
La Monja Alférez (3º parte).
Capítulo XXI Pasa de Guamanga a Lima, por mandato del señor arzobispo, en hábito de monja, y entra en el convento de la Trinidad. Sale de allí, vuelve a Guamanga y continúa para Santa Fe de Bogotá y Tenerife Muerto el Ilustrísimo de Guamanga, en breve envió por mí el arzobispo metropolitano de Lima, el ilustrísimo señor don Bartolomé Lobo Guerrero, que lo era el año 1607 y murió el 12 de enero de 1622 (67). Entregáronme las monjas, con mucho sentimiento, y fui en una litera, acompañada de seis clérigos, cuatro religiosos y seis hombres de espada. Entramos en Lima ya de noche, y sin embargo no podíamos valernos de tanta gente curiosa que venía a ver a la Monja Alférez. Apeáronme en casa del señor arzobispo, viéndome en las hieles para entrar. Besé la mano a Su Ilustrísima, regalome mucho y hospedome allí aquella noche. A la mañana siguiente me llevaron a palacio a ver al virrey, don Francisco de Borja, conde de Mayalde, príncipe de Esquilache, que asistió allí desde el año de 1615 hasta 1622, y comí aquel día en su casa. A la noche volví a la del señor arzobispo, donde tuve buena cena y cuarto acomodado. Díjome Su Ilustrísima al día siguiente que viese y eligiese el convento donde quisiese estar. Yo le pedí licencia para verlos todos, y concediómela, y fui entrando y viéndolos todos, estándome cuatro o cinco días en cada uno. Finalmente vine a elegir el de la Santísima Trinidad, que es de comendadoras de San Bernardo; gran convento, que sustenta cien religiosas de velo negro, cincuenta de velo blanco, diez novicias, diez donadas y diez y seis criadas (68). Allí me estuve, cabales, dos años y cinco meses, hasta que volvió de España razón bastante de cómo no era yo ni había sido monja profesa; con lo cual se me prometió salir del convento, con sentimiento común de todas las monjas, y me puse en camino para España. Partí luego a Guamanga, a ver y despedirme de aquellas señoras del convento de Santa Clara, las cuales me detuvieron allí ocho días, con mucho agrado y regalos y lágrimas a la partida. Proseguí mi viaje a Santa Fe de Bogotá, en el reino de Nueva Granada; vi al arzobispo, don Julián de Cortázar (69), el cual me instó mucho a que me quedase allí en convento de mi Orden. Yo le dije que no tenía yo Orden ni religión, y que trataba de volverme a mi patria, donde haría lo que pareciese más conveniente a mi salvación. Y con esto y con un buen regalo que me hizo, me despedí. Pasé a Zaragoza por el río de la Magdalena arriba. Caí allí enferma, y me pareció mala tierra para españoles, y llegué a punto de muerte. Después de unos días convaleciendo algo, antes de poderme tener, me hizo un médico partir, y salí por río y fuime a Tenerife (70), donde en breve me recobré. Capítulo XXII Embárcase en Tenerife y pasa a Cartagena, y de aquí parte para España en la flota Allí, hallándose la armada del general Tomás de Larraspuru de partida para España, me embarqué en su capitana, año de 1624, donde me recibió con mucho agrado y me regaló y me sentó a su mesa, y me trató así hasta pasadas doscientas leguas, más allá del canal de Bahama. Allí, un día, en el juego, se armó una reyerta, en que hube de dar a uno un arrechucho en la cara con un cuchillejo que tenía allí, y resultó mucha inquietud. El general se vio obligado a apartarme de allí y pasarme a la almiranta, donde yo tenía paisanos. Yo de esto me alegré, y pedile paso al patache «San Telmo», del que era capitán don Andrés de Otón, que venía de aviso (71), y pasome; pero pasamos trabajo, porque hacía agua, y nos vimos en peligro de anegarnos. Gracias a Dios, llegamos a Cádiz en primero de noviembre de 1624. Desembarcamos, y estuve allí ocho días. Hízome allí mucha merced el señor don Fadrique de Toledo, general de la armada; y teniendo allí en su servicio dos hermanos míos, a los que allí conocí, les hizo, por honrarme, mucho favor, teniendo al uno consigo en su servicio, y dándole al otro una bandera. Capítulo XXIII Parte de Cádiz a Sevilla; de Sevilla a Madrid, a Pamplona y a Roma; pero habiendo sido robada en el Piamonte, vuelve a España De Cádiz me fui a Sevilla y estuve allí quince días, escondiéndome cuanto pude y huyendo del concurso que acudía a verme vestida en hábito de hombre. De allí pasé a Madrid, y estuve veinte días sin descubrirme. Allí me prendieron por mandato del vicario, no sé por qué, e hízome luego soltar el conde de Olivares. Acomodeme allí con el conde Javier, que partía para Pamplona, y fui y le asistí cosa de dos meses. De Pamplona, dejando al conde Javier, partí a Roma, por ser el año santo del grande Jubileo. Tomé por Francia mi camino, y pasé grandes trabajos, porque, pasando el Piamonte y llegando a Turín, achacándome ser espía de España, me prendieron, quitándome el poco dinero y vestidos que llevaba, y me tuvieron en prisión cinco días (72), al cabo de los cuales, hechas, presumo, sus diligencias y no resultando cosa contra mí, me soltaron; pero no me dejaron proseguir el camino que llevaba, mandándome volver atrás, so pena de galeras. Hube de volverme con mucho trabajo: pobre, a pie y mendigando. Llegué a Tolosa de Francia y presenteme ante el conde de Agramonte, virrey de Pau y gobernador de Bayona, para el cual, a la ida, yo había traído y entregado cartas de España. El buen caballero, en viéndome, se condolió y me mandó vestir y me regaló; me dio para el camino cien escudos y un caballo, y partí (73). Víneme a Madrid, y presenteme ante Su Majestad, suplicándole me premiase mis servicios, que expresé en un memorial que puse en su real mano. Remitiome Su Majestad al Consejo de Indias, y allí acudí y presenté los papeles que me habían quedado de la derrota. Viéronme aquellos señores, y favoreciéndome, con consulta de Su Majestad, me señalaron ochocientos escudos de renta para mi vida, que fueron poco menos de lo que yo pedí. Esto fue en el mes de agosto de 1625 (74). Sucediéronme entretanto en la corte algunas cosas que, por leves, aquí omito. Partió después Su Majestad para las Cortes de Aragón, y llegó a Zaragoza a los primeros de enero de 1626. Capítulo XXIV Parte de Madrid a Barcelona Púseme en camino para Barcelona con otros tres amigos que iban para allá. Llegamos a Lérida, reposamos un poco, y proseguimos nuestro camino el Jueves Santo por la tarde. Llegados cerca de Velpuche, y como a las cuatro de la tarde, caminábamos bien contentos y ajenos de azar, cuando, de una vuelta y breñal al lado derecho del camino, nos salen de repente nueve hombres, con sus escopetas, los gatillos levantados, y nos cercan y mandan apear. No pudimos hacer otra cosa, y aun tuvimos a merced el apearnos vivos. Desmontados, quitáronnos las armas y los caballos, los vestidos y cuanto llevábamos, sin dejarnos más que los papeles, que les pedimos de merced, y que después de vistos nos dieron, sin dejarnos otra hilacha. Proseguimos nuestro camino a pie, desnudos y avergonzados, entrando en Barcelona el Sábado Santo de 1626, en la noche, sin saber, a lo menos yo, qué hacer. Mis compañeros tiraron no sé por dónde a buscar su remedio; yo, por allí, de casa en casa, plañiendo mi robo, adquirí unos malos trapos y una mala capilla con que cubrirme. Acogime, entrada más la noche, debajo de un portal, donde hallé tendidos otros miserables y llegué a entender que estaba el rey allí y que estaba en su servicio el marqués de Montes Claros, buen caballero, caritativo, a quien conocí y hablé en Madrid (75). A la mañana siguiente me fui a él y contele mi fracaso; doliose de verme, y luego me mandó vestir e hizo entrar a presencia de Su Majestad, agenciándome el buen caballero la ocasión. Entré y referí a Su Majestad mi suceso como me pasó. Escuchome, y dijo: «¿Pues cómo os dejasteis robar?» Respondí: «Señor, no pude más.» Preguntome: «¿Cuántos eran?» Dije: «Señor, nueve, con escopetas, altos los gatos, que nos cogieron de repente al pasar unas breñas.» Mostró Su Majestad con las manos querer el memorial. Se la besé y púseselo en ella, y dijo Su Majestad: «Yo lo veré.» Estaba entonces Su Majestad en pie, y fuese. Yo me salí, y en breve hallé el despacho, en que mandaba Su Majestad darme cuatro raciones de alférez reformado y treinta ducados de ayuda y de costa. Con lo cual me despedí del marqués de Montes Claros, a quien tanto debí, y embarqué en la galera «San Martín», la nueva de Sicilia, que de allí partía para Génova. Capítulo XXV Parte de Barcelona a Génova, y de allí, a Roma Partidos de Barcelona en la galera, llegamos en breve a Génova, donde estuvimos quince días. En ellos, una mañana se me ofreció ver a Pedro de Chavarría, del hábito de Santiago, veedor general, y fui a su casa. Parece que era temprano, y no había abierto, y andúveme por allí haciendo hora. Senteme en una peña a la puerta del príncipe Doria, y estando allí llegó también y sentose un hombre bien vestido, soldado galán, con una gran cabellera, que conocí en el habla ser italiano. Saludámonos y trabamos conversación, y me dijo: «Usted es español.» Díjele que sí, y respondió: «Según eso, será usted soberbio, porque los españoles lo son, y arrogantes, aunque no de tantas manos como blasonan.» Dije: «Yo a todos los veo muy hombres para cuanto se ofrece.» Dijo: «Yo los veo a todos que son una merda.» Dije, levantándome: «No hable usted de ese modo, que el más triste español es mejor que el mejor italiano.» Dijo: «¿Sustentará lo que dice?» Dije: «Sí haré.» Dijo: «Pues sea luego.» Dije: «Sea.» Y salimos tras unos depósitos de agua allí cerca, y él conmigo. Sacamos las espadas y empezamos a tirar, y en esto veo a uno que se pone a su lado. Ambos jugaron de cuchilla; yo, de punta, y entrele al italiano una estocada, que cayó. Quedábame el otro, e íbalo retirando, cuando llegó en esto un hombre cojo, con buen brío, y púsose a su lado, que debía ser su amigo, y apretábame. Vino otro, y púsose al mío, quizá por verme solo, que lo conocí. Acudieron tantos, que se hubo de confundir la cosa, de suerte que, buenamente, sin que nadie reparara, me retiré y me fui a mi galera, y no supe más del caso. Allí me curé de una leve herida en una mano. Estaba entonces en Génova el marqués de Santa Cruz (76). Partí de Génova a Roma. Besé el pie a la Santidad de Urbano VIII, y referile en breve y lo mejor que supe mi vida y correrías, mi sexo y virginidad. Mostró Su Santidad extrañar tal cosa, y con afabilidad me concedió licencia para proseguir mi vida en hábito de hombre, encargándome la prosecución honesta en adelante y la abstinencia de ofender al prójimo, teniendo la ulción (77) de Dios sobre su mandamiento non occides. Hízose el caso allí notorio, y fue notable el concurso de que me vi cercado: personajes, príncipes, obispos, cardenales. Dondequiera me hallé lugar abierto, de suerte que en mes y medio que estuve en Roma fue raro el día en que no fuese convidado y regalado de príncipes; y especialmente un viernes fui convidado y regalado por unos caballeros, por orden particular y encargo del Senado romano, y me asentaron en un libro por ciudadano romano. El día de San Pedro, 29 de junio de 1626, me entraron en la capilla de San Pedro, donde vi los cardenales y las ceremonias que se acostumbran aquel día. Todos, o los más, me mostraron notable agrado y caricia y me hablaron muchos. A la tarde, hallándome en rueda con tres cardenales, me dijo uno de ellos, que fue el cardenal Magalón, que no tenía más falta que ser español, a lo cual le dije: «A mí me parece, señor, debajo de la corrección que se debe a Vuestra Señoría Ilustrísima, que no tengo otra cosa buena.» Capítulo XXVI De Roma viene a Nápoles Pasado mes y medio que estuve en Roma, me partí de allí para Nápoles, el día 5 de julio de 1626. Embarcamos en Ripa. En Nápoles, un día, paseándome en el muelle, reparé en las risotadas de dos damiselas que parlaban con dos mozos. Me miraban, y mirándolas, me dijo una: «Señora Catalina, ¿adónde se camina?» Respondí: «Señoras p..., a darles a ustedes cien pescozones y cien cuchilladas a quien las quiera defender.» Callaron y se fueron de allí. FIN Notas finales No pasa de aquí un cuaderno del capitán don Domingo de Urbiru, alguacil mayor de la Contratación de Sevilla, ni otro impreso en Madrid el año de 1625. De suerte que la relación hasta aquí escrita deja a doña Catalina en Nápoles, en el mes de julio de 1626. Después se la halla en Sevilla en julio de 1630, y en Veracruz de Indias en el año de 1645. En un manuscrito de cosas diarias de Sevilla, en el 4 de julio de 1630, dice: «Jueves, 4 de julio, estuvo en la iglesia mayor LA MONJA ALFÉREZ. Ésta fue monja en San Sebastián, huyose y pasó a Indias en hábito de hombre, el año de 1603. Sirvió de soldado veinte años, tenida por capón. Volvió a España, y fue a Roma, y el Papa Urbano VIII la dispensó y dio licencia para andar en hábito varonil. El Rey le dio título de alférez, llamándola el alférez doña Catalina de Erauso, y el mismo nombre traía en los despachos de Roma. El capitán Miguel de Echazarreta la llevó por mozo en años pasados a Indias, y ahora va por general de flota y la lleva de alférez.» En una certificación sacada en la Audiencia de Contratación de Indias, de Sevilla, dice: «Que en el libro de despacho de los pasajeros, al folio 160, aparece que en la flota que se despachó a la provincia de Nueva España, año de 1630 (78), a cargo del general Miguel de Echazarreta, en 21 de julio, se despachó el alférez doña Catalina de Erauso a la provincia de Nueva España, y vino de las provincias del Perú por cédula de Su Majestad.» En una relación verbal hecha en 10 de octubre de 1693 en el convento de los capuchinos de Sevilla por el padre fray Nicomedes de Rentería, profesó de dicha Orden, que la dictó al padre fray Diego de Sevilla, de la misma Orden, dice: «Que en el año de 1645, siendo seglar, fue en los galeones del general don Pedro de Ursúa, y que en Veracruz vio y halló diferentes veces a LA MONJA ALFÉREZ, doña Catalina de Erauso -que entonces allí se llamaba don Antonio de Erauso-, y que tenía una recua de mulos, en que conducía, con unos negros, ropa a diferentes partes. Que en ella y con ellos le transportó a Méjico la ropa que llevaba, y que era sujeto allí tenido por de mucho corazón y destreza. Que andaba en hábito de hombre, y que traía espada y daga con guarniciones de plata, y le parece que sería entonces como de cincuenta años, y que era de buen cuerpo, no pocas carnes, color trigueño, con algunos pocos pelillos por bigote.» Pedro del Valle, el «Peregrino», en el tomo tercero de su Viaje, escrito en lengua italiana y en forma de cartas familiares a su amigo Mario Schipano -edición Bolonia, 1677-, en carta fechada en Roma a 11 de julio de 1626, dice lo siguiente: «A los 5 de julio de 1626 vino a mi casa la primera vez el alférez Catalina de Erauso, vizcaína, venida de España y llegada a Roma el día antes. »Era ésta una doncella de edad ahora como de treinta y cinco a cuarenta años, la cual, desde muy niña, en Vizcaya, su patria, donde era biennacida, se había criado en un monasterio, y ya grande, creo que vistió el hábito de monja; pero antes de profesar, disgustada de aquella vida de reclusión y antojándosele vivir como hombre, se huyó y se fue a la corte de España, donde, en hábito de muchacho, se acomodó y sirvió unos días de paje. Vínole después gana de irse a Sevilla, y pasar de allí a las Indias, y con ocasión de cierta contienda se hubo de ausentar de la corte y se dio a la vida de soldado, inclinándose naturalmente a las armas y a ver mundo. »Militó mucho en aquellas partes, hallándose en diversas facciones, en que dio siempre tan buena cuenta de soldado, que adquirió fama de valeroso, y como no le asomaba la barba, lo tenían y llamaban por capón. »Hallose en otra batalla peligrosa, en que, siendo desbaratados los suyos de su compañía y llevándose la bandera los contrarios, ella, con valor, retiró a los enemigos, y matando al que llevaba la bandera, la recobró, quedándose por alférez en la compañía, no por gracia, sino por su propio valor. »Finalmente, comenzándose a sospechar que fuese mujer, se vino ello a declarar en una grande prudencia, en que después de haber ella hecho muchas demostraciones de valor, quedó mortalmente herida, y por salvarse de la justicia, que la perseguía, se vio obligada a entregarse al obispo, al cual confesó lo que le pasaba en su vida y cómo era doncella, y que todo lo que había hecho no era por mal fin, sino sólo por natural inclinación con que se hallaba a la milicia. Y para que le constase ser así cierto, le suplicó la mandase, reconocer, lo cual fue hecho así, y fue reconocida por matronas y comadres, y fue hallada doncella. »El obispo la puso en un monasterio, porque se supo ser monja y se dudó si profesa, y la detuvo allí hasta que de su país recibió certeza de que no había profesado, con lo que quedó en libertad, y no queriendo ser monja, sino perseverar en su vida militar, salió con licencia del monasterio y se vino a España. »En España pidió al rey remuneración de sus servicios. Viose su causa en el Consejo de Justicia, y mandole dar el rey al año, en las Indias, ochocientos escudos, nombrándola en la patente con título de alférez, y dándole permiso para andar como varón en hábito militar, y mandando que en todos sus Estados y señoríos nadie la molestase. »Con esto se vino a Italia, corriendo diferentes fortunas en los caminos. Vino a Roma a suplicar a Su Santidad no sé qué gracias a su favor, las cuales obtuvo con la ayuda de muchos personajes. »Yo había tenido noticia de ella hallándome en la India oriental, de muchas cosas suyas y de su fama, y a la vuelta deseaba saber de ella particularmente. »Llegado el alférez a Roma, mi amigo el padre Rodrigo de San Miguel, agustino descalzo, de quien muchas veces he hecho memoria, y al cual había ella recurrido luego que llegó, por ser su paisano; conociendo el padre Rodrigo mi deseo, me la llevó luego a mi casa, donde razonamos juntos un buen rato. Contome diversos casos y acaecimientos suyos muy extraños, y de los cuales he referido aquí solamente los más notables y ciertos, como de persona rara en nuestros tiempos.» A continuación, Pedro del Valle hace el retrato de doña Catalina, que es el que transcribe Heredia en su prólogo. Don Vicente Riva Palacio, en su obra México a través de los siglos, tomo II, «El Virreinato», dice: «En el año de 1650 murió en Cuitlaxtla la famosa doña Catalina de Erazu, conocida con el nombre de LA MONJA ALFÉREZ. »Doña Catalina de Erazu nació en Guipúzcoa, en la villa de San Sebastián, de España, el 10 de febrero de 1585. A los cuatro años de edad entró al convento de San Sebastián el Antiguo, del que era priora doña Úrsula de Unzá, y allí profesó, según dicen algunos de sus biógrafos, a los quince años de edad; pero a poco tiempo, a causa de un odio terrible que se tuvieron ella y otra monja, huyó doña Catalina del convento, se escondió en un castañar e hizo con su vestido un traje de hombre y comenzó desde allí su larga y escandalosa carrera, que ha dado tanto que decir a historiadores, poetas y novelistas. Como escribiente unas veces, otras como arriero, otras como paje, como dependiente de un mercader, vivió en España algunos años, hasta que se embarcó para el Perú. Allí tuvo una pendencia en que hirió a dos hombres, y aprehendida por la justicia, estuvo en el cepo de cabeza; llegó a Lima, sentó plaza de soldado, pasó con una compañía a Chile, allí riñó a estocadas con su hermano Miguel de Erazu. Peleó valientemente doña Catalina con los indios en el asalto de la villa de Valdivia, y por su valentía diósele el nombramiento de alférez. »Las continuas pendencias que con oficiales y soldados tenía doña Catalina obligaron al gobernador de Chile a desterrarla al fuerte de Arauco; fugose de allí y llegó a Potosí, donde se acomodó de arriero, en cuyo oficio permaneció poco tiempo, porque riñó con su amo estando en Charcas, donde había ido por carga, y metiendo mano ambos a las espadas; doña Catalina dio a su adversario dos estocadas, dejándole muerto. Volvió de allí a Potosí huyendo, y llegó en oportunidad de ayudar poderosamente al corregidor, don Rafael Ortiz, para vencer a Alfonso de Ibáñez, que se había levantado contra la justicia, lo que le valió el oficio de ayudante del sargento mayor. »Concurrió a la conquista del Dorado, y anduvo en aquellas expediciones durante muchos meses; volvió a tener necesidad de retraerse a una iglesia, por haber herido a un hombre; pero averiguado el caso de haber sido en propia defensa, quedó libre. »Multitud de escándalos y pendencias tuvo en el Perú, y, al fin, malherida en una casa de juego, estuvo a punto de morir. Logró salvarse; pero la justicia la perseguía, y en el momento de aprehenderla, doña Catalina hizo frente a los alguaciles, mató a uno, hirió a varios, y a costa de gran trabajo lograron desarmarla y reducirla las personas que en auxilio de la justicia salieron. »Formose el proceso, y fue condenada a muerte; entonces descubrió a su confesor el secreto de su verdadero sexo; súpolo la justicia, y por esto y por los muchos servicios que en veinticuatro años había prestado al rey, se la indultó, y por la protección del obispo de Cuzco volvió a España ya en hábito de monja. »Su desembarco en Cádiz causó gran novedad; pasó a Sevilla y, según dice una relación antigua, visitó al rey e hizo viaje a Roma para hablar al Papa; pero en ese viaje, y en la travesía por mar, riñó con un francés y le arrojó al agua, en donde se ahogó; los compañeros del francés atacaron inmediatamente a doña Catalina, que cayó, a su vez, al mar; pero logró salvarse asiéndose de una boya que le tiraron los marineros (79). »El Papa concedió a doña Catalina, entre otras muchas mercedes, la de permitirle usar el traje de hombre, y como no le faltó quien motejase de indecente aquella concesión, el Pontífice dijo con satisfacción: »-Dadme otra monja alférez, y le concederé lo mismo. »El rey le señaló una pensión de quinientos pesos anuales, tomados de las cajas reales de Manila, Méjico o Perú. »Llegó a Méjico LA MONJA ALFÉREZ cuando gobernaba la Nueva España el marqués de Cerralbo, y enamorose en el viaje de Veracruz a Méjico de una dama a quien sus padres le encargaron que llevase a Méjico, sabedores de que doña Catalina era mujer, aunque vestía de hombre; aquella pasión le causó grandes disgustos, y a punto estuvo de batirse con el hombre con quien casó la dama. Doña Catalina le desafió en una carta; pero algunas personas de importancia lograron impedir el lance (80). »LA MONJA ALFÉREZ dedicose en Nueva España a la arriería, y en 1650, en el camino de Veracruz, enfermó y murió, haciéndosele un suntuoso entierro, habiéndosele puesto en su sepulcro un honroso epitafio.» (81) Apéndice Partida bautismal de doña Catalina de Erauso «Yo, el doctor don Francisco Javier de Marín, vicario perpetuo y cura propio de la iglesia parroquial de San Vicente, levita y mártir, de esta ciudad de San Sebastián, »Certifico que en el libro primero de bautizados de dicha parroquia, al folio veinticinco, partida cuarta, que es la trigesimaséptima de las del año de mil quinientos noventa y dos, se halla la del tenor siguiente: »'Bautizose Catalina de Erauso en diez de febrero de dicho año, hija legítima de Miguel de Erauso y de María Pérez de Galarraga. Padrinos, Pedro de Galarraga y María Vélez de Aranalde. Ministro, el vicario Alvisua.' »Conformada esta copia con el original, que obra en mi poder, a la que me refiero. »San Sebastián, 10 de octubre de 1826. -Doctor don Francisco Javier de Marín.» Expediente relativo a los méritos y servicios de doña Catalina de Erauso, que se halla en el Archivo de Indias de Sevilla Don José de la Higuera y Lara, archivero del General de Indias de esta ciudad, Certifico: Que entre los legajos de indiferentes de la Secretaría del Perú se halla un pedimento, acompañado de un expediente con varios documentos testimoniados, cuyo tenor, de alguno de ellos, dice así: Pedimento Señor: El alférez doña Catalina de Erauso, vecina y natural de la villa de San Sebastián, provincia de Guipúzcoa, dice: que en tiempo de diez y nueve años a esta parte, los quince ha empleado en servicio de Vuestra Majestad en las guerras del reino de Chile e indios del Perú, habiendo pasado a aquellas partes en hábito de varón, por particular inclinación que tuvo de ejercitar las armas en defensa de la fe católica y emplearse en servicio de Vuestra Majestad, sin que en el dicho reino de Chile, en todo el tiempo que asistió, fuese conocida sino por hombre, hasta que algunos años después, en los reinos del Perú, fue descubierta ser mujer, forzada de un acontecimiento que no hace a propósito el decir aquí, y con estar en compañía del alférez Miguel de Erauso, su hermano legítimo, en el reino de Chile, nunca se descubrió a él, aunque ella le conocía por tal hermano; y esto hizo por no ser descubierta, negando la afición de sangre, y en todo el tiempo que servía en la guerra, y en la compañía del maestre de campo don Diego Bravo de Sarabia, fue con particular valor resistiendo a las incomodidades de la milicia como el más fuerte varón, sin que en acción ninguna fuese conocida sino por tal, y por sus hechos vino a merecer tener bandera de Vuestra Majestad, sirviendo como sirvió de alférez de la compañía de infantería del capitán Gonzalo Rodríguez, con nombre que se puso, llamándose Alonso Díaz Ramírez de Guzmán, y en el dicho tiempo se señaló con mucho esfuerzo y valor, recibiendo heridas, particularmente en la batalla del Perú; y habiendo sido reformado, pasó a la compañía del capitán Guillén de Casanova, castellano del castillo de Arauco, y fue entresacado de ella, por valiente y buen soldado, para salir a campear al enemigo. Como todo lo cual, y más, consta por las certificaciones y fees de don Luis de Céspedes, gobernador y capitán general de Paraguay, que fue de infantería en Chile; de don Juan Cortés de Monroy, gobernador y capitán general de Veraguas, que también fue de infantería en Chile, y de don Francisco Pérez de Navarrete, que todos tres, y otros caballeros que han sido sus oficiales y maeses de campo, se hallan hoy actualmente en la corte, y le conocen muy bien por haberle visto servir a Vuestra Majestad, y saben hizo de capitán en el dicho reino de Chile y en el del Perú, y además de lo referido no queda su tragedia en lo dicho, pues habiendo llegado a estos reinos de España el año pasado de 1624, trató de ir en el de 625 a la corte romana a besar el pie a Su Santidad, por ser el año santo, y caminando por el reino de Francia, en Piamonte encontró con una tropa de caballería francesa, y como ella iba a caballo, con un criado y otros peregrinos españoles que iban en su compañía, la prendieron a ella como quien iba señalado entre los demás en hábito de peregrino, nombrándose el alférez Antonio de Erauso; y luego que asieron de ella la tuvieron por espía de Vuestra Majestad y dijeron que por tal la prendían, y después de haberla desvalijado y quitándola doscientos doblones de oro que llevaba para su gasto, la echaron en una cárcel, donde estuvo catorce días cargada de cadenas; y porque habiendo oído algunas cosas había respondido en decoro y reverencia de Vuestra Majestad, la maltrataron así de palabra como de manos, y si acaso la hubieran conocido que era mujer, confirmaran ser espía, con lo cual sin duda le quitaran la vida, y después que la soltaron no la quisieron dar paso para Roma, y así, ha vuelto a esta corte, que también este particular parece por información, con tres testigos contestes, sin otros de oídas. Por tanto, y porque así bien interpone los servicios del capitán Miguel de Erauso su padre, y del dicho alférez Miguel de Erauso y de Francisco de Erauso, que sirvió en la armada de Lima con don Rodrigo de Mendoza, y Domingo de Erauso, que se fue en la armada que salió para el Brasil, y volviendo de allá fue uno de los que perecieron en la almiranta, de las cuatro villas que se quemó, que todos tres fueron sus hermanos, Suplica a Vuestra Majestad se sirva mandar premiar sus servicios y largas peregrinaciones y hechos valerosos, mostrando en ella su grandeza, así por lo que tiene merecido como por la singularidad y prodigio que viene a tener su discurso, teniendo atención a que es hija de padres nobles e hidalgos y personas principales en la villa de San Sebastián, y más por la seguridad y rara limpieza con que ha vivido y vive, el testimonio de lo cual se puede sacar del mismo tiempo; por lo cual recibirá merced de que se le dé un entretenimiento de setenta pesos de a veintidós quilates al mes, en la ciudad de Cartagena de las Indias, y una ayuda de costa para poderse ir, en que conseguirá la que de Vuestra Majestad y su grandeza espera. Decreto El Consejo, en 19 de febrero de 1626. Cuenta quinientos pesos de a ocho reales en pensión de encomienda, y remitir a Su Majestad que, en cuanto a mudar hábito, mande lo que fuere servido. Está rubricado. Certificación de don Luis de Céspedes Don Luis de Céspedes Yeria, gobernador y capitán general que al presente soy de la provincia de Paraguay, en las Indias, por el Rey Nuestro Señor, y capitán de infantería española que he sido en el ejército del reino de Chile, etc., Certifico y hago fe a Su Majestad que conozco a Catalina de Erauso de más de diez y ocho años a esta parte que entró por soldado en hábito de hombre, sin que nadie entendiese que era mujer, en la compañía del maestre de campo don Diego Bravo de Sarabia, y sirvió a Su Majestad en el dicho ejército y compañía, y de ella pasó a la del capitán Gonzalo Rodríguez, que lo fue en dicho reino de Chile, y por sus honrados y aventajados servicios fue nombrado por alférez de dicha compañía, con nombre de Alonso Díaz Ramírez de Guzmán, y se halló con ella en todas las ocasiones que se ofrecieron en aquel tiempo; y habiéndose reformado la dicha su compañía, pasó a servir a la del capitán Guillén de Casanova, castellano del castillo de Arauco, y de los entresacados de ella fue uno, por buen soldado, para salir a campear, y la dejó el gobernador entre los demás que quedaron en el castillo de Paicabí con el maestre de campo Álvaro Núñez de Pineda, donde quedaron cuatro capitanes a orden de dicho maestre de campo, y de allí se le hicieron al enemigo salidas en que recibió mucho daño; y el gobernador Alonso de Ribera, que sucedió en aquel reino, visto lo bien que la susodicha había servido a Su Majestad más de trece años continuos en aquellos ejércitos, y que se había señalado como si fuera hombre de mucho valor, le dio licencia para venir a los reinos del Perú; y me consta se halló en muchas batallas, y en particular en la de Purén, donde salió mal herida; y he entendido que en el Perú descubrió ser mujer, y al presente está en esa corte, y me pidió la presente fe; y por cuanto me consta ser verdad todo lo referido, la susodicha es digna de que Su Majestad le haga merced por lo bien que ha servido; y de su pedimento, y por constarme se le han perdido sus títulos y papeles, le doy esta certificación, firmada de mi mano y sellada con el sello de mis armas, que es fecha en la villa de Madrid, corte de Su Majestad, a dos días del mes de febrero de mil seiscientos y veinticinco años. Don Luis de Céspedes Yeria. Certificación de don Francisco Pérez de Navarrete Don Francisco Pérez de Navarrete, capitán de infantería española que ha sido por Su Majestad y cabo de compañías, etc., Certifico y hago fe que conocí a Catalina de Erauso, que así es su nombre ahora, en el reino de Chile, en hábito de soldado, servir a Su Majestad, y sirvió de alférez del capitán Gonzalo Rodríguez, con nombre de Alonso Díaz Ramírez de Guzmán; y cuando llegué al reino de Chile, que fue el año de seiscientos y ocho, le hallé sirviendo en el estado de Arauco, en la compañía del capitán Guillén de Casanova, con nombre de alférez reformado, por haberlo sido del capitán Gonzalo Rodríguez, y se quedó conmigo en el castillo de Paicabí, que estuvo a cargo del maestre de campo don Álvaro Núñez de Pineda, siendo yo uno de los cuatro capitanes que quedaron aquella invernada para la defensa del dicho castillo, que era en el riñón de la guerra, y siempre le vide servir con gran puntualidad, y fue tenido por hombre por mostrar siempre valor, y se halló en muchas ocasiones y reencuentros que se tuvieron con el enemigo, y salió herido en la batalla que tuvimos en Purén; y siendo yo capitán de infantería del presidio del Callao, el año pasado de seiscientos veintitrés, la vi en Lima, ciudad de los reyes, que es dos leguas del dicho presidio, en hábito de mujer, que se había descubierto, y esto fue cosa muy notoria, que llamaban la monja de Chile, y vino a estos reinos y me pidió le diese fe de lo referido; y de su pedimento di esta certificación, que es fecha en esta villa de Madrid, corte de Su Majestad, a los diez y siete días del mes de diciembre de mil seiscientos veinticuatro años, por los cuales servicios es digna y merecedora a que Su Majestad le haga merced; y por verdad lo firmé de mi nombre y sellé con el sello de mis armas, y me consta se le perdieron los papeles. Don Francisco Pérez de Navarrete. Certificación de don Juan Cortés de Monroy Don Juan Cortés de Monroy, gobernador y capitán general que al presente soy de la provincia de Veraguas, en las Indias, por el Rey Nuestro Señor, y capitán de infantería española que he sido en el ejército del reino de Chile, etc., Certifico a Su Majestad que conozco a Catalina de Erauso de más de quince años a esta parte, que entró en hábito de hombre por soldado de la compañía del maestre de campo don Diego Bravo de Sarabia, con el nombre de Alonso Díaz Ramírez de Guzmán, y sirvió más de dos años en dicha compañía, y della pasó a servir a la del capitán Gonzalo Rodríguez, que lo fue en el dicho reino de Chile, donde, por lo bien que sirvió y se aventajó, el dicho capitán le nombró por su alférez, y se halló en todas las ocasiones que se ofrecieron con la dicha su compañía, y habiéndola reformado, pasó a servir a la del capitán Guillén de Casanova, castellano del castillo de Arauco, y la susodicha fue una de los entresacados della para salir a campear, y la dejó el gobernador en el castillo de Paicabí, en compañía de algunos capitanes que quedaron a la orden del maestre de campo Álvaro Núñez de Pineda, y de allí se le hicieron al enemigo salidas en que recibió mucho daño, y se halló en muchas batallas, y en particular en la de Purén, donde recibió algunas heridas; y después de haber servido en aquel reino más de catorce años continuos, señalándose en las ocasiones como hombre de mucho valor, salió con licencia del gobernador Alonso de Ribera, y se vino al reino del Perú, donde he sabido que por unas heridas de muerte que tuvo, ella misma descubrió ser mujer; y al presente se halla en esta corte, en el mismo hábito de hombre; y por cuanto me consta ser verdad todo lo referido, la susodicha es digna y merecedora de cualquier merced que Su Majestad fuese servido hacerla; y de su pedimento doy esta certificación, firmada de mi mano y sellada con el sello de mis armas que es fecha en la villa de Madrid, corte del Rey Nuestro Señor, a veinticinco días del mes de enero del mil seiscientos y veinticinco años. Don Juan Cortés de Monroy. Aparece en el mismo expediente que fueron ratificadas, respectivamente, las anteriores certificaciones por los que las dieron, en Madrid a 15 y 17 de febrero de 1625. Información En la ciudad de Pamplona, a veintiocho de julio de mil novecientos y veinticinco años, ante el señor doctor don Nicolás Plazaola, alcalde de las guardas y gente de guerra de infantería y caballería de este reino de Navarra, por el Rey Nuestro Señor, y por la presencia y testimonio de mí, el escribano de Su Majestad y de dichas guardas, infrascripto, pareció en persona el alférez Antonio de Erauso, natural que dice es de la villa de San Sebastián, en la provincia de Guipúzcoa, y presentó una petición pidiendo se reciba información por su tenor, la cual dicha petición e información, y los demás autos en razón dello hechos, son del tenor siguiente: Petición «Ilustre Señor: El alférez Antonio de Erauso, natural de la villa de San Sebastián y residente al presente en esta ciudad de Pamplona, dice que el suplicante partió de esta ciudad para la de Roma a negocios precisos que tenía, al fin de enero de este presente año, por tierra, y por haber tomado esta derrota le fue forzoso ir por la Francia, por ser el camino ordinario para los que van por tierra, y habiendo pasado cerca de León de Francia, en el Piamonte, un agente de guarnición que había le prendió, diciendo que era espía, y le tuvieron poco más de catorce días, y le cogieron los dineros y vestidos y papeles que llevaba, dejándole en camisa; y así forzado de la necesidad, se hubo de volver a España. Y le conviene que conste de lo susodicho a tiempos a venir, y porque tiene algunos testigos en esta ciudad. »Suplica a vuesamerced mande que se reciba información de todo lo susodicho por ante cualquier escribano real, y que se le entreguen a el suplicante originalmente, para la conservación de su derecho, que en ello recibirá merced con justicia, la cual pide al licenciado Aragón. -Antonio de Erauso.» Decreto «El alférez Antonio de Erauso dé la información que ofrece ante cualquier escribano real, a quien se da comisión para ello, lo cual proveyó y mandó el señor don Nicolás de Plazaola, alcalde de guardas de Pamplona, a veintiocho días del mes de junio de mil y seiscientos y veinticinco años, y lo señaló con su rúbrica. »Ante mí, Ramiro Luis de Escobar.» Testigo primero «En la ciudad de Pamplona, del reino de Navarra, a primero de julio del año de mil y seiscientos y veinticinco años, yo el escribano infrascrito, en virtud de la comisión precedente a mí dada por el señor alcalde de guardas de este presidio, recibí juramento, en forma de derecho sobre una señal de la cruz tal como ésta, en que puso su mano derecha y palabras de los santos cuatro evangelios, de Pedro del Río, natural que dijo ser de la villa de Marcilla, de Navarra susodicha, estante al presente en esta dicha ciudad, testigo presentado por el alférez Antonio de Erauso, presente, para su prueba y averiguación de lo contenido en su petición presentada en esta causa, de edad que dijo ser de veintiocho años, poco más poco menos, conoce a el dicho presentante, y no es deudo ni tampoco le empecen las demás preguntas generales de la ley. Habiendo sido preguntado por el tenor de la dicha petición dijo: que lo que della sabe es que este testigo se halló presente por el mes de enero último pasado de este presente año en Piamonte de Francia, cincuenta leguas, poco más o menos, de León de Francia, que cae entre Saboya y Francia, en compañía del presentante, que iba con él en su compañía y servicio hasta Roma, por ser negocios que le interesaban a el dicho Antonio de Erauso, presentante, y cerca del dicho Piamonte encontraron una caballería de guarnición francesa que iba marchando, y en el mismo Piamonte, a una legua, poco más o menos, pasada ya la raya del reino de Francia, un capitán de la dicha caballería lo cogió preso al dicho alférez, y le dio de palos y trató muy mal de palabra, diciéndole que era un judío, perro, marrano y luterano, y que iba por espía del Rey de España Nuestro Señor; y en orden de esto le quitaron en presencia de este testigo doscientos doblones de a veintiséis a el dicho alférez, y todos los papeles y cartas que llevaba se las abrieron y se las hicieron pedazos, y no obstante esto, lo echaron preso en el mismo Piamonte, en un lugar que no se acuerda de su nombre, donde le tuvieron catorce días con grillos y cadenas, padeciendo mucho trabajo, y estando en ella, algunos franceses de guarnición, habiendo entrado a verle a el dicho alférez, le dijeron que su rey era un mal hombre y mal cristiano, y habiendo vuelto el dicho alférez, como era razón, por su rey, juntamente con este testigo, y dicho que su rey era muy fiel y muy católico, más que lo eran ellos, un soldado le sacudió una bofetada de tal suerte que lo derribó en tierra, y porque también volvió este testigo por su rey y amo, le dieron con un tizón en la garganta, diciéndole que le habían de abrasar como a traidor bellaco, y le dieron junto con eso muchas bofetadas, de que también le maltrataron, de que, finalmente, después que le reconocieron los dichos papeles, visto que su viaje era derecho a Roma, y no pudieron hallarle otra cosa ninguna para su propósito, lo echaron fuera de la cárcel, dejándole sin dineros ni papeles, y después que se vio libre de la dicha prisión, el dicho alférez pidió con encarecimiento al dicho capitán, con los demás que allí estaban, en que fueran servidos de darle para conseguir su jornada a Roma, por cuanto le importaba en extremo grado el ir allá, y jamás le quisieron dar lugar, diciéndole volvierse atrás a España y diese gracias a Dios de enviarle sin detrimento de su persona, pues no le daban un garrote, y así fue forzoso volver a España, como entrambos volvieron con trabajo y malos tratos que a sus personas le hicieron los dichos franceses a este testigo y a el dicho alférez presentante, hasta que entraron dentro del reino de Navarra; y ésta es la verdad y lo que pasó, por el juramento que ha hecho, y leídole este su dicho, en él se afirmó, y no lo firmó con mí, el dicho escribano, porque dijo no sabía, y en su presencia firmé yo, el dicho escribano.» Ante mí, Pedro de Erdocain, escribano. Siguen a esta declaración las de cinco testigos más, que ratifican la del primero, sin agregar detalle alguno interesante. Certificación de don Juan Recio de León «Juan Recio de León, maese de campo y teniente de gobernador y capitán general y justicia mayor de las provincias de Tipoan y Chunchos, del reino de Paitit y Dorado, descubridor y poblador de ellas, que son en las Indias del Perú, y capitán de infantería española que he sido en diferentes provincias del Perú por Su Majestad, etc., »Certifico que el año de mil seiscientos y veinte, estando en los reinos de las Indias del Perú, en Nuestra Señora de Copacabana, y las provincias circunvecinas de Chucuitos o Macuyo y otras, con cuatro capitanes agregados, y conduciendo gente para la entrada y población de ellas, llegó a mí el alférez Alonso Díaz Ramírez de Guzmán, deseoso de continuar sus servicios, pidiéndome le admitiese en mi compañía, y por ser justa su proposición le asenté plaza en ella, y en el tiempo que el príncipe de Esquilache, conde de Mayalde, virrey y capitán general de los dichos reinos e Indias del Perú, me envió con el situado y con otras comisiones secretas del servicio de Su Majestad al reino de Chile, le conocí al dicho alférez en las guerras de Chile, haciendo su deber como el más valeroso y honrado soldado, resistiendo a las incomodidades de la milicia como el más fuerte varón, y con estar en compañía del alférez Miguel de Erauso, su hermano, no se descubrió con él, que fue otro acto de fortaleza de los que ha osado hacer en su vida prodigiosa; y el dicho año de mil y seiscientos y veinte, luego que asentó plaza en mi compañía en las dichas provincias del Perú, conociendo su industria, le ocupé en la conducción de juntar gente de servicio para la dicha entrada y población, y asimismo acudió a hacer despachar ganados de carga con bastimentos de comida para la gente, y municiones, herramientas y otros pertrechos para la facción y efecto que allí era menester, en lo cual y en lo demás acudió como soldado honrado a mi satisfacción; y así, habiendo necesitado de enviar persona de cuidado a Guancavélica, con orden mía al capitán Francisco Vélez de Guevara, para que al instante marchase con su compañía, a las dichas provincias, y le despaché al dicho alférez Alonso Díaz, por ser uno de los más confidentes de mi compañía, dándole así bien orden de que acudiese a otras cosas necesarias al servicio de Su Majestad que convenía hacer en la ciudad del Cuzco, y habiendo cumplido con todo lo que se le ordenó a mi voluntad; después tuve noticia que se quedó en la ciudad de Guamanga, donde por causas que ello le movieron descubrió ser mujer al obispo de la dicha ciudad de Guamanga, y que se llamaba doña Catalina de Erauso, cosa que hasta entonces jamás a mi noticia había venido, de que en mí y en todo el reino causó extraña admiración, particularmente por haberle visto acudir con esfuerzo varonil a todas las cosas que se encargaban en la milicia, sufriendo las necesidades de ella, y haberle conocido con mucha virtud y limpieza, sin haber entendido cosa en contrario; por todo lo cual es merecedora que Su Majestad le haga merced, y para que ello conste, de pedimento de la dicha doña Catalina de Erauso, que al presente está en la corte, di la presente, firmada de mi mano y sellada con el sello de mis armas, fecha en Madrid a cinco de setiembre de mil y seiscientos y veinticinco años. -Juan Recio de León.» Fue ratificado en la anterior certificación en Madrid a veinticinco de octubre de mil seiscientos veinticinco. Lo relacionado es cierto, y lo inserto corresponde con los documentos referidos, a que me remito; y para que conste doy ésta a virtud de Real orden en Sevilla a 17 de noviembre de 1827. -José de la Higuera y Lara. Notas.
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