. Yo negué saber tal cosa; después me recibieron confesión, y negué. Púsose a acusación, recibiose a prueba, hice mi probanza y hecha publicación, vi testigos que no conocí. Salió sentencia de muerte; apelé, y mandose ejecutar, sin embargo. Halleme afligido. Entró un fraile a confesarme, y yo me resistí; él porfió, y yo, fuerte. Fueron lloviendo frailes, que me hundían; yo, hecho un Lutero. Vistiéronme un hábito de tafetán y subieron en un caballo, porque el corregidor se resolvió, respondiendo a los frailes que le instaban que si yo quería irme al infierno, eso a él no le tocaba. Sacáronme de la cárcel, lleváronme por calles no acostumbradas, por recelo de los frailes; llegué a la horca, quitáronme los frailes el juicio a gritos y arrempujones, e hiciéronme subir cuatro peldaños. El que más me afligía era un dominico, fray Andrés de San Pablo, a quien habrá un año vi y hablé en Madrid, en el colegio de Atocha. Hube de subir más arriba; echáronme el volatín, que es el cordel delgado con que ahorcan, el cual el verdugo no me ponía bien, y le dije: «¡Borracho, pónmelo bien o quítamelo, que estos padres bastan!»

Estando en esto entró corriendo un posta de la ciudad de la Plata, despachado por el secretario, por mandato del presidente, don Diego de Portugal (48), a instancia de Martín de Mendiola, vizcaíno, que supo el pleito en que yo estaba, y entregó en su mano al corregidor un pliego, ante un escribano, en que le mandaba la Audiencia suspender la ejecución de justicia y remitir al preso y los autos a la Real Audiencia, que dista doce leguas de allí. La causa de esto fue rara, y manifiesta la misericordia de Dios. Parece que aquellos testigos de vista que depusieron contra mí en el homicidio del portugués cayeron en manos de la justicia de la Plata, por no sé qué delitos, y fueron condenados a horca, y estando en ella al pie declararon, sin saber el estado mío, que, inducidos y pagados y sin conocerme, habían jurado falso contra mí en aquel homicidio, y por eso la Audiencia, a instancia de Martín de Mendiola, se conmovió y remitió. Llegado este despacho a tal punto, fue grande la alegría del pueblo compasivo. Mandome el corregidor quitar de la horca y llevar a la cárcel, y remitiome con guardas a la Plata. Llegado allí, y visto el proceso, anulado por aquellos hombres al pie de la horca, y no resultando otra cosa contra mí, fui mandado soltar a los veinticuatro días, y estúveme allí otro poco.

Capítulo XIII

Pasa a la ciudad de Cochabamba y vuelve a la Plata

De la Plata me pasé a la ciudad de Cochabamba, a fenecer allí unas cuentas del dicho Juan López de Arguijo con Pedro de Chavarría, natural de Navarra, allí residente, casado con doña María Dávalos, hija del capitán Juan Dávalos, ya difunto, y de doña María de Ulloa, monja en la Plata, en convento que ella allí fundó. Ajustámoslas, y resultó alcance de mil pesos contra el dicho Chavarría, a favor de Arguijo, mi amo, los cuales luego me entregó con mucha bondad y agrado, y me convidó a comer, hospedándome dos días. Luego me despedí y partí, yendo encargado por su mujer de visitar de su parte a su madre, monja en la Plata, y darle muchos recados.

Partido de allí, hube de detenerme, en cosillas que se me ofrecieron con amigos, hasta ya el cabo de la tarde; partí en fin, y hube de volver a pasar por la puerta del dicho Chavarría. Al pasar vide gente en el zaguán, y sonaba ruido dentro. Pareme a entender qué fuese, y en esto me dice doña María Dávalos desde la ventana: «¡Señor capitán, lléveme usted consigo, que quiere matarme mi marido!» Y diciendo y haciendo, se arroja abajo. A esto llegaron dos frailes, y me dijeron: «Llévala usted, que la halló su marido con don Antonio Calderón, sobrino del obispo, y lo ha muerto, y a ella la quiere matar y la tiene encerrada». Y diciendo esto, me la pusieron a las ancas y yo partí en la mula que llevaba.

No paré hasta que, a las o­nce de la noche, llegué al río de la Plata. Había topado en el camino a un criado del dicho Chavarría, que venía de la Plata, y nos hubo de conocer, por más que yo procuré retirar y encubrir, y que avisó a su amo, según la cuenta. Llegado al río me afligí, porque iba grande y me pareció imposible de vadear. Dijo ella: «¡Adelante; pasad, que no hay otro remedio, y ayúdenos Dios!» Apeeme y procuré descubrir vado. Resolvime al que me pareció y volvime a montar, con mi afligida a las ancas, y entré. Fuimos entrando, ayudó Dios, y pasamos. Llegué a una venta que topé allí cerca; desperté al ventero, que se espantó de vernos a tal hora y pasado el río. Cuidé de mi mula y que descansase; dionos unos huevos, pan y frutas; procuramos torcer y exprimir las ropas, y volvimos a partir y andar, y al romper el alba, a cosa de cinco leguas, descubrimos la ciudad de la Plata.

Íbamos en ello algo consolados, cuando, de repente, doña María se ase más fuerte de mí, diciendo: «¡Ay, señor; mi marido!» Volví y vídelo que venía en un caballo, al parecer cansado. No sé, y me admira, cómo pudo ser esto. Porque yo partí de Cochabamba primero, quedando él dentro de casa, y sin detenerme un punto anduve hasta el río, paselo y llegué a la venta, y me detuve allí como una hora y volví a partir.

Fuera de esto, aquel criado que topé en el camino y se lo hubo de decir, algo tardó en llegar y algo tardó él en montar a caballo y partir. ¿Pues cómo él, en el camino, me salió al encuentro? No sé cómo, si no sea que traje yo más rodeo, no sabiendo el camino, y él menos. En fin, desde unos treinta pasos nos disparó una escopeta, y nos erró, pasando las balas tan cerca que las oímos silbar. Yo apreté a mi mula y bajé un cerro embreñado, sin verlo más; que a la cuenta su caballo se le hubo de rendir. Corridas como cuatro leguas largas, desde aquí llegué a la Plata bien fatigado y cansado. Fuime al convento de San Agustín, a la portería, y entregué a doña María Dávalos a su madre.

Volvíame a tomar mi mula, cuando topé con Pedro de Chavarría, que, con la espada en la mano, se arrojó a mí, sin dar lugar a razones. Diome gran cuidado verle, por el repente, por el cansancio con que me cogió y la compasión al engaño con que me tenía por ofensor. Saqué mi espada y hube de procurar la defensa. Entramos en la iglesia con la brega, y allí me entró dos puntas por los pechos sin haberlo yo herido, que debía ser diestro. Sentime y apreté y fuilo retirando hasta el altar. Tirome allí un gran golpe a la cabeza; parelo con la daga y entrele un palmo de espada por las costillas. Acudió ya tanta gente, que no se pudo más, y acudió la justicia y queríanos sacar de la iglesia. En esto, dos frailes de San Francisco, que es allí enfrente, me pasaron y entraron allá, ayudando a ello disimuladamente don Pedro Beltrán, alguacil mayor, cuñado de mi amo, Juan López de Arguijo. En San Francisco, recogido por caridad y asistido en la curación por aquellos padres, estuve retraído cinco meses.

Chavarría se estuvo también curando de sus heridas muchos días; clamando siempre sobre que le entregaran su mujer, sobre lo cual se hicieron autos y diligencias, resistiéndose ella con el manifiesto riesgo de su vida. Aquí acudieron el obispo y el presidente con otros señores, y ajustaron que ambos se entrasen en religión y profesasen: ella, donde estaba, y él, donde quisiese.

Quedaba mi querella. Vino mi amo Juan López de Arguijo, e informó al arzobispo, don Alonso de Peralta (49), y al presidente y señores, en la verdad y casualidad sana y sin malicia con que obré en el caso, tan diferente de lo entendido por aquel hombre, y que no había más que haber socorrido repentinamente a aquella mujer que se me arrojó, huyendo de la muerte, pasándola a convento con su madre, como ella lo pidió. Lo cual verificado y reconocido, se satisfizo y cesó la querella y prosiguió la entrada en religión de los dos. Salí de la reclusión, ajusté mis cuentas, visité muchas veces a mi monja y a su madre y a otras señoras de allí, las cuales, agradecidas, me regalaron mucho.

Capítulo XIV

Pasa de la Plata a Piscobamba y a la Mizque

Traté de buscar alguna ocupación en que entender. Mi señora, doña María de Ulloa, afecta por lo que la serví, me alcanzó del presidente y Audiencia una comisión para Piscobamba (50) y los llanos de Mizque, para la averiguación y castigo de ciertos delitos de allí denunciados, para lo cual se me señalaron escribano y alguacil, y salimos. Fui a Piscobamba, escribí y prendí al alférez Francisco de Escobar, residente allí y casado, contra quien resultó haber muerto a dos indios alevosamente por robarlos y enterrándolos dentro de su casa, en una cantera, donde hice cavar y los hallé. Fui sentenciando la causa por todos sus términos hasta tener estado, y, conclusa y citadas las partes, di sentencia condenando al reo a muerte. Él apeló; otorguele la apelación, y fue el proceso a la Audiencia de la Plata, con el reo. Allí se confirmó, y lo ahorcaron (51). Pasé a los llanos de Mizque y ajusté a lo que iba; volví a la Plata, di razón de lo obrado, entregando los autos de Mizque, y estuve después allí unos días.

Capítulo XV

Pasa a la ciudad de la Paz, y mata a uno

Paseme a la Paz, donde me estuve quieto algunos días. Bien ajeno de disgusto, me paré un día a la puerta de don Antonio Barraza, corregidor, a parlar con un criado suyo, y aventando la traza el diablo, vino ello a parar en desmentirme y darme con el sombrero en la cara. Yo saqué la daga, y allí cayó muerto. Cargaron sobre mí tantos, que, herido, me prendieron y entraron en la cárcel. Fuéronme curando y siguiendo la causa al mismo paso, la cual, sustanciada y en estado, acumuladas otras, me condenó el corregidor a muerte. Apelé, y mandose sin embargo ejecutar.

Estuve dos días confesando; el siguiente se dijo la misa en la cárcel, y el santo clérigo, habiendo consumido, me comulgó y volviose al altar. Yo al punto volví la forma que tenía en la boca y recibila en la palma de la mano derecha, dando voces: «¡Iglesia me llamo, Iglesia me llamo!» Alborotose todo y escandalizose, diciéndome todos hereje. Volvió el sacerdote al ruido y mandó que nadie llegase a mí. Acabó su misa, y a esto entró el señor obispo, don fray Domingo de Valderrama, dominico, con el gobernador (52). Juntáronse clérigos y mucha gente; encendiéronse luces, trujeron palio y lleváronme en procesión, y llegados al sagrario, todos arrodillados, me cogió un clérigo de la mano y la entró en el sagrario. No reparé en qué la puso. Después me rayeron la mano y me la lavaron diferentes veces y me la enjugaron; y despejando luego la iglesia y los señores principales, me quedé allí. Esta advertencia me la dio un santo religioso franciscano, que en la cárcel había dádome consejos y que últimamente me confesó. Cerca de un mes tuvo el gobernador cercada aquella iglesia, y yo allí guarnecido; al cabo del cual quitó las guardias, y un santo clérigo de allí, según yo presumí por orden del señor obispo, reconocido el alrededor y el camino, me dio una mula y dineros y partí al Cuzco.

Capítulo XVI

Pasa a la ciudad del Cuzco

Llegué al Cuzco, ciudad que no reconoce ventaja a Lima en vecinos ni en riqueza; cabeza de obispado, dedicada su Catedral a la Ascención de Nuestra Señora, servida por cinco dignidades, ocho canónigos, ocho parroquias, cuatro conventos de religiosos franciscanos, dominicos, mercedarios y agustinos; cuatro colegios, dos conventos de monjas y tres hospitales.

Allí estando, me sucedió a pocos días otro fracaso bien pesado, y en realidad y verdad no merecido, porque me hallé ajeno totalmente de culpa, si bien mal opinado. Sucedió allí una noche, impensadamente, la muerte de don Luis de Godoy, corregidor de Cuzco, caballero de grandes prendas y de los más calificados de por allí. Matolo, según se descubrió después, un fulano Carranza, por ciertos piques largos de contar, y como luego no se descubriese, me lo echaron a mí y me prendió el corregidor, Fernando de Guzmán, teniéndome cinco meses bien afligido, hasta que quiso Dios, pasado ese tiempo, que se descubriese la verdad y mi total inocencia en ello, con que salí libre, y partí de allí.

Capítulo XVII

Pasa a Lima. De allí sale contra los holandeses. Piérdese y acógese a su armada. Échanle a la costa de Paita, y desde allí vuelve a Lima

Paseme a Lima en el tiempo en que era virrey del Perú don Juan de Mendoza y Luna, marqués de Montes Claros (53).

Estaba entonces el holandés batiendo a Lima con ocho bajeles de guerra que allí tenía, y la ciudad estaba en armas (54). Salimos contra él del puerto del Callao cinco bajeles y embestímosles, y por un grande rato nos iba bien; pero cargó sobre nuestra almiranta de forma que la echó a pique, sin que pudiesen escapar más que tres hombres, que nadando nos acogimos a un navío enemigo, que nos recogió. Éramos: yo, un fraile franciscano descalzo y un soldado, a los cuales ellos nos hicieron mal tratamiento, con burlas y desprecios. Toda la demás gente de la almiranta pereció (55).

A la mañana, vueltas al puerto del Callao nuestras cuatro naves, de que era general don Rodrigo de Mendoza, se echaron de menos novecientos hombres, entre los cuales me contaron a mí, que iba en la almiranta. Estuve en poder de los enemigos veintiséis días, temiendo yo para mí que me llevarían a Holanda. Al cabo de ellos, a mí y a mis dos compañeros nos echaron en la costa de Paita, cosa de cien leguas de Lima, de donde unos días después, y pasados muchos trabajos, un buen hombre, compadecido de nuestra desnudez, nos vistió, nos encaminó y avió a Lima, y vinimos (56). Estúveme en Lima unos siete meses, ingeniándome allí lo mejor que pude. Compré un caballo, que me salió bueno y no caro, y andúveme en él unos pocos días, tratándome de partir para el Cuzco. Estando de partida, pasé un día por la plaza, vino a mí un alguacil y me dijo que me llamaba el señor alcalde, don Juan de Espinosa, caballero del Orden de Santiago. Llegué a su merced; estaban allí dos soldados, y así que llegué dijeron: «Éste es, señor. Este caballo es nuestro y nos ha faltado, y de ello daremos luego bastante información.» Rodeáronme ministros, y dijo el alcalde: «¿Qué hemos de hacer en esto?» Yo, cogida de repente, no sabía qué decir; vacilante y confusa, parecía delincuente, cuando se me ocurre de pronto quitarme la capa y tapele con ella la cabeza al caballo, y digo: «Señor, suplico a vuestra merced que estos caballeros digan cuál de los ojos le falta a este caballo, si el derecho o si el izquierdo. Que puede ser otro animal y equivocarse estos caballeros.» Dijo el alcalde: «Dice bien; digan ustedes a un tiempo de cuál ojo es tuerto ese caballo.» Ellos se quedaron confusos. Dijo el alcalde: «Díganlo ustedes a un tiempo.» Dijo el uno: «Del izquierdo.» Dijo el otro: «Del derecho; digo, del izquierdo.» A lo que dijo el alcalde: «Mala razón han dado ustedes y mal concordante.» Volvieron ellos, juntos, a decir: «Del izquierdo, del izquierdo decimos ambos, y no es mucho equivocarse.» Dije yo: «Señor, aquí no hay prueba, porque uno dice uno, y otro, otro.» Dijo uno: «No decimos sino una misma cosa: que es tuerto del ojo izquierdo, y eso iba yo a decir y me equivoqué sin querer; pero luego me enmendé, y digo que del izquierdo.» Parose el alcalde, y dije yo: «Señor, ¿qué me manda vuestra merced?» Dijo el alcalde: «Que si no hay más prueba, se vaya usted con Dios a su viaje.» Entonces tiré de mi capa, y dije: «Pues vea vuestra merced cómo ni uno ni otro están en el caso, que mi caballo no es tuerto, sino sano.» El alcalde se levantó y llegó al caballo y mirolo y dijo: «Monte usted y váyase con Dios.» Y volviéndose a ellos, los prendió. Yo monté y me fui, y no supe en lo que paró aquello, porque me partí para el Cuzco.

Capítulo XVIII

Mata en el Cuzco al nuevo Cid, quedando herida

Volvime a pasar al Cuzco. Hospedeme en casa del tesorero Lope de Alcedo, y allí me estuve unos días. Entreme un día en casa de un amigo a jugar; sentémonos dos amigos, y fue corriendo el juego; arrimose a mí el nuevo Cid, que era un hombre moreno, velloso, muy alto, que con la presencia espantaba, y llamábanle el Cid. Proseguí mi juego, gané una mano, y el Cid entró la suya en mi dinero, sacome unos reales de a ocho y fuese. De allí a poco volvió a entrar y volvió a entrar la mano; sacó puñado y púsoseme detrás. Previne la daga, proseguí el juego, volviome a entrar la mano al dinero, sentilo venir, y con la daga clavele la mano contra la mesa. Levanteme, saqué la espada, sacáronla los presentes, acudieron otros amigos del Cid, apretáronme mucho y diéronme tres heridas; salí a la calle, y tuve ventura, que si no, me hacen pedazos. Salió el primero tras de mí el Cid; tirele una estocada, y advertí que estaba armado como un reloj (57). Salieron otros, y fuéronme apretando. A este tiempo acertaron a pasar dos vizcaínos, que acudieron al ruido y pusiéronse a mi lado viéndome solo y contra cinco; llevábamos los tres lo peor, retirándonos toda una calle hasta salir a ancho. Llegando cerca de San Francisco, me dio el Cid por detrás con la daga una puñalada, que me pasó la espalda, por el lado izquierdo, de parte a parte; otro me entró un palmo de espada por el lado izquierdo, y caí en tierra echando un mar de sangre.

Con esto unos y otros se fueron; yo me levanté con ansias de muerte y vi al Cid a la puerta de la iglesia; fuime a él y él se vino a mí, diciendo: «Perro, ¿todavía vives?» Tirome una estocada y apartela con la daga y tirele otra, de tal suerte, que se la entré por la boca del estómago, atravesándolo, y cayó pidiendo confesión. Yo caí también; al ruido acudió gente y algunos frailes y el corregidor, don Pedro de Córdoba, del hábito de Santiago, el cual, viendo a los ministros asirme, les dijo: «¿Aquí qué hay que hacer sino confesarlo?» El otro expiró luego. Lleváronme caritativos a casa del tesorero, donde yo paraba; acostáronme; no se atrevió un cirujano a curarme hasta que confesara, por recelo de que expirase. Vio el padre fray Luis Ferrer de Valencia, gran sujeto, y confesome; y viéndome yo morir, declaré mi estado (58). Él se admiró y me absolvió, y procuró esforzarme y consolarme. Vino el Viático, y lo recibí, y desde allí me pareció sentir esfuerzo.

Entró la curación, y sentila mucho, y con los dolores y el desangre perdí el sentido. Estuve así por catorce horas, y en todo aquel tiempo aquel santo padre Ferrer no se apartó de mí. Dios se lo pague.

Volví en mí llamando a San José; tuve para todo grandes asistencias, que provee Dios en la necesidad; fuéronse pasando los tres días; luego, los cinco, y concibiéronse esperanzas. Luego me pasaron una noche a San Francisco, a la celda del padre fray Martín de Aróstegui, pariente de mi amigo Alcedo, por recelo de la justicia; y allí estuve cuatro meses que me duró la enfermedad. Lo cual, sabido por el corregidor, braveó y puso guardas en los contornos y previno los caminos. Ya mejor, y con certidumbre de que en el Cuzco no podía quedar, determiné, con ayuda y consejos de amigos, mudar tierra, recelando el encono de ciertos amigos del muerto. Diome el capitán Gaspar de Carranza mil pesos; el dicho tesorero Lope de Alcedo, tres mulas y armas, y don Francisco de Arzaga, tres esclavos; con lo cual, y con dos amigos vizcaínos de satisfacción, partí del Cuzco una noche para Guamanga.

Capítulo XIX

Parte del Cuzco para Guamanga. Pasa por el puente de Andahuailas y Guancavélica

Partido del Cuzco, como digo, llegué al puente de Apurimac (59), donde topé a la justicia con amigos del muerto Cid, que me estaban esperando. Díjome el ministro: «Sea usted preso», y fueme a echar mano, asistido de otros ocho. Desenvolvímonos nosotros cinco, y trabose de unos a otros una fiera contienda. Cayó de los míos a breve rato un negro; quejose de allá otro y a poco otro; cayó el otro negro, y de un pistoletazo derribé al ministro, cuya tropa, al escuchar armas de fuego, huyó, dejando allí a tres tendidos. Hasta el dicho puente llega la jurisdicción del Cuzco y no pasa de allí; por eso hasta allí me acompañaron aquellos mis camaradas, de allí se volvieron, prosiguiendo yo mi camino. Llegué a Andahuailas y topé luego con el corregidor, el cual, muy afable y muy cortés, se me ofreció con su casa y me convidó a comer; pero yo no acepté porque me recelé de tanto comedimiento, y partí.

Llegué a la ciudad de Guancavélica; apeeme en un mesón y estúveme un par de días viendo el lugar. Llegueme a una plazuela que está junto al cerro del Azogue (60), y estaba allí el doctor Solórzano, alcalde de corte de Lima, tomando residencia al gobernador don Pedro Osorio. Vi que llegó a él un alguacil, que supe después llamarse Pedro Xuárez, y él volvió el rostro y me miró, y sacó un papel y mirolo, y volviome a mirar, y vi luego partir hacia mí al alguacil y un negro. Yo me quité de allí como sin cuidado y con mucho; cuando a poco andado pasa delante el alguacil y quítame el sombrero y yo a él (61), y llega el negro, por detrás, y áseme de la capa. Yo suéltosela y saco la espada y una pistola, y embístenme los dos con espadas. Descerrajo y cae el alguacil; tírole al negro, y en breve cae de estocada; parto, y encuentro a un indio que traía del diestro un caballo, que supe después ser del alcalde; quítoselo y monto, y parto de allí a Guamanga, distante catorce leguas.

Pasado el río de Balsas, me desmonté para descansar un poco al caballo, y estando así, veo llegar al río tres hombres a caballo, que lo vadean hasta la mitad. No sé qué me dio el corazón, y pregunteles: «¿Adónde bueno, caballeros?» Díjome uno: «Señor capitán, a prender a usted.» Saqué mis armas, previne dos pistolas, y dije: «Prenderme vivo no podrá ser. Primero me han de matar y luego prenderme»; y me acerqué a la orilla. Dijo otro: «Señor capitán, somos mandados y no pudimos excusar venir; pero con usted no queremos más que servirle.» Todo esto parados en medio del río. Yo estimeles el buen término; púseles sobre una piedra tres doblones, monté y con muchas cortesías partí a mi camino para Guamanga (62).

Capítulo XX

Entra en Guamanga, y lo que allí le sucedió hasta descubrirse al señor obispo

Entré en Guamanga y fuime a una posada. Halleme allí a un soldado pasajero, que se aficionó al caballo y vendíselo en doscientos pesos. Salí a ver la ciudad, que parecíame bien, de buenos edificios, los mejores que vide en el Perú. Vi tres conventos, de franciscanos, mercedarios y dominicos; uno de monjas y un hospital; muchísimos vecinos indios y muchos españoles; bello temple de tierra, fundada en un llano, sin frío ni calor; de grandes cosechas de trigo, vino, frutas y semillas; buena iglesia, con tres dignidades y dos canónigos y un santo obispo, fraile agustino, don fray Agustín de Carvajal (63), que fue mi remedio; aunque faltó, muriendo de repente el año veinte, y decían que lo había sido allí desde el año doce.

Estuve allí unos días, y quiso mi desgracia que me entrara unas veces en una casa de juego, donde estando un día entró el corregidor, don Baltasar de Quiñones, y mirándome y desconociéndome, me preguntó de dónde era. Dije que vizcaíno. Dijo: «¿De dónde viene ahora?» Dije: «Del Cuzco.» Suspendiose un poco mirándome, y dijo: «Sea preso.» (64) Dije: «De buena gana»; y saqué la espada, retirándome a la puerta. Él dio voces pidiendo favor al rey, y hallé en la puerta tal resistencia que no pude salir. Saqué una pistola de tres bocas, y salí y desaparecime, entrando en casa de un amigo que me había hallado. Partió el corregidor y embargome la mula y no sé qué cosillas que tenía en la posada. Estúveme allí unos días, habiendo descubierto que aquel amigo era vizcaíno. Entretanto no sonaba ruido del caso ni sentía que la justicia tratase de ello; pero todavía nos pareció ser forzoso mudar tierra, pues tenía allí lo mismo que en otra parte. Resuelto a ello, salí un día a boca de noche, y a breve rato quiere mi desgracia que tope con dos alguaciles. Pregúntanme: «¿Qué gente?» Respondo: «Amigos.» Pídenme el nombre, y digo, que no debí decir: «El diablo.» Vanme a echar mano, y saco la espada, armándose gran ruido. Ellos dan voces diciendo: «¡Favor a la justicia!», y acude gente. Sale el corregidor, que estaba en casa del obispo; avánzanme más ministros, hállome afligido, disparo una pistola y derribo a uno. Crece más el empeño, y hállome al lado aquel vizcaíno mi amigo y otros paisanos con él. Daba voces el corregidor que me matasen; sonaron muchos traquidos de ambas partes, hasta que salió el obispo con cuatro hachas y entrose por medio, encaminándolo hacia mí su secretario, Juan Bautista de Arteaga. Llegó y me dijo: «Señor alférez, deme las armas.» Dije: «Señor, hay aquí muchos contrarios.» Dijo: «Démelas, que seguro está conmigo, y le doy palabra de sacarle a salvo, aunque me cueste cuanto soy.» Dije: «Señor Ilustrísimo, en estando en la iglesia besaré los pies a Vuestra Señoría Ilustrísima.» En esto me acometen cuatro esclavos del corregidor, y me aprietan, tirándome ferozmente, sin respeto a la presencia de Su Ilustrísima; de modo que, defendiéndome, hube de entrar la mano y derribar a uno. Acudiome el secretario del señor obispo con espada y broquel, con otros de la familia, dando muchas voces, ponderando el desacato delante de Su Ilustrísima, y cesó algo la puja. Asiome su ilustrísima por el brazo, quitome las armas, y poniéndome a su lado, me llevó consigo y entrome en su casa. Hízome luego curar una pequeña herida que llevaba, y mandome dar de cenar y recoger, cerrándome con llave, que se llevó. Vino luego el corregidor, tuvo Su Ilustrísima larga conversación y alteraciones con él sobre esto, lo cual después entendí.

A la mañana, como a las diez, Su Ilustrísima me hizo llevar a su presencia, y me preguntó quién era y de dónde, hijo de quién, y todo el curso de mi vida y causas y caminos por donde vine a parar allí. Y fui en esto desmenuzando tanto, mezclando buenos consejos y los riesgos de la vida y espantos de la muerte y contingencias de ella, y el asombro de la otra si no me cogía bien apercibido, procurándome sosegar, y reducir, y arrodillarme a Dios, que yo me puse tamañito. Y viéndolo tan santo varón, pareciéndome estar ya en la presencia de Dios, descúbrome y dígole: «Señor, todo esto que he referido a Vuestra Señoría Ilustrísima no es así. La verdad es ésta: que soy mujer, que nací en tal parte, hija de Fulano y Zutana; que me entraron de tal edad en tal convento, con Fulana mi tía; que allí me crié; que tomé el hábito y tuve noviciado; que estando para profesar, por tal ocasión me salí; que me fui a tal parte, me desnudé, me vestí, me corté el cabello, partí allí y acullá; me embarqué, aporté, trajiné, maté, herí, maleé, correteé, hasta venir a parar en lo presente, y a los pies de Su Señoría Ilustrísima.» (65)

El santo señor, entretanto que esta relación duró, que fue hasta la una, se estuvo suspenso, sin hablar ni pestañear, escuchándome, y después que acabé se quedó también sin hablar, llorando a lágrima viva. Después me envió a descansar y a comer. Tocó una campanilla, hizo venir a un capellán anciano, y enviome a su oratorio, donde me pusieron la mesa y un trasportín, y me encerraron; yo me acosté y me dormí. A la tarde, como a las cuatro, me volvió a llamar el señor obispo, y me habló con gran bondad de espíritu, conduciéndome a dar gracias a Dios por la merced usada conmigo, dándome a ver el camino perdido que llevaba derecho a las penas eternas. Exhortome a recorrer mi vida y hacer una buena confesión, pues ya por lo más la tenía hecha y me sería fácil; después, Dios ayudaría para que viésemos lo que se debía hacer. Y en esto y en cosas ocurrentes se acabó la tarde. Retireme, diéronme bien de comer, y me acosté.

A la mañana siguiente dijo misa el señor obispo, que yo oí, y después dio gracias. Retirose a un desayuno, y me llevó consigo. Fue moviendo y siguiendo su discurso, y vino a decirme que tenía éste por el caso más notable, en este género, que había en su vida, y remató diciendo: «En fin, ¿esto es así?» Dije: «Sí, señor.» Replicó: «No se espante que su rareza inquiete a la credulidad.» «Señor -dije-, es así, y si quiere salir de dudas Vuestra Señoría Ilustrísima por experiencia de matronas, yo me allano.» Dijo: «Conténtame oírlo, y vengo en ello.» Y retireme por ser la hora del despacho. A medio día comí, después reposé un rato, y a la tarde, como a las cuatro, entraron dos matronas y me miraron y se satisficieron, y declararon después ante el obispo, con juramento, haberme visto y reconocido cuanto fue menester para certificarse, y haberme hallado virgen intacta, como el día en que nací. Su Ilustrísima se enterneció, despidió a las comadres y me hizo comparecer, y delante del capellán, que vino conmigo, me abrazó enternecido, en pie, y me dijo: «Hija, ahora creo sin duda lo que me dijisteis, y creeré en adelante cuanto me dijereis; os venero como una de las personas notables de este mundo, y os prometo asistiros en cuanto pueda y cuidar de vuestra conveniencia y del servicio de Dios.»

Mandome poner cuarto decente, y estuve en él con comodidad y ajustando mi confesión, la cual hice en cuanto pude, y después, Su Ilustrísima me dio la comunión. Parece que el caso se divulgó, y era inmenso el concurso que allí acudió, sin poder excusar la entrada a personajes, por más que yo lo sentía y Su Ilustrísima también.

En fin, pasados seis días, acordó Su Ilustrísima entrarme en el convento de monjas de Santa Clara de Guamanga, que allí de religiosas no hay otro (66), púsome el hábito. Salió Su Ilustrísima de casa, llevándome a su lado, con un concurso tan grande, que no hubo de quedar persona alguna en la ciudad que no viniese; de suerte que se tardó mucho en llegar allá. Llegamos finalmente a la portería, porque a la iglesia, donde pensaba Su Ilustrísima entrar antes, no fue posible; entendido así, se había llenado. Estaba allí todo el convento, con velas encendidas, y otorgose allí, por la abadesa y ancianas, una escritura en que prometía el convento volverme a entregar a Su Ilustrísima, o prelado sucesor cada vez que me pidiesen. Abrazome Su Ilustrísima, echome su bendición, y entré. Lleváronme al coro en procesión e hice oración allí. Besé la mano a la señora abadesa, fui abrazando y fuéronme abrazando las monjas, y lleváronme a un locutorio, donde Su Ilustrísima me estaba esperando. Allí me dio buenos consejos y exhortó a ser buena cristiana y dar gracias a Dios Nuestro Señor y frecuentar los sacramentos, ofreciéndose Su Ilustrísima a venir a ello, como vino muchas veces, y ofreciome largamente todo cuanto hubiese menester. Corrió la noticia de este suceso por todas partes, y los que antes me vieron y los que antes y después supieron mis cosas en todas las Indias, se maravillaron. Dentro de cinco meses, año de 1620, repentinamente, se quedó muerto mi santo obispo, que me hizo gran falta.

Continuar.





Este artículo viene de FIG
http://www.figinternet.org/