Capítulo XV
Pasa a la ciudad de la Paz, y mata a uno
Paseme a la Paz, donde me estuve quieto algunos días. Bien ajeno de disgusto, me paré un día a la puerta de don Antonio Barraza, corregidor, a parlar con un criado suyo, y aventando la traza el diablo, vino ello a parar en desmentirme y darme con el sombrero en la cara. Yo saqué la daga, y allí cayó muerto. Cargaron sobre mí tantos, que, herido, me prendieron y entraron en la cárcel. Fuéronme curando y siguiendo la causa al mismo paso, la cual, sustanciada y en estado, acumuladas otras, me condenó el corregidor a muerte. Apelé, y mandose sin embargo ejecutar.
Estuve dos días confesando; el siguiente se dijo la misa en la cárcel, y el santo clérigo, habiendo consumido, me comulgó y volviose al altar. Yo al punto volví la forma que tenía en la boca y recibila en la palma de la mano derecha, dando voces: «¡Iglesia me llamo, Iglesia me llamo!» Alborotose todo y escandalizose, diciéndome todos hereje. Volvió el sacerdote al ruido y mandó que nadie llegase a mí. Acabó su misa, y a esto entró el señor obispo, don fray Domingo de Valderrama, dominico, con el gobernador (52). Juntáronse clérigos y mucha gente; encendiéronse luces, trujeron palio y lleváronme en procesión, y llegados al sagrario, todos arrodillados, me cogió un clérigo de la mano y la entró en el sagrario. No reparé en qué la puso. Después me rayeron la mano y me la lavaron diferentes veces y me la enjugaron; y despejando luego la iglesia y los señores principales, me quedé allí. Esta advertencia me la dio un santo religioso franciscano, que en la cárcel había dádome consejos y que últimamente me confesó. Cerca de un mes tuvo el gobernador cercada aquella iglesia, y yo allí guarnecido; al cabo del cual quitó las guardias, y un santo clérigo de allí, según yo presumí por orden del señor obispo, reconocido el alrededor y el camino, me dio una mula y dineros y partí al Cuzco.