Tu peor enemigo: Transexualidad & Pornografía
Pere (Ziggy) Cabra, ziggy_tg@hotmail.com


Mientras la comunidad con Disforia de Género (la comunidad trans) lucha (por ejemplo, a través de la FIG) por conseguir unos derechos civiles equiparables al resto de ciudadanos, incluyendo atención médica, psicológica y opciones laborales, el resto de la sociedad - no transexual - parece estar inmersa en un proceso de darse cuenta de la existencia de este colectivo. Entre otros motivos, una de las causas es el uso de una herramienta, internet, y de una de sus aplicaciones: la industria del porno, que hace más daño si cabe al colectivo.

Así, términos como crosddresser, shemale o travesti, que hace unos años eran conocidos por un porcentaje bajo de la sociedad, ahora son conocidos por un número elevado de internautas que asíduamente visitan estas páginas de sexo.

Sin duda, esto no hace más que fomentar la confusión social, permitiendo que se asocie el colectivo inequívocamente a prostitución y a prácticas sexuales de todo tipo. Por lo que atañe a como el comercio pornográfico en internet afecta al conocimiento del hecho transexual, cabe decir que es un monstruo de dos cabezas: si por un lado ha favorecido el conocimiento de la existencia de este colectivo, por otro lado lo ha vestido de desinformación.

Antes de proseguir, dejar claro que este artículo no pretende arremeter contra la industria del porno. El problema no es la herramienta (internet), ni su aplicación (la pornografía), sino el uso que se da a ello y las connotaciones sociales que de ello se derivan. También dejar claro que me centraré en la pornografía con transexuales femeninas, ya que su uso es mucho más elevado que en el caso de los transexuales masculinos y, por ende, la mayoría de imágenes que acompañan a este artículo corresponden a cuerpos femeninos.

El poder de lo visual.

La dinámica sexual y el modo como definimos nuestra propia sexualidad es una de las facetas principales de cualquier persona. No obstante, el comportamiento sexual difiere de un género a otro en el seno de cada cultura, aunque obedecen a patrones comunes. Así, la estimulación sexual y el rol de género no siempre tienen por qué ir parejos. En el seno de cada cultura, la actividad sexual y la apetencia sexual asociada a un determinado género responde a patrones que se van solidificando, desmoronando y reconstruyendo en un proceso dinámico al que llamamos cultura. Esta práctica es tan sólo una pequeña parte de un global al que llamamos rol social.

En la definición de estos parámetros tienen mucho que decir, hoy en día, la publicidad, el cine, los medios impresos y la televisión, que se encargan constantemente de decirnos lo que resulta adecuado, deseable, novedoso, anticuado o provocativo, de modo que el rol social que cada uno adopta en el seno de su propia comunidad, afecta invariablemente a la expresión de su propio género, e incluso a veces modifica la actividad sexual.

Unas primeras diferencias en el comportamiento de hombres y mujeres nos permitirán ver cómo el género y el rol social actúan sobre el modo en que el sexo se manifiesta:

El Dr. Fisher estudió la actividad cerebral en hombres que se autodefinían como hombres y heterosexuales y en mujeres que se autodefinían como mujeres y heterosexuales.

El Dr. Fisher encontró que para los hombres, el despertar sexual en la pubertad frecuentemente va unido (se confunde) con el deseo sexual, mientras que para las mujeres el despertar sexual en la pubertad no tiene por qué ir parejo al deseo. Mientras los hombres se ven impelidos a definir su género en base a una expresión (del deseo) sexual, las mujeres pueden perfectamente sentirse genéricamente bien definidas sin necesidad de dar expresión a su sexualidad (para más detalles sobre cómo el rol masculino se va definiendo en el individuo mediante la interacción social, ver en este mismo portal: “Construyendo y deconstruyendo al macho”).

Ahí habría mucho que hablar sobre parafilias en trans femeninas y trans masculinos.

El Dr. Fisher encontró que mientras los hombres, durante el ejercicio de su sexualidad, mantenían muy activas las áreas de representación visual, las mujeres centraban su actividad en las áreas ligadas a recompensa, emoción y atención. El despertar sexual masculino obedece a la estructuración cerebral de centros visuales, de modo que cuando un hombre está teniendo actividad sexual o cuando la anticipa, el cerebro concentra su actividad en esas áreas, restando papel a otros estímulos, como el pensamiento racional, los afectos o el pensamiento abstracto. Las regiones visuales del cerebro femenino, sin embargo, permanecen silenciosas aún ante la estimulación. (Sex and the Brain - by Anahad O'Connor, NYTimes, March 16, 2004)

Estas diferencias son fundamentales desde el punto de vista de cómo se han definido, históricamente, los patrones de género y los patrones sexuales, puesto que ha sido siempre el hombre quien ha forjado el modo en que éstos eran acomodados en la sociedad.
Así, nos encontramos que el factor visual es importantísimo para los procesos comunicativos modernos, ya sea en vallas publicitarias, anuncios en revistas, internet, subtextos cinematográficos (lo subliminal en el mensaje) o en el propio modo de vestir.

El factor visual condiciona constantemente el modo en que expresamos nuestro género y, esta condición, ha sido impuesta por el hombre. Como dijo Candida Royale, Presidenta de “Femme Productions” (empresa dedicada a la pornografía específica para mujeres) “el entretenimiento adulto hasta ahora ha sido dominio del hombre. Ahora que las mujeres estan alcanzando un equilibrio en la gestión de sus propias experiencias en la cama, estamos preparados para explorar el entretenimiento erótico a partir de otras pautas y otros lenguajes no exclusivamente masculinos”.

La publicidad forja géneros.

A mediados del siglo pasado, los productos del tabaco se anunciaban con carteles que mostraban, invariablemente, mujeres en topless. Otros productos, como la ya famosa agua mineral Pérrier mostraban mujeres semidesnudas en actitudes explícitamente sexuales que recordaban el culto a la belleza griega. En los años 30, una compañía de barniz utilizó modelos totalmente desnudos para un target de lectores enteramente masculino.

Hay miles de ejemplos. Hoy en día, torsos desnudos, nalgas y pechos pueden encontrarse en casi la totalidad de la publicidad, impresa y audiovisual. La publicidad utiliza el erotismo como factor de compra, y ello obedece a dos factores que muestran hasta qué grado ha sido y es el hombre quien conforma el modo en que la identidad de género se muestra en sociedad:

1) se trata de estimulación visual asociada a la bondad del artículo a vender.
2) asocia sexo y consumo.

La publicidad compara el éxito social con el éxito sexual y con los objetos de consumo socialmente deseables. De pronto, el juego binario varón-hembra se asocia a la representación del poder. Desde hace unos años, los publicistas de firmas como Kalvin Klein se esfuerzan por promover una imagen única e indiferenciada de género, una diversidad de roles de fronteras confusas.

No obstante, los patrones de identidad de género hombre/mujer siguen presentes incluso en esta publicidad y siguen enviando sus mensajes a la sociedad, quizá no ya en cuanto a la manifestación sexual, puesto que esta publicidad fomenta la libertad sexual, pero si en cuanto a la manifestación de la identidad de género, donde hombres siguen aparentando ser hombres y, sobretodo, mujeres siguen aparentando ser mujeres (independientemente de su actividad sexual hetero u homo).

Lo más significativo de todo esto es que todas estas imágenes impactantes, tan radicales como parecen ser en la superficie, contienen inscritas las eternas convenciones sociales sobre sexualidad y género.

El mensaje pornográfico.

Andrea Dworkin, la activista del anti-porno más famosa de los años ochenta estaba convencida de que la explosión pornografica conduciría a los hombres a ver a las mujeres de formas estereotipadas, y predecía un cambio en la actitud sexual. Por supuesto, esta opinión debería ser extrapolable no tan sólo a las relaciones heterosexuales sino también a las homosexuales, sean éstas con o sin transexuales.

Por lo que respecta a los estereotipos que la pornografía está creando respecto al colectivo transexual, no es difícil encontrar personas participantes en chats y foros que dicen estar buscando “mujeres con rabo” (a poder ser de tamaño mayor a la media), o “trans muy femeninas” o “un trans” (en lugar de “una trans”), mostrando su desconocimiento y errando en la asignación de género.

La dificil asignación del género masculino en las personas (un proceso social) (ver “Construyendo y deconstruyendo al macho”) hace que determinadas personas se sientan atraídas por esta “rara manifestación de la naturaleza” que “hace posible la feminidad sin perder la masculinidad”.

El miedo a no ser suficientemente masculino impuesto socialmente lleva al individuo a negar su feminidad innata. Este auto-feminicidio crea un desequilibrio interior que provoca que un elevado número de hombres crea encontrar, en estos cuerpos de mujer con pene de hombre, la solución a todos sus problemas: si, por un lado, ese cuerpo ofrece todas las “virtudes” femeninas (sobretodo externas) que el patrón social masculino señala como deseables, por otro lado, esos cuerpos no pierden la masculinidad genital (anotar que en muchos casos las parejas entre un hombre y una trans femenina se desestabilizan en el momento en que ésta decide dar el paso de la cirujía de reasignación genital). Para el hombre con problemas de definición de género O, digamos, de rol social), la ambivalencia genital puede suponer toda una solución.

Sin embargo, esta solución fantasiosa está lejos de la realidad.

Sin duda, nos encontramos ante un gravísimo error, provocado por el desconocimiento y favorecido por la industria del porno, que permite que se confunda a las personas trans con una ambivalencia de atributos genitales. Lo que el porno vende no es transexualidad, sino ambivalencia genital.

Un hecho fundamental y que frecuentemente pasa por alto es que la industria pornográfica está sirviéndose mayoritariamente de “lo trans femenino”, y “lo trans masculino” no está siendo, en comparación, aún prácticamente explotado. Este hecho es muy significativo, puesto que muestra que se está dirigiendo a un público mayoritariamente masculino que:

a) Se excita visualmente.
b) Se siente atraído por un cuerpo femenino.
c) Se siente atraído por la presencia ambivalente de ambos rasgos genitales.

Uno de los factores de la exhibición pornográfica que más están distorsionando el conocimiento real del colectivo trans femenino es, precisamente, esta ambivalencia ambigua de ambos rasgos genitales. Muchos internautas llegan a creer que la comunidad trans femenina está formada por personas con cuerpos femeninos exhuberantes y dotadas de un miembro viril de tamaño incluso superior a la media, sin nunca llegar a intuir que la realidad es muy distinta, ya que el proceso hormonal reduce no tan sólo el tamaño de los genitales masculinos, sinó que también dificulta, cuando no imposibilita, el mantenimiento de una erección.

Por supuesto, no es esta la realidad que la industria pornográfica está interesada en mostrar. Así, progresivamente la trans femenina se ve sustituída, en el plató de rodaje/fotografía, por hombres homosexuales de aspecto extremadamente femenino gracias a la cirujía estética, la depilación, el maquillaje integral y la hormonación suave.
Es decir, podría decirse que el éxito que la industria pornográfica está teniendo al mostrar cuerpos trans femeninos obedece a que la definición de género masculina en el hombre es un proceso árduo, que no siempre termina felizmente y que frecuentemente sufre retrocesos que llevan al hombre a:

1) Desarrollar más si cabe sus atributos masculinos y sus pautas de actuación.
2) Sentirse atraído por el “equilibrio” que supone, en su imaginación, la ambivalencia.

Por supuesto, no todos los casos son así, puesto que las generalizaciones nunca se ajustan a la perfección a la individualidad, y existen muchísimos “admiradores” de las trans femeninas que valoran su feminidad de forma integral.

El mundo post-Internet, se ha pornografiado. Esto significa que los patrones de conducta sexual y de representación de identidad de género se están viendo modificados por esta indústria del entretenimiento, que por un lado extremiza las etiquetas, amalgama las diferencias y, frivoliza sus mensajes.

Quizá uno de los ejemplos más exagerados se pueda hallar en el manga, donde los atributos y conductas sexuales se ven poliformizados, desde la ambivalencia genital a la presencia de rasgos genitales animales, en un mundo que, a pesar de todo, está profundamente segmentado entre género masculino y género femenino.

Lo que debemos preguntarnos es cómo la realidad de mera carne y sangre, puede competir con un cybervision de “la perfección”, downloadable, guardable, revisable, consumible, gratuita y borrable a voluntad más allá de los círculos de intimidad. De nuevo se trata de un consumo forjado por el rol masculino que crea útiles completamente sumisos, adaptados a sus necesidades y a los hábitos de consumo.

Para la mayoría de historia humana, las imágenes eróticas han sido reflexiones acerca de la propia sexualidad, celebraciones o, en algunos casos, substitutos. Por primera vez en la historia de la humanidad, el uso consumista de estas imágenes está alterando la percepción de la realidad de forma que esas imágenes pueden llegar a convertir la experiencia real (de, por ejemplo, conocer a una mujer trans) en un mal porno.

Estamos viendo cómo la industria pornográfica por un lado fomenta el consumo (y el conocimiento de una realidad: la transexualidad) y como, por el otro lado, confunde al “consumidor” en cuanto a la identidad sexual, valor sexual y atributos sexuales y de género.

Si el apetito social es estimulado erróneamente y alimentado por la industria porno con material de mala calidad (entendámonos: ambiguo, falacio o inexacto), resultará muy difícil, si no imposible, dar la información necesaria a la sociedad para poder situar, al colectivo trans, en su verdadera casilla “normalizada” y no estereotipificada.

La sociedad no puede estar más cercana al colectivo gracias a este porno, sino cada vez más alejada.

La sensación al hablar con muchas mujeres y hombres (sobretodo mujeres, trans y no trans) es que la pornografía está afectando sus vidas íntimas en el sentido de que se hace cada vez más difícil poder ofrecer lo que su pareja sexual anda buscando; dicho de otro modo: su pareja sexual acaba buscando en otro lado (no necesariamente en un/una sustituta/o) aquello que no recibe por las vías “normales” de sexo. Esto implica que si no se puede ofrecen lo que ofrece el porno, resulta impreciso asegurar que se pueda mantener la relación sexual en un ambiente de normalidad creativa.

Según Dworkin, la pornografía conduce a la soledad, porque el usuario de esta industria encuentra cada vez más difícil salir del círculo vicioso que supone su uso asíduo, al encontrarse con una realidad dispareja a lo imaginado. Esto complica el encontrarse otra vez eróticamente, cara a cara, con su pareja.

La evidencia parece dar razón a la ley de que una mayor estimulación externa equivale a una menor capacidad interna.

Por ejemplo, en la campaña para el perfume “Obsession”, de Calvin Klein, que ocupó vallas publicitarias enormes y contraportadas de muchas revistas, se mostraba un close-up de una exquisita mujer que, con los dedos de una mano, presionaba sus labios. Sus ojos miraban fíjamente, entrecerrados, inquietantes. Al mismo tiempo, su cuerpo era muy delgado, incluso daba la impresión de pasar hambre, lo que otorgaba a su delicada belleza un aire extraño, una sensualidad cercana a un deseo insatisfecho. Sin embargo, sus labios, carnosos y enormes resultaban suntuosos, abundantes.

El fotógrafo captó un momento que la publicidad totemizó como de una sexualidad patológica, una visión de sentimientos ambiguos, dirigida a un tipo de público incapaz de sentir y, en cambio, necesitado de sentimiento. Era una fotografía destinada a un público suficientemente sofisticado como para fetichizar públicamente su incapacidad. Una magnífica publicidad para un producto llamado “Obsession”.

La industria pornográfica trabaja a iguales niveles de damnificación social – evidentemente, a un nivel mucho menos sofisticado - promoviendo la soledad como consecuencia de la disparidad entre lo mostrado y la realidad. Al menos, en el caso de la pornografía transexual sí actúa de este modo.

Después de todo, la pornografía trabaja en el más básico de los niveles de estimulación del cerebro: es Pavloviana. Históricamente se ha asociado el orgasmo a una pareja sexual, un beso, un olor, un cuerpo... en el momento en que el flujo de posibilidades se abre a una corriente sin fin de imágenes cada vez más transgresivas, nos convertimos en esclavos del cybersexo, dado que la realidad raramente superará a la ficción.

De este modo, no liberamos al Eros, sino que lo diluímos.

No tan sólo eso, sino que la dicotomía entre realidad e imaginación es la que hace que algunos hombres se equivoquen al buscar, entre el colectivo trans real, aquello que la industria del porno ha suscitado en su imaginación.

La industria del porno, afincada detrás de sus dólares, mira con ojos de Bambi cómo su actividad comercial afecta negativamente a la normalización social de la transexualidad y, sin vacilar apenas, contesta: "no sé de que me está Usted hablando. El sexo no tiene ningún misterio."

"Nos convertimos en lo que somos gracias al rechazo radical y profundo de aquello en lo que los otros nos convierten." Jean-Paul Sartre [1905-1980]



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