Capítulo XIII
Pasa a la ciudad de Cochabamba y vuelve a la Plata
De la Plata me pasé a la ciudad de Cochabamba, a fenecer allí unas cuentas del dicho Juan López de Arguijo con Pedro de Chavarría, natural de Navarra, allí residente, casado con doña María Dávalos, hija del capitán Juan Dávalos, ya difunto, y de doña María de Ulloa, monja en la Plata, en convento que ella allí fundó. Ajustámoslas, y resultó alcance de mil pesos contra el dicho Chavarría, a favor de Arguijo, mi amo, los cuales luego me entregó con mucha bondad y agrado, y me convidó a comer, hospedándome dos días. Luego me despedí y partí, yendo encargado por su mujer de visitar de su parte a su madre, monja en la Plata, y darle muchos recados.
Partido de allí, hube de detenerme, en cosillas que se me ofrecieron con amigos, hasta ya el cabo de la tarde; partí en fin, y hube de volver a pasar por la puerta del dicho Chavarría. Al pasar vide gente en el zaguán, y sonaba ruido dentro. Pareme a entender qué fuese, y en esto me dice doña María Dávalos desde la ventana: «¡Señor capitán, lléveme usted consigo, que quiere matarme mi marido!» Y diciendo y haciendo, se arroja abajo. A esto llegaron dos frailes, y me dijeron: «Llévala usted, que la halló su marido con don Antonio Calderón, sobrino del obispo, y lo ha muerto, y a ella la quiere matar y la tiene encerrada». Y diciendo esto, me la pusieron a las ancas y yo partí en la mula que llevaba.
No paré hasta que, a las once de la noche, llegué al río de la Plata. Había topado en el camino a un criado del dicho Chavarría, que venía de la Plata, y nos hubo de conocer, por más que yo procuré retirar y encubrir, y que avisó a su amo, según la cuenta. Llegado al río me afligí, porque iba grande y me pareció imposible de vadear. Dijo ella: «¡Adelante; pasad, que no hay otro remedio, y ayúdenos Dios!» Apeeme y procuré descubrir vado. Resolvime al que me pareció y volvime a montar, con mi afligida a las ancas, y entré. Fuimos entrando, ayudó Dios, y pasamos. Llegué a una venta que topé allí cerca; desperté al ventero, que se espantó de vernos a tal hora y pasado el río. Cuidé de mi mula y que descansase; dionos unos huevos, pan y frutas; procuramos torcer y exprimir las ropas, y volvimos a partir y andar, y al romper el alba, a cosa de cinco leguas, descubrimos la ciudad de la Plata.
Íbamos en ello algo consolados, cuando, de repente, doña María se ase más fuerte de mí, diciendo: «¡Ay, señor; mi marido!» Volví y vídelo que venía en un caballo, al parecer cansado. No sé, y me admira, cómo pudo ser esto. Porque yo partí de Cochabamba primero, quedando él dentro de casa, y sin detenerme un punto anduve hasta el río, paselo y llegué a la venta, y me detuve allí como una hora y volví a partir.
Fuera de esto, aquel criado que topé en el camino y se lo hubo de decir, algo tardó en llegar y algo tardó él en montar a caballo y partir. ¿Pues cómo él, en el camino, me salió al encuentro? No sé cómo, si no sea que traje yo más rodeo, no sabiendo el camino, y él menos. En fin, desde unos treinta pasos nos disparó una escopeta, y nos erró, pasando las balas tan cerca que las oímos silbar. Yo apreté a mi mula y bajé un cerro embreñado, sin verlo más; que a la cuenta su caballo se le hubo de rendir. Corridas como cuatro leguas largas, desde aquí llegué a la Plata bien fatigado y cansado. Fuime al convento de San Agustín, a la portería, y entregué a doña María Dávalos a su madre.
Volvíame a tomar mi mula, cuando topé con Pedro de Chavarría, que, con la espada en la mano, se arrojó a mí, sin dar lugar a razones. Diome gran cuidado verle, por el repente, por el cansancio con que me cogió y la compasión al engaño con que me tenía por ofensor. Saqué mi espada y hube de procurar la defensa. Entramos en la iglesia con la brega, y allí me entró dos puntas por los pechos sin haberlo yo herido, que debía ser diestro. Sentime y apreté y fuilo retirando hasta el altar. Tirome allí un gran golpe a la cabeza; parelo con la daga y entrele un palmo de espada por las costillas. Acudió ya tanta gente, que no se pudo más, y acudió la justicia y queríanos sacar de la iglesia. En esto, dos frailes de San Francisco, que es allí enfrente, me pasaron y entraron allá, ayudando a ello disimuladamente don Pedro Beltrán, alguacil mayor, cuñado de mi amo, Juan López de Arguijo. En San Francisco, recogido por caridad y asistido en la curación por aquellos padres, estuve retraído cinco meses.
Chavarría se estuvo también curando de sus heridas muchos días; clamando siempre sobre que le entregaran su mujer, sobre lo cual se hicieron autos y diligencias, resistiéndose ella con el manifiesto riesgo de su vida. Aquí acudieron el obispo y el presidente con otros señores, y ajustaron que ambos se entrasen en religión y profesasen: ella, donde estaba, y él, donde quisiese.
Quedaba mi querella. Vino mi amo Juan López de Arguijo, e informó al arzobispo, don Alonso de Peralta (49), y al presidente y señores, en la verdad y casualidad sana y sin malicia con que obré en el caso, tan diferente de lo entendido por aquel hombre, y que no había más que haber socorrido repentinamente a aquella mujer que se me arrojó, huyendo de la muerte, pasándola a convento con su madre, como ella lo pidió. Lo cual verificado y reconocido, se satisfizo y cesó la querella y prosiguió la entrada en religión de los dos. Salí de la reclusión, ajusté mis cuentas, visité muchas veces a mi monja y a su madre y a otras señoras de allí, las cuales, agradecidas, me regalaron mucho.