Capítulo X
Pasa a la ciudad de la Plata
Pasé a la ciudad de la Plata y acomodeme con el capitán Francisco de Aganumen, vizcaíno, minero muy rico, con quien estuve algunos días, y desacomodeme por cierto disgusto que con otro vizcaíno amigo del amo se me ofreció; acogime, entretanto que me aviaba, a casa de una señora viuda, llamada doña Catalina de Chaves, la más principal y calificada, según decían, que había por allí, la cual, por medio de un su criado con quien acaso me amisté, me prometió acogerme entrentado allí. Sucedió, pues, que el Jueves Santo, yendo a las estaciones esta señora, se topó en San Francisco con doña Francisca Marmolejo, mujer de don Pedro de Andrade, sobrino del conde de Lemos, y sobre lugares (43) se trabaron de palabras, y pasó doña Francisca a darle a doña Catalina con un chapín, levantándose de aquí un ruido y agolpamiento de gente.
Fuese doña Catalina a su casa, y allí acudieron parientes y conocidos, y se trató ferozmente el caso. La otra señora se quedó en la iglesia con el mismo concurso de los suyos, sin atreverse a salir hasta que vino don Pedro, su marido, ya entrada la noche, acompañado de don Rafael Ortiz de Sotomayor, corregidor, que hoy está en Madrid, caballero de Malta, y de los alcaldes ordinarios y ministros, con hachas encendidas, y la sacaron para su casa.
Al ir por la calle que va de San Francisco a la plaza sonó en ésta un ruido de cuchilladas, al cual el corregidor partió, con los alcaldes y ministros, quedando sola la señora con su marido. A este tiempo pasó corriendo un indio hacia el ruido de cuchilladas, y al pasar por junto a la señora doña Francisca Marmolejo le tiró un golpe a la cara, con cuchillo o navaja, y se la cortó de parte a parte, y prosiguió corriendo; lo cual fue tan repentino que el marido, don Pedro, por el momento, no lo advirtió. Advertido, fue grande el alboroto, el ruido, la confusión, el concurso, las cuchilladas de nuevo, las prisiones, y todos sin entenderse.
Entretanto fue el indio a la casa de la señora doña Catalina y dijo a su merced al entrar: «Ya está hecho.» Fue prosiguiendo la inquietud y los temores de grandes daños; hubo de resultar algo de las diligencias, y al tercer día el corregidor se entró en casa de doña Catalina y la halló sentada en su estrado. Recibíale juramento y preguntola si sabía quién había cortado la cara a doña Francisca Marmolejo, y respondió que sí. Preguntole quién fue; respondió: «Una navaja y esta mano.» Y con esto se salió, dejándola guardas.
Fue examinando la gente de la casa; llegó a un indio, atemorizole con el potro, y el menguado declaró que me vio salir de casa con aquel vestido y cabellera de indio, que me dio su señora, y que la navaja la trajo Francisco Ciguren, barbero vizcaíno, y que me vio volver y oyó decir: «Ya está hecho.» Pasó y nos prendió a mí y al barbero, en el cual él, luego, declaró lo suyo y lo ajeno, con lo cual el alcalde pasó a mí y recibió confesión. Yo negué totalmente saber del caso; luego pasó a mandarme desnudar y poner en el potro; entró un procurador, alegando ser yo vizcaíno y no haber lugar, por tanto, a darme tormento, por razón de privilegio. El alcalde no hizo caso, y prosiguió (44). Empezaron las vueltas, y yo estuve firme como un roble. Iban prosiguiendo las preguntas y vueltas, cuando éntranle un papel, según entendí después, de doña Catalina de Chaves, que abrió y leyó, y estuvo después mirándome parado un rato, y dijo: «Quítese ese mozo de ahí.» Quitáronme y volviéronme a mi prisión, y él se volvió a su casa.
El pleito se fue siguiendo, no sabré decir cómo, hasta que salí sentenciado en diez años, de Chile, sin sueldo; y el barbero, en doscientos azotes y seis años de galeras. De eso apelamos, agenciando paisanos, y se fue siguiendo, no sabré decir cómo, hasta que salió un día sentencia en la Real Audiencia, en que me dieron por libre; y a la señora doña Francisca la condenaron en costas, y salió también el barbero. Que estos milagros suelen acontecer en estos conflictos, y más en Indias, gracias a la bella industria.
Continuar.