Capítulo XXI
Pasa de Guamanga a Lima, por mandato del señor arzobispo, en hábito de monja, y entra en el convento de la Trinidad. Sale de allí, vuelve a Guamanga y continúa para Santa Fe de Bogotá y Tenerife
Muerto el Ilustrísimo de Guamanga, en breve envió por mí el arzobispo metropolitano de Lima, el ilustrísimo señor don Bartolomé Lobo Guerrero, que lo era el año 1607 y murió el 12 de enero de 1622 (67). Entregáronme las monjas, con mucho sentimiento, y fui en una litera, acompañada de seis clérigos, cuatro religiosos y seis hombres de espada.
Entramos en Lima ya de noche, y sin embargo no podíamos valernos de tanta gente curiosa que venía a ver a la Monja Alférez. Apeáronme en casa del señor arzobispo, viéndome en las hieles para entrar. Besé la mano a Su Ilustrísima, regalome mucho y hospedome allí aquella noche. A la mañana siguiente me llevaron a palacio a ver al virrey, don Francisco de Borja, conde de Mayalde, príncipe de Esquilache, que asistió allí desde el año de 1615 hasta 1622, y comí aquel día en su casa. A la noche volví a la del señor arzobispo, donde tuve buena cena y cuarto acomodado.
Díjome Su Ilustrísima al día siguiente que viese y eligiese el convento donde quisiese estar. Yo le pedí licencia para verlos todos, y concediómela, y fui entrando y viéndolos todos, estándome cuatro o cinco días en cada uno. Finalmente vine a elegir el de la Santísima Trinidad, que es de comendadoras de San Bernardo; gran convento, que sustenta cien religiosas de velo negro, cincuenta de velo blanco, diez novicias, diez donadas y diez y seis criadas (68).
Allí me estuve, cabales, dos años y cinco meses, hasta que volvió de España razón bastante de cómo no era yo ni había sido monja profesa; con lo cual se me prometió salir del convento, con sentimiento común de todas las monjas, y me puse en camino para España.
Partí luego a Guamanga, a ver y despedirme de aquellas señoras del convento de Santa Clara, las cuales me detuvieron allí ocho días, con mucho agrado y regalos y lágrimas a la partida. Proseguí mi viaje a Santa Fe de Bogotá, en el reino de Nueva Granada; vi al arzobispo, don Julián de Cortázar (69), el cual me instó mucho a que me quedase allí en convento de mi Orden.
Yo le dije que no tenía yo Orden ni religión, y que trataba de volverme a mi patria, donde haría lo que pareciese más conveniente a mi salvación. Y con esto y con un buen regalo que me hizo, me despedí. Pasé a Zaragoza por el río de la Magdalena arriba. Caí allí enferma, y me pareció mala tierra para españoles, y llegué a punto de muerte. Después de unos días convaleciendo algo, antes de poderme tener, me hizo un médico partir, y salí por río y fuime a Tenerife (70), donde en breve me recobré.