Quisiera comentar un artículo de Kim Pérez, cuya tesis considero equivocada, y que creo que puede mover a confusión. No pretendo tener la razón sin más, pero me parece peligroso que se acepten esas opiniones como realidades, sin contrastarlas con otros puntos de vista opuestos. El tema de la búsqueda del límite entre parafilias y disforia de género no se debe tomar a la ligera, y sólo debe dejarse en manos de verdaderos expertos bien acreditados (y no todos los que brillan por ahí los son). Pretendo entender y explicar con tranquilidad lo que para muchas trans es un misterio, un secreto, una vergüenza callada que más vale no comentar: que nos hemos excitado sexualmente al mirarnos en el espejo o al vestir como mujeres.
No hay nada que explicar ni que entender. Esos impulsos de excitación sexual ante la propia imagen, no son transexualidad, sino una inequívoca demostración de una parafilia. Voy a ser cruda en la explicación, pero espero sirva para que os sintáis más a gusto, más seguras de vuestra identidad y más tranquilas.
Si alguien que siente eso se siente más tranquila o más segura al leer una supuesta explicación de ese hecho, se está engañando, porque el síntoma es indiscutible. Comenzaré despejando una equivocación (y una preocupación) En un principio, el Dr Ray Blanchard (y la médica transexual, la Dra Anne Lawrence) creyeron que eso correspondía directamente a la atracción sexual hacia las mujeres.
Antes de nada, hay que dejar claro que tanto Ray Blanchard como Anne Lawrence han quedado desacreditados en todos los estamentos serios del mundo trans. Blanchard incluso ha sido expulsado de la Harry Benjamin International Gender Dysphoria Association, y a la Lawrence le quedan dos telediarios. Ya era hora de que los impostores fuesen descubiertos y que sus absurdas teorías acaben en el cubo de basura que siempre merecieron. Ahora se sabe que las cosas son distintas: esa excitación la pueden sentir tanto las transexuales atraídas por las mujeres (las voy a llamar ginéfilas), como las atraídas por los hombres (las voy a llamar andrófilas) También hay transexuales ginéfilas o andrófilas que no se excitan. La única diferencia parece estar en un porcentaje de frecuencia ligeramente superior en las ginéfilas que en las andrófilas. Recuerdo de memoria cifras de algo así como el 70 y el 60 % de cada grupo, que registran excitación. Es decir, una pequeña diferencia de algo así como un diez por ciento, que además puede deberse a defectos estadísticos de la muestra (como los sondeos)
Esa es una falacia más; ya que nadie serio ha demostrado eso jamás. Además es totalmente absurdo pretender justificar comportamientos vitales, que definen la Identidad de Género, en función de opciones sexuales; y menos aún con unos márgenes tan estrechos, teniendo en cuenta la dificultad que tiene hacer estadísticas fiables en un colectivo tan poco cohesionado y con tantas tendencias a la invisibilidad. No recuerdo bien, por otra parte, si estos resultados, que contradicen su opinión, vienen de las investigaciones de la misma Anne Lawrence. Esto, desde luego, aumentaría su credibilidad.
Más bien la reduciría. Lo cierto es que si alguien tiene la paciencia de leer lo que la propia Anne Lawrence ha escrito en su sorprendentemente corta experiencia transexual, encontrará demasiadas contradicciones; desde luego muchas más de las que el mundo académico tolera. Entonces, si la explicación no es (no es, no es) la atracción sexual por la mujer, o no es sólo eso, ¿cuál es?
Esa frase, es más propia de D. Pedro Ocón de Oro que de alguien que teoriza sobre la disforia de género. ¿Podría hablarse de parafilia, entendiendo las parafilias, como se hace habitualmente, como procesos de excitación provocados por motivos externamente sorprendentes, como pueden ser los zapatos de tacón de aguja, etc?
Naturalmente que se puede hablar de parafilias en esos términos. Eso es lo que son las parafilias precisamente. No; es preciso ir más allá. En las personas trans hay no sólo un proceso de excitación, sino sobre todo, sobre ella, cuestiones de identidad o de disforia de género...
Eso no es exacto. En las personas transexuales existen poderosas cuestiones de Identidad de Género; existe una intolerable disforia con el género asignado; pero lo que no hay es excitación sexual en el propio hecho de esa confusión y de esa búsqueda de la Identidad. Muchas veces, la excitación viene como un molesto añadido, un invasor inoportuno, que trae consigo placer, pero también incomodidad o fuerte dolor psíquico. "¡Eres hombre, eres hombre! ¡Reaccionas como un hombre!", nos parece que repite.
Esa voz interior (es curioso, la esquizofrenia también tiene su voz que te dice lo que eres), está demostrándote que algo no marcha bien. La disforia de género es mucho menos complicada que la parafilia; puede tardar en comprenderse, pero cuando se asume, no hay dudas que la hagan flaquear. El dolor psíquico no es punzante, ya que no existe la contradicción, aunque puede presentarse una crisis de ansiedad si los procesos físicos no avanzan como está previsto. Desde luego, nunca aparece la excitación, y mucho menos se reconoce como un invasor inoportuno, que es otro símbolo indudable de parafilia, ya que esa pulsión cesa al explotar la excitación (particularidad evidente del orgasmo masculino). No se querría que pasara, pero pasa. Rompe nuestro ideal de feminidad, nos recuerda amargamente nuestros condicionamientos biológicos... Es decir, no estamos de acuerdo con ella, no nos gusta, aunque sucede.
Otra evidencia, el sentimiento de desaprobación posterior a lo que ha sucedido. En algunos casos se mostrará como un sentimiento de vergüenza ante lo que se ha hecho (es el caso más frecuente y más típico), pero en otros con rechazo hacia el impulso que ha roto la magia de la fantasía ideal que se vivía. Ambos ejemplos son demostraciones de lo mismo. Incluso, podemos habernos acostumbrado a ella. La desesperación habitual de la transexual (en el armario) puede hacernos recurrir al placer para aliviar la angustia, como otros recurren a un porro o al alcohol. Placer amargo, deprimido.
Aquí vemos una de claves del tema; la transexualidad y el armario. Según todos los estudiosos serios, como Gooren, Megens, Stone, Coleman, Cotten-Kettenis, Hage, Conway y Diamond, el armario, la doble vida, la resistencia a afrontar la Experiencia de la Vida real y los reparos a la terapia hormonal, son incompatibles con la verdadera Disforia de Género, y razón más que suficiente para profundizar en el diagnóstico o incluso cambiar de psicoterapeuta. No es un placer sencillo.
No es en abosluto un placer. Yo creo que para entenderlo hay que recurrir a una definición más profunda de la parafilia: no hay que fijarse en lo que produce la excitación (los sostenes o sujetadores, los zapatos de tacón...) sino en por qué la produce.
El vehículo de la parafilia es indiferente; para cada tipo será uno diferente, pero la causa de todas ellas es la misma. Y la respuesta que propongo es ésta: La parafilia es una solución simbólica a un problema real. Excita porque es solución, porque saca de la angustia, pero tiene que repetirse porque sólo es simbólica, mientras que el problema sigue siendo real.
Una parafilia es una acción tendiente a la satisfacción de los propios impulsos, sin llegar a la unión genital con otro individuo o donde esta unión se realiza bajo condiciones que no pertenecen a la naturaleza del acto sexual. Según el DSM IV, son desórdenes sexuales caracterizados por fantasías sexuales especializadas, así como necesidades y prácticas sexuales intensas, que suelen ser repetitivas y generan molestias o ansiedad en el individuo. Se refieren a comportamientos sexuales caracterizados por la excitación del sujeto ante objetos y situaciones que no son patrones normativos o se alejan de estímulos sexuales normales; la anormalidad, en este caso, está determinada por cada cultura. Por lo que a mí toca, estoy segura de este planteamiento por mi experiencia: con ocho años, el pavor a un niño del colegio que había amenazado con pegarme, hizo que en sólo una tarde (días después) desarrollara una fantasía masoquista completa de sumisión (una parafilia)
Es evidente que se desarrolló un episodio de parafilia, pero eso no hubiese sido posible sin un antecedente, y ese estaba ya profundamente arraigado, o la nueva fantasía no se hubiese desarrollado con tanta facilidad. Traduzco a nuestras historias: Si soy disfórica de género, es que siento angustia por mis condiciones de género (y de silencio)
Si soy disfórica, simplemente me rebelo contra el género que me quieren imponer, y me encuentro a disgusto en él. El silencio no me angustia; es sólo un arma que utilizamos para evitar agresiones. Me visto a escondidas en casa. Me miro en el espejo. ¡Es la solución! Me excito.
Eso nunca es la solución; sólo generaría más angustia, y una profunda insatisfacción al asumirlo como un disfraz (si existe disforia), o produciría excitación (si es una parafilia). Pero enseguida tengo que volver a mi ropa de antes y vuelve la angustia. Vestirme a solas no era la solución real.
De acuerdo, pero para quien sufre disforia, la necesidad de expresarse en el género verdadero es irresistible. Es mucho más que una cuestión de angustia. Pero me ha hecho soñar.
Jamás, sólo te hace infeliz por no poder vivir lo que necesitas. Tengo que repetirlo.
Nunca, se vive como un disfraz, y la necesidad que se siente es vital, no textil. Según este esquema, cuando es posible la solución real, desaparece la parafilia y por tanto la excitación (la solución real es el cambio social de género o cualquier otra forma de superación de la disforia de género, que no sea la simple aceptación de una derrota)
En realidad siempre es posible; sean las circunstancias las que sean. Las excusas para no hacerlo son una demostración más de parafilia; de miedo a las consecuencias de ir demasiado lejos, que jamás sufrirá quien tiene disforia, pero que harán dudar a quien se puede permitir elegir, porque en una parafilia, eso es posible. Cuando la excitación no tiene que ver con un choque identitario, sería cuando se trata de transvestismo ocasional o periódico.
Claro, cuando la excitación no tiene que ver con un choque de identidad, es travestismo ocasional; no es una parafilia, y sí un juego sexual; cuando la excitación tiene que ver con un choque de identidad es una parafilia en toda regla; y cuando la excitación no aparece, es disforia de género. Tan sencillo como eso, no hay necesidad de complicarlo. Aun así, la parafilia tendría el mismo valor de solución simbólica de un problema real. ¿De cuál?
Una vez más, la parafilia no es la solución de ningún problema. Sólo se puede ver así si se pretende justificar con excusas y subterfugios. En muchos transvestistas (digo "muchos", con o, porque no hay cuestiones de identidad), el problema real es la necesidad de una distensión frente al estrés o ante un concepto hipermasculino o hiperresponsable de sí mismo.
Sí, así suele ser. Pero una vez conseguida esa ansiada relajación, ese descanso, se puede volver sin problemas a la identidad masculina y a la dureza de la vida... hasta que el estrés vuelva a ser inaguantable.
Claro, pero eso es común al travestismo ocasional y al compulsivo; con lo que no evidencia nada. En todos los casos, resueltas las cuestiones de identidad o las cuestiones de estrés, las parafilias suavemente, se extinguen.
Pero se reproducirán tan pronto vuelva a aparecer la cuestión de identidad o estrés que lo causa. Y para nosotras empieza la vida real.
Para nosotras, la vida real empieza cuando nacemos; la transición, la psicoterapia, la hormonación, la reasignación, no son más que pasos de nuestra vida; nunca objetivos, ni renaceres, ni siquiera metas volantes. Antes vivíamos una vida real, y después lo seguimos haciendo; somos la misma persona, y nadie nos puede arrebatar nuestra realidad. No hay más.
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