Capítulo VIII
Parte de Tucumán a Potosí
Partido de Tucumán, como dije, enderecé hacia Potosí, que dista de allí como quinientas cincuenta leguas, en las que tardé más de tres meses, caminado por tierra fría y de lo más despoblada. A poco andado, topé con un soldado que tiraba hacia allá, y me alegré e hicimos el viaje juntos. De allí a poco, de unos baños que estaban en el camino nos salieron tres hombres con monteras y escopetas, pidiendo lo que llevábamos. No hubo modo de detenerlos ni de hacerles creer que no llevábamos qué dar; hubimos de apearnos y hacerles cara, tirándonos unos a otros. Ellos erraron, y cayeron dos; el otro partió huyendo, y volvimos a montar y proseguir.
Finalmente, andando mucho, y pasados varios afanes, llegamos, al cabo de más de tres meses, al Potosí. Entramos sin conocer a nadie, y cada uno echó por su lado, haciendo su diligencia. Yo me topé con Juan López de Arguijo, veinticuatro de la ciudad de la Plata, provincia de Charcas, y acomodeme con él de camarero, que es como mayordomo, con salario, que él me señaló, de novecientos pesos al año; entregome doce mil carneros de carga, de la tierra (38), y ochenta indios, con los que partí para las Charcas, y fuese allá también mi amo. A poco de llegados se le ofreció allí a mi amo disgusto y ciertas contiendas con unos hombres, en que hubo reyertas y prisiones y embargos, con lo que yo hube de despedirme y volverme.
Vuelto a Potosí, aconteció allí poco después el alzamiento de Alonso Ibáñez, siendo corregidor don Rafael Ortiz, del hábito de Santiago, el cual juntó gente para ir contra los alzados, que eran más de ciento, entre la cual gente fui yo; y saliendo a ellos, los encontramos en la calle de Santo Domingo una noche. Preguntoles el corregidor en alta voz: «¡Quién vive!» No respondieron, y se retiraban. Volvió a preguntar lo mismo, y respondieron algunos: «¡La libertad!» Dijo el corregidor, y muchos con él: «¡Viva el rey!», y avanzó a ellos, siguiéndole nosotros, a cuchilladas y balazos. Ellos se defendieron al mismo paso, y fuímosles apretando en una calle, cogidas las espaldas por la otra boca, y cargámoslos de manera que se rindieron. Escapados algunos, prendimos a treinta y seis, entre ellos el Ibáñez; de ellos hallamos muertos siete, y de los nuestros dos; heridos, muchos de ambas partes. Diose tormento a algunos de los aprehendidos, y confesaron pretender alzarse con la ciudad aquella noche. Levantáronse luego tres compañías de gente vizcaína y de las montañas para guardar la ciudad y, pasados quince días, se dio horca a todos ellos, con lo que quedó la ciudad quieta.
De aquí, por algo que acaso hube de hacer o acaso por algo antes hecho, se me dio el oficio de ayudante de sargento mayor, que estuve sirviendo por dos años. Allí, en Potosí, estando sirviendo, dio orden el gobernador, Pedro de Legui, del hábito de Santiago, para levantar gente para los Chuncos y el Dorado, población de indios de guerra, a quinientas leguas de Potosí; tierra tan rica de oro y pedrería (39). Era maestre de campo Bartolomé de Alba; puso en ejecución el apresto y la partida y, aviado todo, nos partimos del Potosí a los veinte días.