Capítulo XXIV
Parte de Madrid a Barcelona
Púseme en camino para Barcelona con otros tres amigos que iban para allá. Llegamos a Lérida, reposamos un poco, y proseguimos nuestro camino el Jueves Santo por la tarde. Llegados cerca de Velpuche, y como a las cuatro de la tarde, caminábamos bien contentos y ajenos de azar, cuando, de una vuelta y breñal al lado derecho del camino, nos salen de repente nueve hombres, con sus escopetas, los gatillos levantados, y nos cercan y mandan apear. No pudimos hacer otra cosa, y aun tuvimos a merced el apearnos vivos. Desmontados, quitáronnos las armas y los caballos, los vestidos y cuanto llevábamos, sin dejarnos más que los papeles, que les pedimos de merced, y que después de vistos nos dieron, sin dejarnos otra hilacha.
Proseguimos nuestro camino a pie, desnudos y avergonzados, entrando en Barcelona el Sábado Santo de 1626, en la noche, sin saber, a lo menos yo, qué hacer. Mis compañeros tiraron no sé por dónde a buscar su remedio; yo, por allí, de casa en casa, plañiendo mi robo, adquirí unos malos trapos y una mala capilla con que cubrirme. Acogime, entrada más la noche, debajo de un portal, donde hallé tendidos otros miserables y llegué a entender que estaba el rey allí y que estaba en su servicio el marqués de Montes Claros, buen caballero, caritativo, a quien conocí y hablé en Madrid (75). A la mañana siguiente me fui a él y contele mi fracaso; doliose de verme, y luego me mandó vestir e hizo entrar a presencia de Su Majestad, agenciándome el buen caballero la ocasión.
Entré y referí a Su Majestad mi suceso como me pasó. Escuchome, y dijo: «¿Pues cómo os dejasteis robar?» Respondí: «Señor, no pude más.» Preguntome: «¿Cuántos eran?» Dije: «Señor, nueve, con escopetas, altos los gatos, que nos cogieron de repente al pasar unas breñas.» Mostró Su Majestad con las manos querer el memorial. Se la besé y púseselo en ella, y dijo Su Majestad: «Yo lo veré.» Estaba entonces Su Majestad en pie, y fuese. Yo me salí, y en breve hallé el despacho, en que mandaba Su Majestad darme cuatro raciones de alférez reformado y treinta ducados de ayuda y de costa. Con lo cual me despedí del marqués de Montes Claros, a quien tanto debí, y embarqué en la galera «San Martín», la nueva de Sicilia, que de allí partía para Génova.