El objeto de este artículo es plantear la cuestión, a partir de un ejemplo de arquitectura religiosa, de lo que sería una concepción sacra de la unión de los dos géneros – masculino y femenino – en una sola persona. Esta idea, presente en la mayoría de culturas, ha sido objeto de tabús, otras veces de devoción y, como no, también de persecución. No obstante, forma parte de las raíces antropológicas más ancestrales y, hoy, por supuesto, también está presente en nuestra sociedad. Sé que lo que aquí está escrito puede ser interpretado, a ojos moralistas católicos, como una blasfemia o una tergiversación del sentido místico o simbólico de la manifestación artística, y sé que incluso puede resultar ofensivo para ciertas personas que siguen dirigiendo su Fe hacia los dictados de Roma. No obstante, se trata de una interpretación simbólica rigurosa de lo que el artista plasmó en su día, así como de una lectura objetiva del sentido del simbolismo ancestral. A ambos lados de la portada de la Iglesia, del siglo XI, de Alòs d’Isil, un pueblecito en pleno Pirineo que cuenta con no más de cincuenta habitantes (Pallars Sobirà, Lleida) (fotografías 1 y 2) pueden verse dos curiosos relieves que, por el estilo escultórico, parecen ser anteriores a la propia edificación, añadidos posteriormente. En el relieve de la izquierda está representada una extraña pareja (fotografía 3). El que parece ser el hombre lleva la inscripción ARNAL y tiene la parte inferior del cuerpo extrañamente contorsionada y las piernas separadas en su parte superior, pero uniéndosele en su parte inferior. La mujer - tal parece ser por representársele cabello - lleva la inscripción PIHER y tiene las piernas inversamente representados a las del hombre: se le doblan hacia el exterior hasta tocarse las caderas con la punta de los pies. Los brazos de la pareja se entrecruzan en forma de X, de forma que la mano del hombre va a parar al lado de la mujer y la de la mujer al lado del hombre. Encima del cruce de los brazos hay una cruz con los extremos de sus lados ensanchados (cruz de Malta). A la derecha del portal hay otro relieve en obvio paralelismo con el anterior (fotografía 4), esta vez situada sobre dos cabezas o gárgolas humanas, que parecen hacer de soporte al resto de las figuras. Además de rosetas y zigzags, a los lados de la figura de la izquierda se ve una aspa a su derecha y una estrella o flor de cinco puntas a su izquierda, mientras que la figura de la izquierda tiene a su siniestra un crismón o anagrama de Cristo y una pentalfa o estrella de cinco puntas con las diagonales representadas. De cintura para abajo, la piedra ha sido concienzudamente repicada para borrar los detalles genitales. El espacio donde se tendría que representar las cuatro piernas (dos por cada personaje de la pareja) es mucho más estrecho que la parte superior de las figuras y por el relieve actual de la piedra parece que sólo había dos piernas y no cuatro. 
Ello se ve mucho más claramente en otro par de relieves similares que se encuentran en la parte superior central de la fachada de la iglesia de Sant Joan (fotografía 5) a un kilómetro del pueblo de Alòs d’Isil, río abajo. Aquí, las dos placas-relieve, también anteriores al propio edificio y añadidas posteriormente, han sido colocadas juntas. A la derecha está la pareja separada, uno cogiendo por el brazo al otro, y entre ambos también una cruz idéntica a la de Alòs. Se ven también inscripciones: una P, una X y otras letras y signos difíciles de descifrar debido al estado actual de conservación de la piedra. En este caso, ambas parejas están también mutiladas de cintura para abajo, pero aún así se ve claramente que la pareja separada con la cruz tenía cuatro piernas, mientras que la pareja unida sólo tenía dos piernas. Es curiosa la interpretación y comentarios que Carreras i Candí en su Geografía General de Catalunya (1) hace sobre las dos parejas de Alós d'Isil. Dice que, probablemente, se trata de "Adan y Eva antes y después del pecado y se reconoce que el artista no tenía ningún escrúpulo a la hora de dar forma a su pensamiento". El comentario hace referencia, por supuesto, a la concepción propia de la teología cristiana de que la sexualidad está encadenada al pecado. Esto puede entenderse en dos sentidos. O bien que la sexualidad es un pecado, bien por ser la causa del pecado original según el protestantismo, bien por ser su consecuencia según el catolicismo. Más allá va, por ejemplo, el Opus Dei, diciendo que la sexualidad tan sólo está permitida en el seno de la institución del matrimonio y exclusivamente con vistas a la procreación. Pero la separación sexual del Adán u Hombre primordial, en Adán y Eva, la primera pareja, produjo, según la interpretación cristiana, la escisión en el ser que había sido creado a imagen y semejanza de Dios, esto es, andrógino, pues reunía en sí, integrados, los dos géneros opuestos, varón y hembra, y así deberían haber seguido, tal como se interpreta en el Génesis 1, 27 y 2, 21-24. Evidentemente, el comentario de Carreras i Candí hace referencia a la concepción de la relación sexual como pecado e interpreta que la pareja unida con sólo dos piernas es Adán y Eva después del pecado, esto es, pecando en una cópula. Cierto que Carreras i Candí era un geógrafo, no un teólogo, y como tal no estaba obligado a interpretaciones espirituales de ningún tipo. Pero su comentario es significativo por ser el reflejo de una mentalidad cristiana generalizada y propugnada por diversos niveles eclesiásticos, la cual fue causa de la mutilación de la parte inferior de las parejas andróginas de Sant Joan d'Isil. Para una posible interpretación metafísica de los relieves me centraré sobre todo en los de Alòs d'Isil, debido a que están menos mutilados y sus signos son más comprensibles. La inscripción de ARNAL para el hombre y de PIHER para la mujer probablemente hace referencia a dos linajes de personajes históricos concretos. No se trataría, por tanto, de una especulación abstracta, sino de una representación concreta y, por tanto, de una anagogía del plano físico-histórico al metafísico. El cruce de los brazos indicaría la unión y complementariedad de lo masculino en lo femenino y viceversa. La forma divergente de las piernas de la mujer recuerda poderosamente las sirenas de doble cola que se encuentran, por ejemplo, en la escultura románica, imagen de lo femenino relacionado con el mar, lo inconsciente o lo inferior y, por lo tanto, equivalente al Géminis terrestre en el que el dualismo cósmico está escindido y en conflicto. Por el contrario, las piernas en forma convergente del hombre indican la presencia de los contrarios, tesis y antítesis, manifestación y no-manifestación, fusionados e integrados, como en el Géminis celeste. Según muchas mitologías, entre ellas el Génesis bíblico, en el Origen, el hombre y la mujer estaban unidos formando un solo ser individido, lo que se ha venido a denominar, según concepto de origen griego, el andrógino. Y el andrógino es lo que representan el hombre y la mujer unidos en un solo cuerpo de cintura para abajo en los relieves de Alòs y Sant Joan d'Isil. Lo que las dos escenas consecutivas, en su conjunto, representan es la unión metafísica de la pareja, femenino y masculino, separados en el plano mundano y unidos en el plano celeste, o androgínia divina primordial. Es curioso constatar cómo en los comentarios bíblicos de la mayoría de los exégetas y hermeneutas actuales, tan llenos de detalles históricos y positivistas, casi nunca se haga mención a esta interpretación metafísica de la biunidad sexual del hombre creado a imagen de Dios. La kabbala judía ha destacado ampliamente su significación metafísica, situando en el plano metafísicosimbólico a la sexualidad y reproduciendo, mediante este acto, la bi-unidad divina. La actitud eclesiástica moralista es, bajo este punto de vista, estrictamente, errónea, puesto que no puede permitirse imponer el mandamiento pseudoevangélico de la necesidad y bondad del matrimonio al margen de su sentido metafísico; es querer conservar una forma desprovista de su significado original. Las normas sociales deben evolucionar según el momento histórico de la humanidad, pues en este sentido nada es absoluto. Buena parte del absolutismo y totalitarismo del signo que sea que azota nuestro mundo viene de querer imponer pretendidos principios absolutos en un nivel en el que todo es relativo, principios que a veces tienen un origen sacrosimbólico, pero que sólo en este nivel, en esta concepción del mundo y del hombre, tienen un valor ciertamente elevado. La doctrina del andrógino se encuentra en muchos mitos de todo el mundo y ha sido también profundamente desarrollada por el misticismo y el gnosticismo cristianos (2). El andrógino representa la bi-unidad divina en forma sexual y equivale a lo que Nicolás de Cusa llamó la coincidentia oppositorum, la unión de los contrarios, el Ser y el No-Ser, la manifestación y la no-manifestación. En palabras de Dionisio el Areopagita, el misterio de Dios lo constituye la unión armónica de los contrarios por la cual la Realidad última se sitúa más allá de ellos. La Unidad suprema debe, aparentemente, escindirse en dos para manifestarse: masculino y femenino, Esencia y Substancia, Espíritu y materia, tesis y antítesis, cuya síntesis -esto es necesario no olvidarlo- sería esta Unidad Suprema. Son el Fuego y el Agua, el Yang y el Yin, Shiva y Shakti, Purusha y Prakriti, en fin, el Padre y la Madre, el Cielo y la Tierra. Es este Hombre Primordial, imagen y semejanza de Dios, el que reproduce la presencia en si de ambas naturalezas, femenino y mascuilino, como sacramento y por esto es un misterio divino, pues la palabra latina sacramentum no es otra cosa que la traducción del griego mysterion. De tal manera que este sacramento sería una realización del misterio de la coincidentiá oppositorum en Dios, en quien se unen Hombre y Mujer en el plano terrenal y, en el plano místico, significan la unión de Dios y del hombre. Y a esto parecen referirse los relieves de Alòs y Sant Joan d'Isil. Queda finalmente por explicar los motivos, no únicamente decorativos, que rodean al andrógino de Alòs d'Isil. És tos son: dos gárgolas o cabezas humanas, las cuales por estar situadas una a cada lado debajo del dibujo esculpido, son una clara imagen del dualismo cósmico superado y vencido por el andrógino, es decir, que "ya no son dos sino una sola carne". Una serie de líneas zigzagueantes representan la alternancia en el orden cósmico, la complementariedad de los ritmos indefinidamente repetidos. A cada uno de los lados puede verse una roseta de seis pétalos, número que corresponde a la manifestación y se relaciona con los seis días de la Creación; es la unión de los dos triángulos opuestos de la estrella de David, Fuego y Agua, masculino y femenino, activo y pasivo, por lo que es también un símbolo del andrógino. Su forma floral está asimismo relacionada con el estado paradisíaco de este. Encima de la roseta, situada al lado del busto de la izquierda, podemos ver una aspa o X, cruz de San Andrés, símbolo de la unión de los dos mundos, el superior y el inferior. Es por tanto un símbolo conjuntivo en el que la dualidad (los dos trazos) o la multiplicidad o totalidad del Cosmos (los cuatro brazos equivalentes a las cuatro direcciones del espacio) se ponen en relación a la Unidad. Ahora bien, si la dualidad se supera es porque esta aspa es un símbolo de la inversión de los mundos celeste y terrestre, masculino y femenino, Esencia y Substancia; lo que está arriba pasa abajo y lo de abajo pasa arriba, lo que era Esencia o Espíritu se transforma en substancia o materia prima y viceversa. Es una clara imagen de la coincidentia oppositorum en la que tesis y antítesis se fusionan y por esto, esta X es también, como la inicial del nombre griego de Cristo, unión de Dios y hombre, Masculino y Femenino. En todo caso, las dos iniciales del nombre griego de Cristo se encuentran directamente representadas en el crismón constantiniano que se halla en la parte superior izquierda del relieve. Se ve la X (ji), la P (ro) y junto a ellas el Alfa y la Omega, significando que el Principio y el Fin, el andrógino inicial y el de la reintegración. También se ve una S (de Spiritus) en la parte inferior de la P, la línea vertical de la cual se halla cruzada por otra horizontal, con lo que el crismón forma una rueda solar o de ocho radios, lo que hace referencia o Sol invictus. Entre la pareja puede verse una estrella o flor de cinco puntas, e igualmente, a la derecha del andrógino y debajo del crismón, una pentalfa o estrella de cinco puntas con las diagonales marcadas. La pentalfa es también un símbolo del andrógino, por ser el cinco número de la hierogamia, de la unión del principio masculino celeste representado por el tres con el principio femenino terrestre representado por el dos; es, por tanto, la conjunción de dos términos desiguales pero complementarios. Esta conjunción viene a acentuarse por el hecho de que entre sus lados y ángulos se establezca la proporción áurea que es la armonía asimétrica más perfecta entre dos magnitudes que se convierten así en análogas entre ellas (analogía significa “proporción” en griego). Si la década es la imagen del Macrocosmo, pues eleva a la Unidad todas las cosas, la péntada es una imagen del Microcosmo, por ser su mitad o imagen condensada así como por ponerse en relación con el cuerpo humano, pues la cabeza, los dos brazos abiertos y las piernas separadas forman los cinco puntos de un pentagrama en cuyo centro se hallan los genitales, órganos reproductivos y sexuales. Como es sabido, la pentalfa fue muy estudiada por los pitagóricos, entre los cuales fue un símbolo del matrimonio. El pitagorismo se transmitió en la Antigüedad y la Edad Media a través de las corporaciones de constructores y talladores de piedra (3), llegando hasta los templarios. Precisamente se sabe que la iglesia de Sant Joan d'Isil perteneció a los templarios en el siglo XII (4), lo que explicaría en parte la presencia no sólo del pentagrama, sino también de todo este conjunto de relieves, de gran valor simbólico y metafísico, de Alòs y Sant Joan d'Isil. Nos encontramos, pues, ante una pieza arquitectónica que ofrece una visión simbólica que debería ser la propia de toda obra de arte de lo sagrado. Así, lejos del punto de vista sociológico o moralista, la androgínia, o presencia bivalente de ambos géneros en un mismo ser, se mostraría como la plasmación sagrada del modelo divino. Y esto, lejos de ser una blasfemia, es una interpretación literal de la simbología en el arte, abandonando, por supuesto, toda referencia protomoralista o interesada. (1) Carreras i Candi. Francesc, Geografía General de Catalunya, vol. 111 (Lleida) Ed. A. Martín, p. 704. (2) Sobre este último tema véase Evola, J., Metafísica del sexo, Ed. Heliodoro, Madrid 1982, pp. 315-320. (4) Véase Evola, op. cit. y Eliade M., Mefistófeles y el. Andrógino, Ed. Guadarrama, Madrid 1969. (3) Sobre el simbolismo del pentagrama, la divina proporción y otros símbolos pitagóricos, así como sobre su transmisión y otras épocas y ocultos, véase Ghyka, M.G., El número de Oro. Ed. Poseidón, Barcelona, 1978. (4) Enríquez de Salamanca. C., Por el Pirineo Catalán, El Pallan, el Alto Urgel y Andorra, Ed. Enríquez de Salamanca, Madrid, 1976. Mora, F., "Románico olvidado en el Pallars", Destino, n." 978 (mayo, 1956), pp. 20-21.
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