Capítulo XI
Pásase a las Charcas
Salido de este aprieto, no pude menos que ausentarme de la Plata, y paseme a las Charcas (45), distante diez y seis leguas de allí. Volvime a hallar allí al ya dicho Juan López de Arguijo, veinticuatro; entregome diez mil cabezas de carneros de la tierra (46) para con ellos trajinar, con ciento y tantos indios. Entregome una gran partida de dinero para que fuese a los llanos de Cochabamba y comprase trigo y, moliéndolo, lo llevase al Potosí, donde hacía falta y tenía valor. Fui y compré ocho mil fanegas, a cuatro pesos; carguelas en los carneros, víneme a los molinos de Guilcomayo, molí tres mil quinientas y partí con ellas al Potosí. Vendilas luego allí a quince pesos y medio, y volvime a los molinos; hallé allí molido parte del resto, y compradores para todo. Vendilo todo a diez pesos, y me volví a las Charcas con el dinero contado a buscar a mi amo, el cual, vista la buena ganancia, me volvió a mandar a lo mismo a Cochabamba.
Entretanto, en las Charcas un domingo, no teniendo qué hacer, me entré a jugar en una casa de don Antonio Calderón, sobrino del obispo. Estaban allí el provisor, el arcediano y un mercader de Sevilla, allí casado; senteme a jugar con el mercader, fue corriendo el juego, y a una mano dijo el mercader, que estaba ya picado: «Envido.» Dije yo: «¿Qué envida?» Volvió a decir: «Envido». Volvile a decir: «¿Qué envida?» Dio un golpe con un doblón, diciendo: «¡Envido un cuerno!» Digo yo: «¡Quiero, y reviro el otro que le queda!» Arrojó los naipes y sacó la daga; yo, la mía, y asiéronnos los presentes, apartándonos, y fuese mudando conversación hasta bien entrada la noche. Salí para irme a casa, y a poco andado, al volver una esquina, doy con él, que saca la espada y se viene a mí. Yo saqué la mía, y nos embestimos; tirámonos un poco, y a poco rato le entré una punta y cayó. Acudió gente al ruido, acudió justicia, que me quiso prender; yo resistime, y recibí dos heridas, y, retirándome, vine a coger iglesia, la mayor. Allí me estuve unos días, advertido de mi amo que me guardase, hasta que una noche, bien reconocida la sazón y el camino, me partí a Piscobamba.