Construyendo y deconstruyendo al macho
Ziggy, ziggy_tg@hotmail.com


La adquisición de una identidad de género es un proceso social, psicológico y cultural extremadamente complejo que comporta una relación positiva de inclusíón y una relación negativa de exclusión. Nos definimos a partir de parecernos a unos y de ser distintos a otros (2).

Por este motivo resulta tan interesante analizar el patrón masculino y ver como se ha forjado.

La protofeminidad masculina.

El concepto de "protofeminidad" del bebé recién nacido refiere al contacto del mismo con su madre, primero a nivel intrauterino y, depués, durante los primeros meses de lactancia. Esta protofeminidad del bebé humano es vista de forma diversa según los distintos especialistas, de modo que unos opinan que favorece el desarrollo femenino y dificulta el masculino, mientras que otros consideran que es igualmente ventajosa a ambos sexos.

Fue Stoller quien, refutando la teoría de masculinidad innata propugnada por Freud, utilizó por primera vez el concepto de la protofeminidad masculina. Freud consideraba que la masculinidad era el modo original, natural, de identidad del género en ambos sexos y que era el resultado de la primera relación de tipo heterosexual del niño con la madre y de la primera relación de tipo homosexual de la niñacon aquélla. Un estudio realizado con transexuales masculinos llevó a Stoller (3) a hablar de lo que él consideró eran los peligros de una simbiosis excesiva entre el hijo y la madre: "Cuanto más prolonga una madre la simbiosis -decía-, más se corre el peligro de que se "infiltre" la feminidad en el núcleo de la identidad de género. Es probable - continuaba - que este sea el orígen de los temores homosexuales, mucho más evidentes en el hombre que en la mujer, y de la mayoría de las raíces de lo que denominamos "masculinidad", es decir, la preocupación por ser fuerte, independiente, duro, incluso cruel, polígamo, misógino o perverso".

Según su punto de vista, la masculinidad sería un hecho secundario, creado y,además, algo que podría verse en peligro ante una unión primera y profunda con la madre.

Según Stoller, así como la relación "homosexualizante" entre madre/hija, que se establecería, según él, en primeros meses, sólo puede reforzar su sentimiento de identidad, el hijo debería "esforzarse en negar sus pulsiones protofemeninas".

Según esto, el comportamiento que la sociedad definiría como "convenientemente masculino" estaría elaborado, en realidad, con maniobras defensivas (4). Éstas, serían palpables en determinados comportamientos como el temor a las mujeres, el temor a mostrar cualquier tipo de feminidad, incluidas las que se esconden bajo la ternura, la pasividad o el cuidado a terceros, y, claro está, el temor a ser deseado por otro hombre. De todos esos temores, Stoller deduce que. "la primera obligación que la sociedad impone al hombre es la de no ser una mujer".

Contrariamente a Stoller, que concibe la feminidad primera del hombre como un handicap, la psicólogía actual la considera una ventaja. La simbiosis maternal es benéfica para ambos sexos porque genera sentimientos nutricios, de ternura y de vínculo en el futuro adulto, y porque va asociada a unos comportamientos positivos y cariñosos (5), que serán los fundamentos de las relaciones humanas posteriores. Margarete Mitscherlich va más lejos todavía al sostener que nuestra sociedad es demasiado exigente al pedirle tan temprano al niño que se separe de su madre y que adopte un comportamiento masculino. Porque es gracias a esta identificación con la personaque le alimenta -habitualmente la madre- que el niño logra superar sus angustias y su desamparo. Phyllis Chesler habla de esos chicos tempranamente arrancados de sus madres como de unos "seres desmaternizados" (6). Para estos autores, la relación primera que se establece con la madre constituye la condición misma de la identidad masculina. Si esa relación no es buena o es inexistente, el niño se enfrentará con todo tipo de dificultades para convertirse en un ser humano masculino.

El Hombre engendra al Hombre.

Esta famosa frase de Aristóteles concierne a la reproducción de la especie humana y pretendía decir, de una forma muy misógina, que es el hombre, el macho, quien transmite, indistintamente al niño o niña, el principio vital de humanidad. Hoy podemos reducirlo a la transmisión del cromosoma Y.

Según los ritos de paso comunes a todas las sociedades, debería ser el genitor, el padre, o cualquier otro hombre (incluso un grupo de hombres) que encarne la imagen de padre, quien finalice el proceso de diferenciación masculina.

Se trata siempre de ayudar al niño para que cambie su identidad femenina primaria por una identidad masculina secundaria.

En el sistema patriarcal, los hombres han utilizado diferentes métodos para conseguir que los niños se convirtieran en hombres: ritos iniciáticos, pedagogía homosexual o confrontación con sus semejantes.

Se trata siempre de una institución que prueba que la identidad masculina se adquiere a un alto precio.

Tienen, por los demás, tres puntos en común:

  • El primero consiste en la superación de un umbral crítico, allá por los alrededores de la preadolescencia. A diferencia de "la mujer, que es, el hombre ha de hacerse". Un proceso educativo parece hacerse necesario.Dicho de otra manera: el hacerse hombre es una fabricación voluntarista y podríamos preguntarnos, como G.Corneau (7), si la masculinidad se despertaría si no se viera forzada a ello en un momento determinado deldesarrollo.
  • El segundo punto en común de las diferentes pedagogías de la virilidad lo constituye la necesidad de aplicar pruebas. La masculinidad se gana al término de un combate (contra uno mismo) que implica muy a menudo dolor físico y psíquico. Tal como señala Nicole Loraux, a propósito de los comienzos de la República romana, "la virilidad se demuestra a cuerpo descubierto (8). Las cicatrices del guerrero testimonian las heridas y la sangre vertida, demostrando su valor como hombre y como ciudadano. El dolor es un asunto de mujeres, y el hombre debe despreciarlo so pena de verse desvirilizado y rebajarse al nivel de la condición femenina". Cabe señalar que este tipo de ritos de iniciación - más o menos variables según las sociedades y los grupos tribales, incluídas nuestra sociedades modernas, con sus ciudades - se realizan siempre con el objeto de reforzar una masculinidad que, sin ellas, correría el peligro de desvanecerse, e incluso de no llegar a formularse nunca.
  • El tercer punto en común de las formaciones de la virilidad tradicional es el papel nulo o relegado de los padres. Casi siempre son chicos mayores u otros hombres adultos los encargados de la masculinización de los más jóvenes. Por otra parte, J. Pleck (9) destaca el contraste entre el papel masculino tradicional, que implica estrechos lazos emocionales entre hombres, y el papel masculino moderno, que supone una disminución, cuando no una carencia, de relaciones afectivas entre hombres.

Así pues, el objetivo de todo este ritual que deberá conducir al ser humano desde su feminidad primaria a una masculinidad secundaria, es la construcción de una identidad de género. En determinadas sociedades - como, por ejemplo, entre los nativos americanos Fox, de Iowa - se considera este proceso "The Big Impossible", siendo tan sólo algunos miembros de la comunidad los que se convierten en hombres, mientras que el resto queda, o bien como mujeres, o bien como una comunidad indiferenciada. No obstante, en la mayoría de sociedades son la totalidad de los mimebros de sexo masculino los que logran o pueden lograr una identificación con el género masculino (según sean los propios parámetros sociales que lo definan en ese colectivo en cuestión).

Este proceso, que produce una inversión del estado femenino primario, se ha venido considerando como una "cirugía radical de resocialización", y se caracteriza por tres etapas:

La primera etapa consiste en la separación física de la madre. La contaminación de los "machos sexuales" por parte del género femenino es una vieja obsesión que encontramos en culturas tan diferentes como la sociedad rousseauniana o los marines americanos. Shakespeare hablaba de ello en el segundo acto de Enrique IV: "the son of the female is the shadow of the male". Así, el ser humano es inducido a decir "ya no soy un bebé".

La segunda etapa marca la transición desde el mundo femenino que hay que abandonar hasta el mundo de los hombres, que debe construírse. Este cambio de identidad social implica un tipo de lenguaje, un patrón de conducta, unas costumbres... bajo esta etapa, el individuo es inducido a pensar "no soy - o ya no soy - una niña".

La tercera etapa implica el sometimiento a algún tipo de prueba que demuestre que el hijo masculino ya está formado. En nuestra sociedad, esta prueba muchas veces es sustituída por algún tipo de reclusión, ya sea para el servicio militar, ya sea en un centro escolar alejado de la familia. Después de esta etapa, se comunica al individuo que ya puede decir "soy como ellos". Aún hoy, las famosas "novatadas" implican pruebas físicas muy duras, acompañadas de insultos que tratan a esos novicios de "afeminados" o "maricones". Homofobia y misogínia forman parte del libro de estilo. Así lo demuestra el dicho de los marines americanos: "para formar un hombre, hay que matar la mujer que hay en él".

La pedagogía homosexual.

El término "pedagogía homosexual" no tiene nada de proselitista, sinó que se refiere al aprendizaje de la virilidad por la vía de la homosexualidad. Esta idea, que puede parecer extraña, contiene una gran verdad oculta.

La pedagogía homosexual, mucho más antigua y enraízada de lo que normalmente se cree (10) aparece precisamente en aquellas sociedades en que la virilidad goza del estatuto de valor moral absoluto. A menudo se consideraba que los hombres que amaban a otros hombres deponían de un valor moral viril más elevado que sus compañeros heterosexuales (11). Se consideraba que los hombres que mantenían relaciones íntimas con otros hombres, intentarían imitarlos, mientras que los que se relacionaban con mujeres terminarían afeminándose. Según esta concepción pedagógica de la homosexualidad, ésta seria un paso previo y necesario que conduciría a la heterosexualidad, que sería el fin último. NO obstante, no existirían dos tipos de deseo, uno heterosexual y uno homosexual, sino uno solo que puede destinarse indistintamente hacia un camino u otro. Quede claro que no está hablando de una identidad de género, sinó de una práctica sexual y nada más, destinada a resaltar la identidad original de cada uno.

Hasta hace bien poco, se consideraba que una de las características evidentes de la masculinidad era la heterosexualidad. Del mismo modo, y para que todas las piezas encajasen, se decía que la característica en consecuencia evidente, de la feminidad, era también la heterosexualidad. No obstante, parecía que la heterosexualidad masculina estaba más resaltada por el hecho de ser una "construcción".

Así, se establecían unos patrones de conducta dominantes para el hombre, y recesivos, o pasivos, para la mujer. Estos patrones de conducta se expandían no tan sólo a los ámbitos sexuales, sinó a todos los ámbitos de la sociedad.

Desde esta óptica, la homosexualidad era, evidentemente, una aberración (13).

La definición de género, no obstante, salta por encima de estas definiciones de quien hace qué y con quien.

En la medida en que la desinformación siga confundiendo género con conducta sexual y en la medida que se siga definiendo la masculinidad como lo opuesto a feminidad, persistirán las conductas homofóbicas, misóginas e intolerantes.

La homofobia refuerza, en algunas personas, su frágil sentido de heterosexualidad.Es pues un mecanismo de defensa psíquica destinado a evitar el enfrontamiento con una parte oculta de si mismo.

La deconstrucción del hombre.

El sistema patriarcal ha parido un hombre que no sabe reconciliar su X y su Y, es decir, su herencia paterna y su herencia materna. En la actualidad muchos hombres padecen esta fragmentación de identidad, hecho que propicia la reconstrucción de un paisaje masculino que tenga en cuenta, finalmente, su doble herencia. Desde hace años, se ha destacado la estrecha relación entre la masculinidad y el rechazo a una parte de uno mismo. La negación de la bisexualidad trae consigo el levantamiento de fronteras y la fragmentación en trozos de un individuo que tan sólo habrá conocido su plenitud en las primeras etapas de su vida. En 1990, el feminista John Stoltenberg pedía, en "Refusing to be a man" (14), aplaudido por las feministas y considerado un ensayo "valiente", el fin de la masculinidad, apoyándose en las tesis de Andrea Dworkin según las cuales hombre y mujer son ficciones, construcciones culturales totalitarias e inapropiadas para el futuro humano. Stoltenberg afirmaba que "somos una especie multisexuada en las que los elementos denominados machos y hembras no se oponen". Bajo esta idea, aparentemente liberadora, se esconde en realidad la negación de toda identidad de género, especialmente de la masculina.

La mutilación del hombre.

Por mutilación del hombre se entiende no el hecho físico, por supuesto, sino la amputación de su feminidad. Esta amputación da lugar al hombre machista, al hombre "duro". En los países nórdicos se conoce a este tipo de hombre mutilado como "hombre nudo". La expresión apareció por primera vez en 1977 en la novela "Le" (15), de la danesa Herdis Moellehave, y se refiere simultáneamente al nudo de la corbata, símbolo del hombre serio y convencional, y al nudo sentimental: la sensibilidad femenina trabada por las convenciones de género. El "hombre nudo" es un catálogo de los peores estereotipos masculinos: la obsesión por la competencia, la obsesión por las hazañas intelectuales y sexuales, sentimentalmente desvalido, aparentemente satisfecho y seguro de si mismo, agresivo, alcohólico, incapaz de implicarse por los demás... es un hombre de pelo en pecho que se interesa por el poder y por una idea ficticia de objetividad. Es el arquetipo de hombre rechazado por el colectivo feminista.

En contraposición, hallamos el "hombre blando", también llamado "hombre trapo", y es la consecuencia del primero y un patrón que va en alza. El "hombre blando" rechaza voluntariamente los privilegios masculinos, controla su agresividad y abdica de cualquier carrera o profesión que le impida consagrarse a su mujer y a sus hijos. Es favorable a la igualdad de sexos y desconoce por completo su identidad de género. La pareja formada por un "hombre blando" reparte las tareas domésticas y organizan una democracia milimetrada basada en la superioridad existencial de lo femenino. Es el eterno estudiante, que existe tan sólo a través de la mujer (repetición de los estereotipos de bebé y madre).

El ideal masculino.

Activo todavía hoy en día, este modelo masculino ha cambiado realmente poco desde hace siglos. En 1976, dos estudiantes universitarios estadounidenses se hicieron famosos enunciando los cuatro imperativos de la masculinidad bajo forma de consignas populares (16):

En primer lugar: "no Sissy stuff (nada afeminado). Aunque ahora se sepa que los hombres tienen la misma necesidad de afecto que las mujeres, el rol estereotipado masculino impone una serie de sacrificios y la mutilación de una parte de su humanidad. A continuación, el verdadero macho es, además, "the big wheel" (un pez gordo, una persona importante). Se trata de una exigencia de superioridad con respecto a los demás del rol masculino. Tercer imperativo: "the sturdy oak" (el roble sólido) pone en evidencia la necesidad de ser independiente y de no contar más que con uno mismo: jamás deberán mostrarse la emoción o el cariño, que son síntomas de debilidad femenina. Y último imperativo: "Give'em Hell" (iros todos al diablo), que insiste en la obligación de ser más fuerte que los demás, recurriendo a la violencia si es necesario.

El hombre que se somete a estos cuatro imperativos es el supermacho, The Marlboro Man, que ha recorrido el mundo entero. Es el hombre duro, solitario porque no necesita a nadie, impasible, viril como nadie, una bestia sexual que no se ata a nadie; un ser que no se trata con sus congéneres masculinos si no es en el campo de la competición, la guerra o el deporte. En definitiva, un duro entre los duros, un «mutilado de afecto», preparado más para la muerte que para el amor a su pareja o a sus hijos.

Una gran mayoría de culturas se han adherido a ese ideal masculino recreando su propio modelo. Pero es Estados Unidos, donde no tiene rival (desde el vaquero a Terminator, pasando por Rambo). Las relaciones sentimentales de este hombre con sus parejas son silenciosas. No por una carencia de sentimientos, sino por la dificultad que supone expresarlos directamente, so pena de perder con ello lo viril. Petrificado en la acción afectiva, el héroe viril no para de enfrentarse a otros hombres. No obstante, el héroe del western le deja al espectador la posibilidad de adivinar su humanismo, sus conflictos, sus sentimientos y, por tanto, su «debilidad». Con una simple mirada, da a entender una tentación o una pena; en definitiva, que tiene su corazoncito. Se sospecha de él que ama a su caballo, a un amigo o a una mujer. Aquí radica precisamente la gran diferencia entre él y Rambo o Terminator. Para Rambo el único compañero es un inmenso puñal bien afilado, que le trae buena suerte, refuerzo fálico de una virilidad que es aún humana y, por lo tanto, desfallece. Finalmente, ya nada de todo eso amenaza a Terminator, la máquina todopoderosa, el macho en su estado puro que ya no tiene nada de humano, ni tan siquiera el sexo, la parte más frágil e incontrolable del hombre. Los espectadores masculinos pueden disfrutar, durante el rato que dura la película, de la identificación con la potencia absoluta. La máquina viril es incomparablemente menos vulnerable que el más fuerte de entre los machos.

Pero no por ello desaparecen los inconvenientes del ideal masculino para la gran mayoría de hombres: cada uno de ellos intenta seguir ese patrón mítico de éxito, pero esta imagen es tan inaccesible que suscita una toma de conciencia dolorosa: la de ser un hombre inacabado, incapaz, minúsculo.

Para la mayor parte de los estadounidenses de los años 50, Ernest Hemingway encarnó, con su vida y con su obra, la "auténtica virilidad", el "tough guy". A principios de 1970,John Updike podía escribir: "Toda una generación de hombres estadounidenses han aprendido a expresarse con su estoicismo". Sus libros de acción y su vida - boxeo, caza, pesca, bebida, la búsqueda permanente de actividades viriles - fueron maneras de ilustrar la masculinidad norteamericana. Consagrando su vida y su trabajo a la leyenda de su propia virilidad, «papá» Hemingway, tal como le gustaba que le llamaran desde los veintisiete años, también supo, sin embargo, mostrar su lado trágico: su biógrafo, Kenneth Lynn, ha insistido mucho sobre el conflicto interior que vivió el escritor, debatido entre la búsqueda de una virilidad exenta de toda feminidad, y el deseo de una pasividad femenina. Su contradicción se manifiestó claramente en su obra póstuma "El jardín del Edén", extracto de un interminable manuscrito que el autor escribió durante quince años. En él se expresan sin tapujos sus deseos de pasividad sexual y sus "fantasmas" transexuales. "Cuando cae la máscara se descubre un bebé que tiembla», escribió el antropólogo Gilmore, refiriéndose a la muerte de Hemingway. Algo parecido ocurrió con el escritor japonés Mishima (según reflexión de su biógrafo L.Segal tras su suicidio): "Su furiosa búsqueda de la masculinidad... le provocó un deseo de purgarse de toda sensibilidad para poder convertirse en un objeto plenamente viril que finalizó con su propia autodestrucción". La novela autobiográfica del "duro entre los duros" Charles Bukowski, "Mujeres" (17), alterna escenas de sexo con escenas de vómitos. El autor escupe en ella su odio hacia las mujeres, sus excesos con el alcohol y, al mismo tiempo, su temor de no ser un hombre. Después, se aplica la autocrítica antes de ponerse a llorar como un niño. Idénticos comportamientos y angustias podemos encontrar en varios de los personajes de Norman Mailer. En "Los hombres duros no bailan" explora los pliegues más secretos del macho norteamericano, roto entre la tentación del machismo y la homosexualidad. Intentando extirpar su homosexualidad latente con una escalada demencial de violencia, acaba derribado, llorando y totalmente borracho. Entonces reconoce que gracias "a su padre -tan viril en apariencia- ha perdido sus cojones".

El tamaño del pene.

Es verdad que, en el marco de la masculinidad hegemónica, los órganos genitales son valorados de manera obsesiva. No hay que extrañarse, pues, que en estas situaciones tan cortas de miras, el sexo sea el encargado exclusivo de definir el género. Así, "tener o no tener" sustituye a "to be or not to be".

El hombre promasculino no esperó a la llegada del psicoanálisis para magnificar la importancia del pene y levantar imponentes obeliscos para su mayor gloria. No obstante, fué Freud, en primer lugar, y luego Lacan, quienes aportaron, de formas distintas, las garantías teóricas necesarias para poder afirmar la superioridad y unicidad del órgano macho. M.Martini, dando rienda suelta a su narcisimo, decía que "el hombre no es sin tenerlo, y la mujer es sin tenerlo".

Símbolo del poder máximo (love machine) y simultáneamente, en el hombre fragmentado, de la más extrema debilidad, el pene, metronimia del hombre, es, al mismo tiempo, su obseso amo. La parte establece la ley al todo, puesto que la primera define al segundo en este ser viril y masculino que confunde su apetencia sexual y sus deseos con su género y su identidad. Naturalmente, este malestar psíquico se traduce invariablemente en dificultades sexuales. De este modo, se constata un aumento considerable del número de hombres que visitan centros médicos en busca de un mayor tamaño o de una mayor duración de la erección. En más de la mitad de los casos, los que se quejan de una pérdida completa o parcial de su capacidad para la erección "van en busca de un pene perfecto". No es de extrañar esa búsqueda, que se inscribe en la convicción de que la actividad sexual confirma el género: un hombre es un hombre cuando está en erección. Por tanto, cualquier dificultad con su pene es motivo de profunda humillación y desespero, ya que implica la pérdida de su virilidad. Para remediarlo, el márketing médico ha ideado todo tipo de soluciones, quirúrgicas y no quirúrgicas.

La virilidad violenta.

La violencia asociada al género no existe. Es fruto de la sociedad y de la formación del individuo. No obstante, allí donde la mística masculina sigue siendo dominante - tal es el caso de los Estados Unidos - la violencia asociada al género (masculino) es un peligro evidente. A principios de los años 70, la Comisión nacional norteamericana para las causas y prevención de la violencia anotaba: "Este país conoce un índice mucho más alto de homicidios, violaciones y robos que las demás naciones modernas, estables y democráticas". La Comisión añadía que la mayoría de dichas violencias criminales eran cometidas por hombres de entre quince y veinticuatro años. "Demostrar la virilidad exige una manifestación frecuente de la propia dureza, la explotación de las mujeres y respuestas rápidas y agresivas", concluía el estudio.

Recientemente, Michael Moore, en su película "Bowling for Columbine" se preguntaba por la causa de esta violencia que parece congénita a la sociedad estadounidense.

Desde hace veinte años, la situación ha empeorado claramente y la diferencia es aún mayor entre lo que sucede en Estados Unidos y en Europa. Por supuesto, la agresividad del patrón de virilidad masculina se hace notar no tan sólo en las mujeres y en el global de la sociedad, sino también hacia la comunidad homosexual. Pero nada puede compararse con la violencia ejercida sobre el colectivo de mujeres. La violación es el crimen que más crece en los Estados Unidos (18). Si se añade a ello el número de mujeres que sufren malos tratos, físicos o psicológicos, por parte de su pareja, podremos hacernos una idea de la medida de violencia con que, el hombre actual, pone en evidencia sus dificultades para encontrar una correcta definición a su identidad de género.

El hombre reconciliado.

El hombre reconciliado no es, evidentemente, una simple síntesis de los dos "machos mutilados" precedentes (el "hombre duro" y el "hombre blando"). El hombre reconciliado sólo puede ser aquél que sabe identificarse perfectamente con su género proyectando su masculinidad sin herir su feminidad. se trata de un diálogo. Y para que ese diálogo pueda producirse de forma plena y rica para el individuo, primero debe darse un proceso, en palabras de Levinson (19) de "destribalización".

Este individuo de género masculino debe pasar por etapas de aprendizaje sucesivo de feminidad y masculinidad, con regresos, involuciones y evoluciones. Negarse esas etapas - ya sea individualmente, ya sea porque lo impone el colectivo - sólo puede conducir a la confusión de la identidad de género.

El final del trayecto no es una androgínia bivalente ni un "género confuso", como decía el quebequés Marc Chabot (20), ni es simultaneamente masculino y femenino, ni alterna uno u otro según las conveniencias, pero ha de permitir un ir y venir que enriquezca las cualidades humanas y, por consiguiente, enriquezca también a la sociedad a la cual el individuo pertenece.

Es el fin del patriarcado, pero también del matriarcado. Se abre la posibilidad de una paternidad y de una maternidad absolutamente nuevas, con una realidad paternal o maternal multiforme donde sendos roles son asumidos, indistintamente, por individuos de sexo diverso y donde prima el género por encima de todo.

NOTAS:

1.- Erik ERikson: "Infancia y Sociedad". Barcelona, 1983. Y también: "Identity and the life cycle", 1959, reedición de 1980, por W.Norton & Company, N.Y.

2.- Alex Mucchielli: "L'Identité", Colección "Que Sais Je?", PUF 1986.

3.- Stoller: "Faits et hipothèses. Un examen du concept freudien de bisexualité", en "Nouvelle Revue de Pschanalyse", núm. 7, 1973, Gallimard Ed., p.150.

4.- Stoller: "masculin et feminin", PUF, 1989, pp.307-308.

5.- Miriam M. Johnson: "Strong mothers, weak wives", University of California Press, 1988, pag.109.

6.- Phyllis Chesler: "la male donne". Ed.Des Femmes, 1983, p.53

7.-Guy Corneau: "Père manquant, fils manqué. Que sont les hommes dévenus?". Les Éditions de l'Homme, Montréal, 1989.

8.- N. Loreaux: "Blessures de virilité", en "Le genre Humain", núm.10, p.39.

9.- J.H.Pleck: "man to man. Is brotherhood possible?", N.Y. Van Ostrand Reinold, 1975.

10.- Bernard Sergent: "L'Homosexualité iniciatique dans l'Europe ancienne". Payot Ed. 1986.

11.- Platón: "El banquete".

13.- El término "homosexualidad" fué acuñado por el doctor Benkert en 1869. Fué él quien pidió al Ministro de Justicia la abolición de la antigua ley prusiana que la condenaba. El término se incorporó al lenguaje coloquial a partir de 1890. No obstante, en 1882, los doctores Magnan y Charcot consideraron la homosexualidad como una enfermedad y, a los sujetos homosexuales les llamaron "invertidos sexuales", momento en que se acuñó este nuevo término para referirse a dicha comunidad. Los "invertidos sexuales" eran considerados, desde un punto de vista clínico, mujeres frustradas y hombres incompletos, o bien hombres frustrados y mujeres incompletas.El término "gay" no apareció hasta 1970.

14.- John Stoltenberg: "Refusing to be a man". A meridian book, 1990.

15.- Herdis Moellehave: "Le". Lindhart y Ringhof editores. 1977

16.- Deborah S.David y Robert Brannon: "The forty-nine percent majority". Addison.Wesly Publishing Co., 1976.

17.- Charles Bokowski: "Mujeres". Planeta, 1990.

18.- Una entrevista realizada por la revista Cosmopolitan a 106.000 mujeres anónimas estadounidenses en el año 1990, demostraba que el 24% de ellas había sido violada al menos una vez.

19.- D.J.Levinson: "The seasons of a man's life". N.Y.Ballantine, 1988.

20.- Marc Chabot: decía "vengo a abogar por un género vago" en su obra "Genre masculin ou genre flou", p.182.



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