| Siempre me ha extrañado ver estas cuatro siglas juntas; tres de ellas tienen un sentido unívoco pues se refieren a distintas opciones sexuales, pero la cuarta es otra cosa. En realidad se podría considerar que son extraños compañeros de viaje; no tienen las mismas inquietudes, ni los mismos problemas, ni mucho menos las mismas necesidades como grupos. Naturalmente, cualquier indivíduo perteneciente a T puede a su vez pertenecer a G, L o B; pero no creo que sea una buena idea mezclar ambas cosas. También habrá C (carpinteros) o A (agrimensores) que pertenezcan a G, L o B; y no por ello se habla de grupos GLBC o GLBA. Son cosas totalmente distintas. |  |
En los años 60 y buena parte de los 70, el movimiento Gay se desarrolló en la clandestinidad. La nefasta Ley de Peligrosidad Social impedía cualquier reivindicación formal, y debían limitarse a acciones aisladas de protesta, o de defensa ante agresiones de las autoridades o de algunos grupos extremistas. El hecho de estar perseguidos individualmente más que como colectivo, propició una técnica de autodefensa evidente; mimetizarse para pasar desapercibidos. Eso les permitió desarrollar su vida ocultando su identidad sexual, asimilando su actividad social a la del entorno, y manifestándose en la intimidad de ghettos generalmente desconocidos para el ciudadano común. El acceso al mundo laboral era sencillo siempre que fuesen discretos en cuanto a su particularidad. Aunque en ciertos sectores no fuese un impedimento demostrarla, la mayoría la ocultaban escrupulosamente. Al ir adquiriendo un estatus económico suficiente, la colaboración en acciones de protesta podía ser un inconveniente que lo pusiese en peligro. No podían correr el riesgo de que una acción de esas los descubriese, pues se les cerrarían las puertas que ahora les permitían una vida cómoda. Eso se conoció como "El Armario".
La llegada de la democracia hizo que cambiasen los modos, y la persecución fue desapareciendo. Aquellos locales de los que nadie sabía nada, ahora abrían sus puertas libremente. Muchos seguían ocultando su condición y aprovechándose de ello en su propio beneficio, pero otros, menos discretos, empezaron a alzar la voz más fuerte que antes, con la complicidad de los partidos políticos de izquierdas, que veían en ese naciente movimiento una ocasión de demostrar su modernidad apoyando las primeras reivindicaciones reales. La derecha, que en aquellos años estaba en su particular armario disfrazada de U.C.D. y se había dejado más a su derecha a una conveniente Alianza Popular para aparecer como centristas, no podía ser menos en cuanto a modernidad, por lo que cedía en esas reivindicaciones con mucha facilidad.
Se incuyeron elementos anti-discriminatorios en la Constitución y en otras leyes; se derogó la ley franquista que tanto persiguió a los homosexuales, se autorizaron organizaciones y se las dotó de fondos con cargo a los Presupuestos Generales del Estado; se atendieron peticiones y se extendió la idea de la normalidad. Comenzaron a dejar de ocultarse con la tranquilidad que les daba que no tendrían consecuencias en su empleo, pues cualquier forma de discriminación estaría mal vista, y castigada por la Ley. Los primeros juicios que se ganaron en ese sentido bastaron para que los empresarios comprendiesen primero que no podían despedir a alguien por el hecho de ser gay; después que tampoco lo podían hacer aún cuando el motivo fuese otro, pues bastaría que el despedido mencionase la discriminación por ser homosexual para ganar el correspondiente juicio; y por último acabaron por no preocuparse de la orientación sexual de sus trabajadores, siempre que ello no fuese óbice para el desarrollo de su trabajo.
Ya en los ochenta se produjeron tres fenómenos; la llegada de los Socialistas al poder eliminaba cualquier obstáculo que pudiese quedar entre algunos tardofranquistas que presionaban al gobierno anterior; la aparición del SIDA provocó en España el efecto contrario al que inicialmente se produjo en Estados Unidos, en lugar de una nueva marginación, se propició una aceptación algo compasiva, pero efectiva; unido al tercer elemento, el boom económico del "pelotazo", y a que la incidencia de la epidemia en el país se personalizó mucho más en drogodependientes, el colectivo homosexual adquirió una aceptación sin parangón en los años anteriores. Las salidas del armario eran masivas, azuzadas por la cantidad creciente de triunfadores que admitían su homosexualidad sin ambajes. Las últimas reivindicaciones se conseguían fácilmente y durante algún tiempo se detuvieron, por un exceso de confianza en que el grifo ya no se cerraría.
Paralelamente al aburguesamiento de los dirigentes de los colectivos tradicionales y de sus cada vez más frecuentes muestras de ambiciones políticas; surgieron voces discordantes que comenzaban a exigir logros aún más altos. Pero convenía acallarlas para evitar que esos excesos pusiesen en peligro futuras carreras con sillón incluído. Claro, que no calcularon que otros aún más ambiciosos que ellos darían al traste con sus planes. Los escándalos que apartaron al P.S.O.E. del poder se cobraron también unas cuantas víctimas entre esos dirigentes, que fueron sustituídos por los otros más exigentes, pero los aires de libertad de unos años antes habían terminado y el grifo se mostraba casi cerrado, por lo que esas nuevas reivindicaciones se utilizaron más como arma política de presión desde las Administraciones Locales y Autonómicas de signo distinto al del Gobierno Central.
Por lo que a las Transexuales se refiere, los ochenta significaron la época de la explosión al exterior. El hecho de poder mostrarse abiertamente parecía colmar las aspiraciones de muchas, sobre todo porque al dedicarse la mayoría a la prostitución, ésto las beneficiaba y las permitía ganar mucho dinero. No existían colectivos organizados, y el acceso a los de signo homosexual estaba totalmente cerrado. Así que las reivindicaciones de entonces solían limitarse a pedir calles en las que trabajar libremente, canalizadas a través de manifestaciones coloristas y escandalosas, que las alejaban más aún del cómodo status gay. Se les abrían las puertas en ocasiones festivas, en locales ad hoc, en las primeras celebraciones del Orgullo Gay; pero se les cerraban para cualquier otra cosa.
En los 90 empezaron a aparecer otro tipo de transexuales. No hacían la calle; habían accedido a una educación más elevada de lo que era habitual, o incluso su transexualidad se había manifestado en público una vez desarrollada una posición social y laboral que, en algunos casos, podían mantener. Eso significó un cambio radical en el sentido en que canalizar las reivindicaciones y en la propia esencia de éstas. Ya no se utilizaban las manifestaciones, los gritos y la provocación, sino que se elaboraban escritos, se establecían contactos serios con la Administración y se formaban las primeras organizaciones. Ya no se pedía una calle en la que trabajar, sino una normalización legal que permitiese el acceso al mercado laboral. Ya no se pedían preservativos gratis, sino la inclusión en la Seguridad Social de las necesidades psico-medicas de los transexuales. Algo había cambiado.
El hecho de que las reivindicaciones fuesen legítimas, estuviesen bien razonadas, se presentasen coherentemente y se exigiesen con tranquilidad pero con firmeza, debería haberlas hecho necesarias a ojos del ciudadano medio, que vería a las transexuales como a personas que sufrían doblemente. Primero por la propia incomprensión de su propia situación y luego por la de la Sociedad que las marginaba y relegaba a la prostitución o a ocupaciones marginales. Era tan obvio que había que remediar esta situación, que los colectivos gay sintieron que eso significaría olvidar sus peticiones, que eran mucho menos urgentes e infinitamente más prosáicas y frívolas comparadas con las del colectivo trans. Y actuaron como dice la vieja máxima militar, "si no puedes vencer a tu enemigo, únete a él".
Recibieron con los brazos abiertos a las nuevas organizaciones; les mostraron su apoyo y les ofrecieron la integración en las suyas, mucho más grandes y mejor dotadas, desde donde podrían canalizar sus exigencias y protestas con mucha más facilidad, y con la ventaja que da una mayor fuerza surgida de esa unión. Los nuevos colectivos, que contaban con menos experiencia asociacionista, más entusiasmo que recursos y poca voz en los distintos centros de decisión, vieron en esta mano tendida una oportunidad de que sus demandas fuesen escuchadas y atendidas. Se les mostraban distintos ejemplos de lo que la lucha homosexual había conseguido en poco tiempo gracias a esas mismas organizaciones que ahora les abrían sus puertas, y se les tentaba con simbólicos bocados de poder a través de cargos con más título que contenido real, y del acceso a unos recursos que antes no existían.
Y mordieron el cebo y se produjo la peculiar unión "anti-natura". Al principio todo parecía ir sobre ruedas. Se producían reuniones que eran convocadas fácilmente, se presentaban escritos a los partidos políticos que mostraban su disposición a estudiar detenidamente un tema tan importante, se sucedían las ponencias y exposiciones en el marco de congresos, se daban charlas a colectivos de lo más variopinto y además se cobraba por explicar el hecho transexual. Se estaba viviendo un idilio tan sorprendente como maravilloso, que no hacía otra cosa en realidad que diluír la intensidad de las reivindicaciones, que ahora debían dosificarse para coexistir con las del propio grupo raiz, ya que todas eran importantes, y no debía insistirse demasiado, para mantener la supuesta actitud condescendiente de la Administración. Eso sí, se repetía la necesidad de la unión como única vía posible hacia el éxito.
Y en esas estamos. La verdad es que no se ha avanzado nada. Salvo la excepción de Andalucía, que además se produjo al margen de organizaciones homosexuales, los logros son más testimoniales que tangibles. Además el hecho en sí de la colegiación ha propiciado que el mensaje que mostraba la imagen del colectivo transexual como desfavorecido y necesitado haya perdido fuerza, y ya no parezca tan urgente solucionar su situación, o al menos no se lo parezca a la opinión pública, que ha pasado de casi comprender la necesidad de una asistencia psico-médica, a considerarlo casi una frivolidad más. Podemos afirmar que se ha dado un paso atrás en los años de coalición.
No cabe la menor duda de que las dos demandas fundamentales de los transexuales son mucho más básicas y legítimas que las que ahora parecen centrar la atención de los gay. Tanto la inclusión en la Seguridad Social de los tratamientos hormonales y psicológicos, así como la reasignación y sus complementos, como la resolución del tema legal en el Registro Civil; se pueden considerar de primera necesidad para poder acceder a una vida digna, para una posible inserción laboral no traumática y para un acercamiento a los derechos básicos recogidos en la Carta Magna. Además, la Unión Europea ya instó a sus miembros a que adecuasen sus leyes al respecto, y a pesar de que el gobierno se resista, tendrá que hacerlo. Por el contrario, la reivindicación homosexual actual es el matrimonio, que es coherente y deseable, pero nunca comparable pues nadie la entendería como vital.
Cualquiera comprendería que si un navegante solitario que está dando la vuelta al mundo en un barco equipado, puede que sin lujos pero en el que la subsistencia esté garantizada, se encontrase con un náufrago a la deriva, que lleva meses sin comer más que las algas que flotan muertas a su alrededor, al embarcarlo sería justo que le ofreciese su ración diaria. Su caso es más grave y él, al fin y al cabo, no se vé en la misma situación. Una vez solucionada su inanición, podrán repartir los recursos; incluso dosificarlos si son escasos, pero antes de eso es vital que el náufrago salve la vida. Si ese ejemplo es tan evidente, no comprendo como no se percibe que el colectivo transexual es el náufrago, y que sus compañeros de viaje deberían volcarse en su equiparación por encima de todo. No es de recibo aplazar la consecución de esas exigencias mínimas equiparándolas con ninguna otra (por importante que sea).
Desde esta perspectiva, al colectivo gay no le interesa un protagonismo trans que vuelva a poner de manifiesto su situación de absoluta desigualdad social, y la ignominia que representaría atender otro tipo de frivolidades antes que cubrir las carencias más fundamentales. Las demandas transexuales son tan urgentes y su falta causa tanto daño, que una campaña bien orquestada para exigirlas tiene grandes posibilidades de éxito. Mientras las Asociaciones gay piensen que eso sería a costa de las suyas propias, no dejarán que esas demandas sean presentadas debidamente; por eso, el hecho de albergar en su seno a las organizaciones trans, les garantiza seguir detentando el control mediante el retraso indefinido en la formalización de cualquier iniciativa. El resultado es que las reivindicaciones se convierten en crónicas y el propio colectivo acaba por acostumbrarse a que así sea.
En los últimos años, los logros del colectivo transexual, a escala nacional, se cifran en haber sido recibidos por algún representante político que lo hace de oficio (diputados que forman parte de comisiones), o por puro electoralismo (antes de unas elecciones todos los partidos se apuntan a lo que se mueva con tal de captar votos). No es la primera vez que sucede, pero después de las promesas, los hechos nunca aparecen. En realidad ha habido muchos más avances debidos a luchas individuales que a una labor colectiva, organizada y reglamentada. Este hecho puede parecer sorprendente si damos por buena la máxima de que “la unión hace la fuerza”, pues aparentemente el esfuerzo colegiado debería obtener más frutos que las acciones aisladas debidas a iniciativas privadas. No ha sido así, y la constatación de este hecho pone serias dudas sobre los métodos empleados por las distintas asociaciones.
Y no se puede perder el espíritu de lucha que caracteriza a las transexuales en su vida diaria; no es aceptable "vender la primogenitura por un plato de lentejas", pues se ha demostrado que supone atrasos en lugar de avances. La batalla debe librarse sin aliados envenenados; sólo uniendo fuerzas en torno a una opción independiente, en la que los objetivos no deban compartirse con quienes no tienen las mismas necesidades, ni las mismas inquietudes. Una opción desprovista de los dos elementos que más han lastrado el asociacionismo en nuestro país; el hiperformalismo que dá demasiadas vueltas a cada tema para, rizando el rizo, pretender consensuar hasta los signos de puntuación de los textos en una inacabable retahila de grupos de trabajo, comisiones, escritos previos y demás zarandajas superfluas que no hace sino retrasar exageradamente las acciones; y el exceso de protagonismo que parece consustancial al transexual por lo generalizado que parece estar a lo largo de los años, obviando el sentido real del espíritu de sacrificio exigible a los gestores de cualquier comunidad de intereses, máxime cuando es minoritaria y está discriminada, y el estado de necesidad hacia las soluciones alcanza tintes casi dramáticos.
El día que eso se consiga, se habrá iniciado el verdadero camino hacia la consecución de los objetivos del colectivo transexual. Cada día que pase sin tender hacia ello sólo servirá para crear desencanto, desanimar a quien aún tiene fuerzas y mantenernos en el ínfimo puesto que nos otorga la escala social.
|