La construcción socio médica de la transexualidad: interpretación y crítica
Dwight B. Billings y Thomas Urban


Probablemente no existe un ejemplo más dramático de autoridad profesional contemporánea que la cirugía llamada de "cambio de sexo". Los médicos realizan la cirugía estética sin más y sin embargo tienen que certificar que sus pacientes se han sometido a un cambio de sexo. Los tribunales se hacen eco de sus peticiones permitiendo que a los transexuales se les expida una nueva partida de nacimiento en la mayoría de los Estados. Nuestro estudio sobre la cirugía de cambio de sexo1 revela que estos médicos no curan ni el cuerpo ni la mente, sino que en su lugar realizan una función moral. Tras dirigir un rito quirúrgico de iniciación a los médicos se les concede la autoridad moral para promover la transición de un estatus sexual a otro. La aceptación generalizada de la cirugía de cambio de sexo confirma tanto la importancia de la vida diaria y la conciencia de la autoridad profesional como la medida en que muchas formas de desviación se empiezan a concebir cada vez más como "enfermedades" en vez de "pecados" o "crímenes" (Friedson, 1970). Y lo que es más, es curioso notar que el énfasis que la "medicina falocéntrica" (Wilden, 1972: 278) concede a la presencia o ausencia de pene como la insignia definitiva del género pone en cuestión las ideas del movimiento de mujeres y el empuje intelectual de las ciencias de la conducta, que afirman que la anatomía no define necesariamente el destino. La cirugía de cambio de sexo privatiza y despolitiza las experiencias individuales de los desequilibrios en el rol de género.

Demostramos que la transexualidad es una realidad socialmente construida que sólo existe en y a través de la práctica médica. El problema del paciente transexual no reside "en su mente", como señala el defensor del cambio de sexo John Money (1972: 201). Las afirmaciones de Money ejemplifican la reclasificación que efectúa la medicina de la transexualidad como entidad psicológica. Por contra, nosotros pensamos que la transexualidad es un proceso relacional que se apoya en la práctica médica y es una mercancía que se vende a un público según describe Money (1972: 204) como la "amable luz" de la realización sexual a la que se puede acceder mediante la cirugía. La legitimación, racionalización y mejora de las condiciones en que se realizan las operaciones de cambio de sexo han originado una nueva categoría de identidad transexual para un grupo diverso de desviados sexuales y víctimas de un desequilibrio grave en el rol de género.

La búsqueda del verdadero transexual

Denominación del problema

La primera operación de cambio de sexo de que se tiene noticia tuvo lugar en Alemania en 1931 (Pauley, 1968), pero el evento no fue ampliamente conocido hasta la famosa operación de Christine (George) Jorgensen en Dinamarca en 1952. La literatura psicoanalítica había considerado el deseo de ser un miembro del sexo opuesto como una perversión más. Sin embargo, en 1954, el endocrino americano Harry Benjamin afirmaba que la reivindicación de Jorgensen al decir que era una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre era indicio de una enfermedad concreta distinta del travestismo y la homosexualidad, quizá condicionada por factores endocrinos y que la psicoterapia no podía curar. Él llamó a este desequilibrio sexual no psicopático "transexualidad"2.

Los estudios de Benjamin (1954, 1966, 1967, 1971) sobre diagnóstico, etiología y tratamiento provocaron reacciones hostiles por parte de los psicoanalistas (Greenberg et al., 1960; Gutheil, 1954; Lukianowicz, 1959; Northrop, 1959; Ostow, 1953), quienes aseguraban que una cosa es eliminar un tejido enfermo y otra muy distinta amputar órganos sanos porque unos pacientes emocionalmente desequilibrados lo deseen. Un importante estudio del Journal of the American Medical Association negaba la distinción entre transexualidad por un lado y travestismo y homosexualidad por otro, y daba poderosos argumentos contra la cirugía de cambio de sexo:

Aunque nuestros sujetos comparten determinadas necesidades, deseos y características de personalidad, sería completamente erróneo concluir por estas similitudes que representan un grupo homogéneo. La necesidad de operación que comparten estas personas no constituye en si misma la entidad para una enfermedad sino más bien la expresión sintomática de muchos factores complejos y diversos (Worden y Marsh, 1955: 1297).

La oposición de los profesionales hacia las operaciones de cambio de sexo y las discusiones sobre su legalidad (Holloway, 1974; Hastings, 1966: 599) impidieron durante muchos años el reconocimiento de la transexualidad como enfermedad. No obstante, en 1966, los médicos de la Universidad John Hopkins admitieron que sí realizaban de forma experimental la cirugía de reasignación de sexo y afirmaban ser capaces de diagnosticar a los verdaderos transexuales en el sentido de Benjamin (Universidad Johns Hopkins, 1969). Un estudio de 1965 mostraba que sólo el tres por ciento de los cirujanos americanos prestaría atención a una demanda de operación de cambio de sexo; sin embargo, a principios de los 70, tales operaciones estaban empezando a realizarse de forma común (Green et al., 1966). En 1966, Benjamin (1966: 105) se quejaba de que el tema "todavía era en gran medida desconocido (excepto en la prensa sensacionalista) y un campo aún casi sin explorar por la medicina"; sin embargo, hacia 1970, el director de la clínica de identidad de género de la Universidad de California en Los Ángeles afirmaba: "Para mí en este momento la cuestión fundamental ya no es si se debería realizar la reasignación de sexo en los adultos, sino más bien en cuáles de ellos" (Green, 1970: 270). A medida que el reconocimiento de la transexualidad como enfermedad aumentaba, también crecía la percepción de los médicos sobre su incidencia. En 1953, los médicos suecos habían descrito el caso de Christine Jorgensen como un "síndrome sumamente extraño" (Hamburger et al., 1953). Hoy en día la medicina estadounidense reconoce la transexualidad como "un desequilibrio de género grave pero no extraño que se da en los humanos" (Edgerton, 1973: 74)3. Los miles de operaciones realizadas en Estados Unidos hasta la fecha demuestran que, en efecto, la medicina está "orientada a buscar y detectar la enfermedad, o, lo que es lo mismo, se propone crear una significación social de la enfermedad allí donde dicha significación o interpretación no existía antes" (Freidson, 1970: 252).

Modelos médicos y motivaciones profesionales

El tratamiento de los hermafroditas, personas que han nacido con los órganos sexuales de ambos sexos, estableció algunos precedentes para la reasignación de sexo en los transexuales. Tanto las técnicas quirúrgicas para reconstruir las anormalidades genitales como las pautas desarrolladas para determinar la dirección de la atribución de sexo en los hermafroditas podían ser aplicadas a la transexualidad. Algunos médicos que trataban a hermafroditas daban especial importancia a las características cromosomáticas; los cirujanos normalmente se centraban en la naturaleza de los genitales externos. A partir de su estudio de 105 casos de hermafroditismo, Money et al. (1957) proponían que hasta la edad de dos años y medio los genitales externos deberían ser los principales determinantes para la asignación de sexo; en personas mayores de dos años y medio la cirugía debería amoldarse a la dirección establecida en la socialización según el rol de género. Mediante la exposición de ejemplos dramáticos, entre los hermafroditas, de hombres en el sentido cromosomático que se han incluido satisfactoriamente en la sociedad como mujeres, y viceversa, demostraban la independencia del sexo biológico y el género. Money et al. (1955:290) afirmaban sin embargo que el género "está tan bien instalado en la mayoría de los niños a la edad de dos años y medio que entonces ya es demasiado tarde para realizar un cambio de sexo de manera impune"4. Reconocían que se podía efectuar la reasignación de sexo en años posteriores si los propios hermafroditas sentían que se había cometido un error al asignarles el sexo; concesión que demostró ser importante para el tratamiento de los transexuales.

La afirmación de Money et al. de que a todos los niños hermafroditas de su muestra se les había pasado de un sexo a otro de forma satisfactoria antes de los dos años y medio proporcionaba la única base empírica para la estabilidad del rol de género. Sólo a cinco niños del corpus de 105 se les reasignó después de esta edad, aunque en cuatro de estos casos se estimó según criterios no conocidos que "el resultado no era satisfactorio". Pronto se comunicó la existencia de anomalías, aunque estos estudios no se citan habitualmente en la literatura transexual (Berg et al., 1963). Dewhurst y Gordon (1963) ofrecían 15 casos de reasignación de sexo satisfactoria entre 17 niños hermafroditas menores de 18 años. Así, existían al menos tantos casos en la literatura médica de pacientes que habían alterado satisfactoriamente el rol de género como casos en los que era al contrario.

Ira Pauley (1968), psiquiatra que defiende el cambio de sexo, admitía que tales anomalías aportan alguna duda a la por otra parte considerable evidencia clínica de la estabilidad del rol de género, teoría básica para la afirmación de que la psicoterapia es ineficaz en los transexuales (Benjamin, 1966). Pauley sin embargo afirmaba que el psiquiatra Robert Stoller había despejado la aparente contradicción. Stoller (1964a,b) desvió el interés desde el "rol de género" hacia la "identidad esencial de género", afirmando que aquellos pocos individuos que aparentemente cambian de identidad cuando son más mayores realmente no lo hacen así. Más bien, insistía, siempre han tenido una tercera (hermafrodita) identidad de género "no masculina o femenina, sino ambas (o ninguna)" (Stoller,1964b: 456). Se obviaban de esta forma los casos aparentes de inversión respecto de la socialización temprana.

La experiencia clínica con los hermafroditas establecía así tres aspectos: (1) el perfeccionamiento de las técnicas quirúrgicas para la reconstrucción genital; (2) la teoría de que el aprendizaje del rol de género es independiente de la anatomía y se consolida en una edad temprana; y (3) el criterio de que, dado que la propia identificación es más importante que los genitales externos, se debería realizar una "valoración seria" de las "expectativas singulares" de algunos hermafroditas adultos en cuanto a su reasignación de sexo (Money et al., 1955).

Los psiquiatras y los cirujanos plásticos de la Universidad John Hopkins significaron otro precedente para las operaciones de cambio de sexo, con una serie de estudios sobre pacientes que solicitaban cirugía estética. Estamos ante un campo de la medicina ya instituido donde los médicos realizaban operaciones según la demanda y sin justificación médica. Sin embargo, Edgerton (et al., 1960 61: 139) halló que al 16 por ciento de los pacientes que pedían cirugía selectiva de los que componían su muestra se les consideraba psicóticos, al 20 por ciento neuróticos y el 35 por ciento presentaban desequilibrios en los rasgos de la personalidad. Meyer (et al. 1960: 194) encontró que, de 30 pacientes estudiados, a uno se le diagnosticó como psicótico, dos eran gravemente neuróticos, ocho poseían una personalidad obsesiva y cuatro eran esquizoides; se juzgó que otros 14 tendían hacia una esquizofrenia obsesiva. Sin embargo, la mayoría de los pacientes se negaba a someterse a psicoterapia como alternativa a la cirugía. Tras analizar las entrevistas realizadas después de la operación, los investigadores concluyeron que la "mejoría psicológica" y la satisfacción del paciente provenían de la cirugía. Se consideró que incluso los "pacientes gravemente neuróticos y técnicamente psicóticos" mejoraban con tales operaciones (Edgerton et al., 1960 61: 144).

Con la publicación de estas conclusiones y aquellas otras sobre hermafroditas se erigían los fundamentos médicos para la cirugía de cambio de sexo. La Universidad Johns Hopkins se convirtió en el centro de vanguardia en el tratamiento quirúrgico de la transexualidad en Estados Unidos en los años setenta. El psicólogo John Money, el psiquiatra Eugene Meyer y el cirujano plástico Milton Edgerton formaban el núcleo del equipo de la Johns Hopkins.

Tres factores esgrimían los médicos para oponerse a los intentos de declarar ilegales las operaciones de cambio de sexo:

1.- Se acentuaba el papel primordial del médico en cuanto persona que cura un mal (Benjamin,1966: 116). Las primeras voces que defendían ese hecho se referían a la intensa angustia del paciente y al deber de los médicos de "facilitar la existencia del prójimo" (Hamburger, 1953: 373).

2.- Se reconocía la oportunidad que se brindaba para avanzar terreno en la investigación psiquiátrica. Robert Stoller (1973a: 215) se refería a los transexuales como "experimentos naturales" que ofrecían "la clave para comprender el desarrollo de la masculinidad y la feminidad en todas las personas"5. A los cirujanos también les interesaba refinar su técnica. Varios de ellos confesaban en las entrevistas que consideraban la cirugía de cambio de sexo como una prueba de fuerza técnica que en principio asumieron para demostrarse a sí mismos que no existía nada que fueran quirúrgicamente incapaces de realizar. En especial los cirujanos plásticos encontraron en la cirugía de cambio de sexo una estrategia importante para ensanchar la jurisdicción de su disciplina6.

3.- Se dio un exceso de cirujanos en Estados Unidos que competían por atraer pacientes y un aumento del número de operaciones "innecesarias" (Bunker, 1970), muchas de las cuales se efectuaron en mujeres en el transcurso de su maduración y funcionamiento sexual (Cores, 1977). Aunque la medicina es una "profesión mercantil", no se encuentra legitimada socialmente como un negocio (Larson, 1977). Sin embargo, la cirugía de cambio de sexo aporta beneficios: sólo las operaciones de reasignación de sexo costaban alrededor de 10.000 dólares a finales de los setenta. La consiguiente cirugía electiva, las consultas y los tratamientos semanales de estrógenos elevan aún más los costes7.

Legitimar la búsqueda: etiología, diagnóstico y tratamiento

El conocimiento del programa de la Universidad Johns Hopkins hizo estallar una nueva ola de oposición dentro de la medicina a finales de los sesenta8. A la cabeza de esta ofensiva se situaban los psicoanalistas que ejercían de manera privada. Utilizando diversas técnicas analíticas para apoyar su idea de que las personas que pedían la castración eran personas que sin duda tenían una enfermedad mental, calificaban a los transexuales como "un grupo de psicóticos extremos" (Meerloo, 1967: 263), o víctimas de "psicosis esquizofrénica paranoica" (Socarides, 1970:346) o "de carácter neurótico" (Stinson, 1972: 246). Se oponían a la cirugía por no ser terapéutica. Si las demandas de los pacientes representaban "la consecuencia quirúrgica de la psicosis" (Volkan y Bhatti, 1973: 278), entonces los cirujanos eran culpables de "colaboración con la psicosis" (Meerloo, 1967: 263). La revista Journal of Nervous and Mental Disease dedicó un número entero al tema en 1968 y concluía que los aspectos de etiología, diagnóstico y tratamiento estaban todavía por resolver y que el mismo término "transexualidad" había sido admitido de forma prematura en la literatura. El informe terminaba diciendo que "No está claro lo que significa (la transexualidad) en contraposición con "travestido" u "homosexual"" (Kubie y Mckie, 1968: 431). Tales críticas amenazaban la seguridad profesional de los médicos que se dedicaban al cambio de sexo y planteaba la cuestión de si los pacientes podían autorizar dichas operaciones dado que los psicóticos legalmente no lo pueden hacer.

Como respuesta a ello, los defensores del cambio de sexo intentaban legitimar el tratamiento quirúrgico: (1) construyendo una teoría etiológica que se centraba en el carácter no psicopático de la enfermedad; y (2) racionalizando las estrategias de diagnóstico y tratamiento. Aunque algunos médicos afirmaban que aún podrían descubrirse predisposiciones biológicas para la transexualidad, la mayoría subrayaba la socialización temprana de entre los aspectos etiológicos. De forma que recuerda la literatura sobre hermafroditas, Money y Gaskin (1970 71:251) hablaban de los efectos "virtualmente imposibles de erradicar" de un aprendizaje del rol de género ambivalente a temprana edad. Stoller (1967:433) afirmaba que la transexualidad masculina era el resultado inequívoco de una situación familiar particular en la que existe "demasiado contacto con el cuerpo de la madre durante demasiado tiempo y un padre que se encuentra ausente y que por tanto no interrumpe el proceso de feminización". El resultado es un hijo tan fuertemente identificado con su madre que no solamente desea ser como ella, sino que llega a pensar que es como ella a pesar de tener unos genitales no acordes. Stoller concebía la transexualidad como un problema de identidad "no una perversión neurótica", que resulta "del mismo tipo de fuerzas necesarias para el desarrollo normal" (1973b: 216). En contraste con las perversiones neuróticas tales como el travestismo, Stoller sostenía que la transexualidad no era "un producto de la neurosis, es decir, de conflicto y compromiso, más de lo que lo es la esencial masculinidad en los hombres normales o la feminidad en las mujeres normales" (1973b: 219).

Así los médicos se defendían contra la acusación de "colaborar con la psicosis" afirmando que estos resolvían quirúrgicamente los más amargos conflictos de sus pacientes entre la imagen de la mente y la imagen del cuerpo. Utilizando como argumento que el "poner motes psiquiátricos" poco contribuye a la comprensión (Baker y Green,1970: 89), sustituyeron el lenguaje de las perversiones por otro nuevo lenguaje que describía la demanda de cambio de sexo hecha por los pacientes. A estas demandas se referían como el "tema único" (Hoopes et al., 1968), un "tema principal" (Pauley, 1968), una "idée fixe" (Money y Gaskin, 1970 71), un "deseo intenso" (Forester y Swiller, 1972) y una "fuerte convicción o idea fija" (Sturup, 1976).9

Dentro de este marco etiológico los médicos estaban seguros de poder diagnosticar la transexualidad con total exactitud. Mientras que los críticos se oponían diciendo que "la transexualidad representa un deseo, no un diagnóstico" (Socarides,1970), Baker y Green (1970: 90) aseguraban que "la transexualidad es un fenómeno de conducta único en sí mismo. Pensamos que, aunque está relacionado con otras anomalías de la orientación psicosexual y comparte algunas características con ellas, sí pueden encontrarse sin embargo algunas diferencias". La transexualidad masculina, sobre la que se centraba la mayor parte de la atención10, se localizaba en un punto del continuum clínico en el que también se encontraba la homosexualidad afeminada y el travestismo. Aunque los límites "a veces se hallan mal delimitados" (Baker y Green, 1970: 90) y "las zonas de transición son difusas" (Money y Gaskin,1970 71: 254), Fisk (1973: 8) enumeraba las siguientes líneas de conductas para reconocer al "verdadero transexual":

1) La sensación constante o el sentimiento de ser miembro del "otro sexo".
2) El temprano y persistente fenómeno conductual de vestirse de manera opuesta, acompañado de una fuerte insistencia en la falta de sentimientos eróticos asociados con el vestirse de esa manera.
3) El desprecio o repugnancia hacia el comportamiento homosexual.

Una vez que los médicos estaban seguros de tratar con pacientes cuya salud mental estaba intacta, y que no estaban colaborando con perversos deseos de autodestrucción, el mejor indicador de la transexualidad era el deseo del paciente de someterse a una operación. Dieron por hecho que tal persistencia distinguiría al transexual masculino del homosexual afeminado o del travestido, quienes (aunque de comportamiento similar) sin embargo "valoran su pene y detestan la idea de su pérdida" (Baker y Green, 1970: 91). La falta de motivación erótica, junto con la evidencia de un modelo de conducta de por vida se consideraron pruebas añadidas de la transexualidad. Como consecuencia, el tratamiento ideal consistía en: (1) localización psiquiátrica concienzuda para controlar la estabilidad de la personalidad y la constancia de la identidad de género; (2) un periodo dilatado de tratamiento con hormonas para desarrollar las características anatómicas secundarias del nuevo sexo; (3) supervisión durante al menos un año de la vida según el nuevo género para garantizar la estabilidad y el compromiso, y, finalmente, (4) operación (Baker y Green, 1970; Edgerton et al., 1970; Hastings, 1969; Knorr et al., 1969 y Money, 1972). Se apremió a los médicos para que regularizaran la política de tratamiento de los pacientes y se desarrolló una serie de instrumentos cuantitativos de diagnóstico, tales como la "Escala de Identidad del Cuerpo" de Lindgren y Pauley (1975) para racionalizar la selección de los pacientes11. Los informes científicos del tratamiento transexual tuvieron gran éxito para acallar a los críticos, ya que, como Habermas (1979:184) entre otros ha demostrado, "las mismas condiciones formales de la justificación (científica) consiguen el poder de legitimación" en la justificación de normas y acciones en la cultura moderna.

Un proceso satisfactorio: la venta de la transexualidad

Los primeros médicos que "descubrieron" y trataron a transexuales carecían totalmente de preparación para esa experiencia (Ihlenfeld,1973b: 64). Su "inexperiencia e ingenuidad" (Fisk,a 1973) no nos sorprende, dado que "no había libros que consultar, ni autoridades en las que basarse o a las que citar" (Benjamin,1966: 105). Con frecuencia se les llamaba para tomar decisiones que nada tenían que ver con su preparación profesional. A finales de los sesenta los defensores del cambio de sexo empezaron a alabar públicamente los beneficios de la reasignación de sexo en libros, publicaciones, periódicos, revistas y conferencias por todo el mundo. Aunque raras veces se reconoce su papel en las incompletas historias del tratamiento transexual que se presentan en las publicaciones médicas, la Erikson Educational Foundation de Baton Rouge, Louisiana, realizó tres importantes contribuciones al movimiento social para incorporar el cambio de sexo dentro de la jurisdicción médica12:

1.- Socialización: la Erikson Educational Foundation impulsó la atención del público y el mundo médico hacia la transexualidad: (1) Organizando cada año simposios médicos internacionales; (2) Ayudando a enviar médicos y científicos conductistas tales como Leo Wolman, Ira Pauley y John Money (miembro directivo de la fundación) alrededor del mundo para hablar de la nueva "enfermedad"; (3) Patrocinando talleres en las escuelas de medicina, universidades y encuentros nacionales de asociaciones profesionales; (4) Facilitando información sobre transexualidad mediante películas y folletos a médicos, psicólogos, abogados, policías, curas y trabajadores sociales.

Tales esfuerzos procuraron una mayor simpatía hacia los transexuales. En una de las columnas diarias de Dear Abby, Abigail Van Buren le decía a una esposa desesperada que había descubierto a su marido vistiéndose de mujer que posiblemente él era un candidato para una operación y que debería consultar a la Erikson Educational Foundation. Exponía su opinión a favor de la reasignación quirúrgica diciendo: "Pienso que el conocimiento, la técnica y el talento se encuentran bajo la inspiración divina y que aquellos científicos, médicos y cirujanos cuyos esfuerzos combinados han hecho posibles las operaciones de cambio de sexo, las realizan con la ayuda de Dios" (Van Buren, 1977: C 10). De forma similar, Ann Landers (1979: B 5) escribía que "aquellos que quieren someterse a una operación deberían poder hacerlo".

2.- Apoyo y servicios al paciente: la fundación creó una Unidad Nacional de Ayuda a los Transexuales en colaboración con el departamento de policía de San Francisco y expidió documentos de identificación a los transexuales que de otra forma se hallaban sujetos a persecución policial13. La fundación obtuvo fondos de compañías aseguradoras privadas, oficinas de bienestar social locales y estatales y programas de rehabilitación vocacional para operaciones individuales de cambio de sexo. Puso en marcha una red nacional de contacto para los pacientes que aglutinaba a más de 250 doctores competentes que apoyaban la causa. De 1968 a 1976 editó un Boletín que tenía más de 20.000 suscriptores y que resumía y hacía referencia a informes médicos y científicos sobre transexualidad.

3.- Becas: la fundación instauró becas a través de la Harry Benjamin Foundation para investigadores individuales y para varias clínicas de género, donde se incluía a la universidad John Hopkins.

Los médicos se quejan a menudo de que los pacientes transexuales no se muestran realistas sobre los beneficios de la cirugía. Muchos "albergan expectativas poco realistas de una vida inmediata llena de felicidad, emocionante y llena de romanticismo" (Green,1970: 1602). En otros contextos (por ejemplo al afirmar la competencia de los pacientes para emitir su consentimiento) los médicos defienden el sentido de la realidad de sus pacientes, pero en este sentido reconocen que "raras veces suscita tal paciente una discusión realista sobre los problemas obvios que siguen a una operación: legales, sociales, económicos y emocionales. El hecho de que la operación conlleve dolor más bien sorprende a algunos pacientes" ( Hastings, 1974: 337).

Los doctores no acaban de reconocer que los mismos logros médicos son una fuente de tales sueños y falsas expectativas. Benjamin (1966) proclamaba un sorprendente promedio de éxito de la cirugía de reasignación. Sólo uno de los 51 pacientes que examinó tras la operación se juzgó "insatisfactorio". Escribió brillantes informes de estos pacientes "que han nacido dos veces": "Comparar al Johnny que conocí con la Joanna de hoy es como comparar un día triste de lluvia y niebla con una mañana de primavera o una marcha fúnebre con un himno de victoria" (1966: 153). Igualmente, los lectores del Boletín de la Erikson Educational Foundation (1969:1) tenían noticias de transexuales anónimos a los que "la nueva vida les desbordaba de esperanza y felicidad". Los médicos ofrecían a los hombres algo más que la oportunidad de deshacerse de su odiada insignia masculina se les prometía la experiencia de la sexualidad femenina. Un representante de la clínica de género de la Universidad de Virginia contaba en el National Enquirer (1979: 1) que "después de una operación de cambio de sexo la nueva mujer es capaz de funcionar normalmente, con la excepción de que no puede tener niños". Money (1972: 204) afirmaba que una persona con "vagina artificial" de la universidad Johns Hopkins "disfruta del contacto sexual, experimentando un cálido sentimiento de profundo placer erótico y en algunos casos llegando a un climax que se corresponde con el orgasmo de tiempos anteriores". Las experiencias humanas tales como realización sexual y bienestar en el rol de género se transformaron así en artículos de lujo a los que se podía acceder a un precio elevado en las consultas de Estados Unidos; se indujo a las víctimas de un condicionamiento anómalo de rol de género y a otros desviados sexuales a buscar gratificación en un mundo mercantilizado de "vaginas artificiales" y pseudopenes hechos por el hombre.

Los médicos admiten ahora que "la transexualidad" se llegó a convertir aparentemente en algo tan atractivo que los doctores nos cuentan que algunos pacientes decían "quiero ser transexual" (Person y Oversey, 1974: 17). El seguimiento temprano de muchos casos dejaba sin sentido la cautela de muchos pacientes. Pauley (1968: 465) revisó 121 casos de postoperatorio y concluyó de forma inequívoca que "una mejora en el ajuste social y emocional es al menos 10 veces más probable que un resultado insatisfactorio"14. La evaluación realizada por Ihlenfeld (1973) de 277 tras la operación ocupaba sólo tres páginas; el estudio de Gandy (1973), de 74 pacientes, consistía en dos páginas y un cuadro. Todos los informes eran superficiales15. Basándose por entero en la afirmación de los mismos pacientes que decían que "lo volverían a hacer" los investigadores hacían caso omiso de la lección de estudio de la disonancia cognitiva que sugiere que tras la operación los pacientes mal podían permitirse el lujo de ser críticos hacia una alteración tan profunda como es la amputación genital16.

Valoración posterior y descubrimiento de "el fraude"

Los primeros estudios sobre valoraciones, que daban una mínima importancia a las complicaciones y se centraban en el ajuste postoperatorio, fueron importantes para la legitimación de las operaciones de cambio de sexo. Sin embargo, de forma gradual, surgieron en la literatura médica una serie de temas preocupantes, entre los que se encuentra lo que parece ser una "actitud poliquirúrgica" entre los transexuales tras la operación, al requerir sucesivas formas de cirugía estética (Pauley, 1969b: 47) y muchas complicaciones quirúrgicas. En 1977 la clínica de género de la Universidad de Stanford, que muchos profesionales consideran que es la que realiza la mejor cirugía de cambio de sexo del país, comunicaba que su conversión de mujer en hombre en dos fase necesitaba una media de 3,5 operaciones y que en la mitad de las conversiones de hombre en mujer surgían complicaciones (Norburg y Laub, 1977). Las complicaciones que surgen tras la operación de las que se da cuenta en las publicaciones médicas puede ser cáncer de pecho en los varones tratados con hormonas; necesidad de reducción quirúrgica de miembros hinchados como resultados de las hormonas; construcción reiterada de aberturas vaginales; infecciones del sistema urinario y el recto; hemorragias; pérdidas de los injertos de piel; suicidios o intentos de suicidio tras la operación; dependencia económica continuada tras la operación; petición de algunos pacientes para volver al estado anterior; depresión postoperatoria crónica, psicosis y fobias; disfunciones sexuales y, finalmente, prostitución previa y posterior a la operación a menudo debido al alto coste del tratamiento. Algunos pacientes de cambio de sexo amenazaban con "volarle al cirujano los genitales con una pistola" (Laub y Fisk, 1974); otros presentaron denuncias, a las que Money (1972: 208) se refiere de manera eufemística como "disposición psicópata al litigio"17.

A medida que se conocía la frecuencia y gravedad de las complicaciones los médicos se vieron sorprendidos por una extraña revelación: los transexuales habían mentido de forma repetida y sistemática. Dado que la transexualidad en principio se autodiagnostica y que no existen indicaciones orgánicas de la "enfermedad", los médicos dependen de la exactitud y honradez de las afirmaciones de los pacientes para su diagnóstico así como para la comprensión de la enfermedad. La decepción llegó a ser tan común que Stoller (1973ª: 536) se lamentaba de que "aquellos de nosotros que nos ocupamos de diagnosticar la transexualidad nos exponemos en estos momentos a un lastre adicional, ya que la mayoría de los pacientes que piden la reasignación de sexo dominan perfectamente la literatura y conocen las respuestas antes de realizar las preguntas". La tarea del psiquiatra era juzgar en qué medida la vida que cuentan los pacientes se ajusta a los criterios de la transexualidad establecidos en la literatura médica. Dado que las clínicas con mejor reputación trataban sólo casos "canónicos" de transexualidad, los pacientes que deseaban una operación, por la razón personal que fuera, no tenían otro recurso que someterse al modelo típico de evaluación. Se hacía necesaria la construcción de una biografía apropiada. Los médicos reforzaban esta demanda premiando la conformidad y castigando la honradez con una evaluación desfavorable. El resultado fue un proceso social al que llamamos "el fraude".

Una fuente no oficial de comunicación de los pacientes elaborada y muy bien informada, facilitada de forma indirecta por el Servicio del Paciente de la Erikson Educational Foundation, ofrecía pistas para cada uno de los criterios de evaluación de las clínicas y para "aprobar":

A diferencia del viejo tópico médico que afirma que la última vez que se ve un caso de libro es cuando se cierra ese libro, comenzamos a ver pacientes que parecían ser casi idénticos tanto desde un punto de vista subjetivo como auténtico. Pronto resultó visible a inquietantemente evidente que una gran mayoría de pacientes presentaban una historia paralela, casi repetida y aparentemente se hallaban muy duchos en lo que debían o no debían decir o revelar. Sólo más tarde nos dimos cuenta de que existía y existe una muy efectiva red de información no oficial (Fisk, 1973: 8).

En muchos casos el fraude conllevaba un engaño total. Por ejemplo, un médico advertía en el Quinto Simposio Internacional de Disforia de Género en 1977 que había que estar alerta ante los transexuales ya operados que se han convertido en mujer ya que éstos podían hacerse pasar por las madres de jóvenes candidatos para corroborar sus historias de socialización temprana con indicios de género ambivalentes y exceso de apego materno. Con mayor frecuencia el proceso era menos directo. Fisk (1973: 9) reconocía "el fenómeno de enmienda retrospectiva del historial subjetivo personal. Aquí, el paciente, de forma muy sutil, altera, oculta, racionaliza, niega, reprime, olvida, etc., en su apremiante premura por lograr el diagnóstico de transexualidad." Muchos pacientes estaban tan familiarizados con la literatura médica como lo estaban los mismos doctores18.

En fecha tan temprana como 1968, Kubíe y Maekie (1968: 435) ya observaron que los pacientes que solicitaban una operación "adecuan sus puntos de vista sobre sí mismos y sus historiales personales a modelos científicos preconcebidos". Kubie y Mackie advertían a otros médicos que tales personas "se deben presentar a si mismas como ejemplos canónicos de transexuales sí se proponen persuadir a cualquier equipo de médicos para que les cambie." Esta advertencia pasó totalmente desapercibida hasta que, de manera gradual, en reiteradas conversaciones, algunos pacientes ejemplares admitieron que habían creado informes biográficos excluyendo la información que les perjudicaba, incluso un pasado erótico homosexual o heterosexual. Un paciente confesó: "Cuando asumí mi rol femenino, me informé a fondo y estudié el papel y, básicamente, les he engañado y por otro lado convencido de forma cándida para que creyeran en mí (Roth,1973:101)19.

John Meyer (1973: 35), director de la clínica de género de la Universidad John Hopkíns, se quejaba de que "la etiqueta transexual se haya llegado a aplicar a tan diversos defectos". Meyer (1974) admitía que entre los pacientes que habían solicitado y a veces recibido una intervención quirúrgica en la Johns Hopkíns se podían encontrar sádicos, homosexuales, esquizoides, masoquistas, prostitutos homosexuales y depresivos psicóticos. Los médicos de la Universidad de Stanford también reconocían que entre los pacientes que habían operado se encontraban travestidos, homosexuales y psicóticos todos considerados anteriormente como distintos de los transexuales (Fisk, 1973).

La política del cambio de denominación

A la luz de las revelaciones de los pacientes, los defensores de la cirugía de cambio de sexo se encontraban peligrosamente cercanos a las acusaciones realizadas por los críticos psicoanalistas (colaboración con la psicosis). Fisk (1973: 8) propuso una solución: en lugar de cuestionarse la estructura conceptual, clínica y diagnóstica subyacente a la "enfermedad", él sencillamente sustituyó el término "transexual" por el de "síndrome de disforia de género", ya un término estándar para la enfermedad20. Este desplazamiento de la nomenclatura aparentemente sin trascendencia suponía profundas implicaciones para la práctica médica. Una gran variedad de solicitantes de la operación de cambio de sexo antes inaceptables según la clasificación de Benjamin, se convirtieron en aspirantes legítimos.

Con la transexualidad ya exenta de gran parte de sus límites de diagnóstico, los médicos dejaron de centrarse en los aspectos técnicos de la diferenciación a la hora del diagnóstico y en su lugar subrayaron los criterios conductuales. Según lo expresaba el equipo de la Universidad de Stanford: "En efecto, a la hora del pronóstico, es probable que la categoría del diagnóstico sea de mucha menor importancia que la actuación del paciente antes de la operación en un periodo de prueba terapéutico de uno a tres años de vida según el género elegido" (Laub y Fisk, 1974: 401). Resulta una ironía que esos periodos de prueba ya no sean necesarios, ya que una operación de cambio de sexo en Estados Unidos está al alcance de cualquiera que lo demande. Un médico que llevó a cabo aproximadamente 100 operaciones de cambio de sexo en su consulta privada contaba que entrevistaba a los transexuales que querían convertirse en mujeres intimidándolos. "Las 'chicas' lloran; los homosexuales se ponen agresivos." También pedía a su recepcionista que entrevistara a los candidatos, ya que "una mujer siempre reconoce a otra mujer". En 1978 este médico todavía no había oído hablar del término "disforia de género." Tales prácticas han llevado a muchos defensores de la cirugía a censurar la "atmósfera carnavalesca" de muchos entornos médicos (Stoller,1973). A fin de cuentas, al haber destruido gran parte de las bases conceptuales de la enfermedad, el verdadero transexual parece ser sencillamente aquel que no se niega a una operación. En una conferencia a la que asistimos en 1977, Richard Green, que en 1970 había descrito la transexualidad como "un fenómeno de conducta único" (Baker y Green, 1970), dijo en broma: "Me temo que, como en el amor, la transexualidad es no tener que decir nunca 'lo siento' ".

La propia impresión de nuestro trabajo de observación participante en una clínica de género confirma que el diagnóstico en la era postbenjaminiana sigue siendo un sutil proceso de negociación entre los pacientes y los médicos, en el que los problemas del paciente se definen, legitiman y regulan como enfermedad. La manera en que los pacientes demuestran su género y el marco cognitivo de los médicos para evaluar sus propuestas se basan ambos en el conocimiento que proviene del sentido común de cómo se expresa ordinariamente el género en la vida diaria. Los médicos han admitido que continúan avanzando a tientas: "Sencillamente no sabemos. Todo este asunto es experimental", decía un médico. No dimos cuenta de que la admisión en un programa de cirugía dependía menos de criterios formales, racionales o establecidos que del sentido común de los doctores. Los médicos examinaban los testimonios de los pacientes para descubrir sus motivaciones. En ocasiones unos procedimientos minuciosos y muy costosos de evaluación diseñados para medir el compromiso se han echado a perder porque los pacientes estaban entrenados para ocultar la evidencia que les podía ser perjudicial, como historiales de drogadicción, arrestos y conducta sexual inconsistente. Observamos que los pacientes utilizaban un lenguaje especial plagado de excusas y justificaciones para satisfacer a los médicos, insistiendo en expresiones formularias tales como "de niño siempre jugaba con muñecas" . El diálogo que sigue muestra cómo las entrevista siguen un modelo preparado:

Médico: "Dice usted que siempre se sintió una niña ¿Cómo es eso?".
Paciente: (larga pausa) "No sé".
Médico: "¿Atracción sexual? ¿Utilizaba juguetes de niña?".

A pesar del convencimiento de los médicos de que el cambio terminológico hacia "síndrome de disforia de género" sería útil para "permitir e incitar a nuestros pacientes a ser honrados, abiertos y sinceros, siendo el resultado que nuestras evaluaciones de conjunto pronto llegarían a tener un significado acorde con la realidad" (Fisk, 1973: 10), la clasificación del paciente y las conversaciones con él siguen estando en función de su socialización. El diagnóstico sigue estando unido a las representaciones de género al uso en la vida diaria (Goffman, 1977). Más que cualquier otra cosa es la apariencia física la que permite al paciente controlar las entrevistas; cross dressers con una indumentaria a menudo conseguida dan al traste con cualquier proceso de clasificación. Cuando los pacientes se presentan en la clínicas transvestidos de forma convincente, los deslices al hablar o los testimonios dudosos se ven contagiados por aquellos otros que son certeros o simplemente pierden relevancia porque la apariencia física confirma el género que se reclama. Por otro lado, una apariencia discrepante se considera una señal de alarma. Un médico nos decía: "No vamos a hacernos cargo de los puertorriqueños nunca más. No parecen transexuales; parecen maricones".

Entre los pacientes transexuales a los que entrevistamos se encontraban curas que acogían la etiqueta de "transexuales" para evitar ser llamados "homosexuales"; desviados sexuales que la ley o los padres y esposas recalcitrantes por vestirse de manera contraria han llevado al refugio del "estado terapéutico" (Kittrie, 1973); y prostitutos masculinos que pretendían hacer negocio en el provechoso mercado de prostitutas transexuales que florece en algunas grandes ciudades21. El siguiente testimonio de un paciente al que entrevistamos, cuyo amante también era un hombre operado y convertido en mujer, revela en qué medida es inadecuada la imagen médica del transexual estable de por vida respecto a las experiencias y motivaciones de algunos pacientes:

"En determinado momento pensaba que era homosexual; luego me casé y tuve un hijo, así que me figuré que era heterosexuaI; más tarde, como me vestía de mujer, pensé que era travestí. Ahora (ya operado) me veo a mí mismo como bisexual".

Consecuencias para la teoría crítica

Las manifestaciones de las enfermedades son siempre algo más que un padecimiento biológico; son también metáforas, que conllevan significados existenciales, morales y sociales (Sontag,1978). Según Taussig (1980: 3) "los signos y síntomas de la enfermedad, así como las técnicas de curación, no son objetos en sí mismos, no tienen sólo un carácter biológico y físico, también son signos de las relaciones sociales disfrazados de hechos naturales, que hunden sus raíces en la reciprocidad humana". Incluso con las enfermedades que se negocian, que a menudo carecen de base biológica, el lenguaje pactado de la enfermedad en el ámbito de una ciencia natural oscurece sus orígenes sociales (Holtner y Marx, 1979: 137). La conversación sobre la enfermedad nos habla de los objetos, no de la interacción social. Los pacientes cuyas historias subjetivas se someten a la retórica unificadora de la transexualidad obtienen una operación, pero no existe un lenguaje adecuado para expresar los diversos y dispares deseos que les llevan a la mutilación corporal. Estos permanecen en el ámbito privado, no elaborado, inefable22.

Los teóricos críticos describen la situación terapéutica ideal como paradigma de una comunicación no distorsionada (Habermas,1968: 214). Más que "tratar a los seres humanos como los objetos cuasinaturales de descripción", el objetivo de la comunicación es la reflexión del paciente sobre sí mismo y la emancipación del lenguaje manipulado de los síntomas neuróticos (Apel,1977: 310).

La verdadera tarea de la terapia requiere una arqueología de lo implícito de tal forma que los procesos mediante los cuales las relaciones sociales se articulan como enfermedades se muestren a la luz, faltos de manipulación, y al hacer esto liberar el potencial para enfrentarse con las contradicciones y para romper con las cadenas de la opresión (Taussig, 1980: 7).

De acuerdo con esta opinión, la terapia promete, o bien dotar a los pacientes de la suficiente autocomprensión como para criticar a la sociedad y luchar políticamente contra los efectos opresores de las instituciones sociales, o bien proporcionar nuevos fetiches y soluciones fácilmente adaptables para los problemas personales (Kovel, 1976 77).

La terapia transexual, legitimada por la terminología de la enfermedad, empuja a los pacientes hacia un mundo fascinante de vaginas y penes artificiales más que a la autocomprensión y la política sexual. La plenitud sexual y la comodidad con el rol de género se presentan como artículos a la venta, de los que se puede disponer por medio de la medicina. De igual manera que la cultura del consumo, cuyos valores son ilusorios, ofrece artículos cuya "presentación aparente" se separa del entorno mundano de su producción (Schneider, 1975: 213), las vaginas construidas quirúrgicamente se abstraen del dolor y el trauma de los quirófanos y salas de rehabilitación.

Los teóricos críticos afirman que las ilusiones del consumismo pueden resultar tan patológicas para el individuo como las neurosis y las psicosis que eran síntomas del primer periodo de producción capitalista industrial (Lasch, 1978). Hoy en día, en la cultura de consumo del capitalismo tardío, los rituales frenéticos de compra contradicen la característica puritana de autonegación del siglo XIX. Expresamos nuestra identidad tanto por las cosas que compramos como por el trabajo que hacemos. Los bienes de consumo prometen una salida a la alienación y la realización de nuestras necesidades. Los estudiosos comparan el consuelo temporal del consumidor al gastar dinero con la euforia transitoria del rapto que sigue a la ingestión de una droga (Schneider, 1975: 222). De forma similar, los transexuales corren el riesgo de convertirse en adictos a las operaciones, ya que persiguen un ideal de sexualidad por la vía de los bienes de consumo quirúrgico. Esto es a los que los médicos se refieren como "actitud poliquirúrgica" entre los pacientes ya operados (Pauley,1969a). En especial los pacientes que pasan de hombre a mujer se ven atrapados en una escalada de operaciones estéticas incluida la amputación genital para aproximarse más fielmente a la forma ideal femenina. Sistemáticamente solicitan implantes de pechos y operaciones para reducir el tamaño de la nuez. Edgerton (1974) informa de que el 30 por ciento de sus pacientes también deseaban someterse a una rinoplastia (reconstrucción de la nariz); otros piden inyecciones de Teflón para modular el tono de la voz, y silicona para alterar los contornos de la cara, los labios, las caderas y los muslos. Los cirujanos reducen el ancho de los tobillos y las pantorrillas y acortan los miembros. En su desesperación por ser aceptados, los pacientes que pasan de hombre a mujer intentan lograr una imagen totalmente adecuada a la feminidad que vemos en los anuncios de televisión. AI hacer esto, muchos pacientes se transforman a sí mismos en bienes de consumo, recurriendo a la prostitución para pagar las facturas médicas23.

Mientras que nos resulta difícil evaluar el valor último de los productos de consumo, podemos intentar localizar las falsas promesas que se hallan implícitas en su aparente atractivo. Ante la inexistencia de estudios adecuados sobre la evolución postoperatoria nos resulta imposible valorar la permanencia de la utilidad de una operación de cambio de sexo, aunque estudios recientes sugieren una erosión casi invariable de la fantasía transexual tras una fase inicial de "euforia" que dura de dos a cinco años tras la operación (Meyer y Hoopes, 1974). Los médicos de la universidad Johns Hopkins dejaron de hacer operaciones de cambio de sexo en 1979 basándose en que los pacientes a los que operaban no resultaban mejor parados que una muestra de pacientes transexuales que recibían psicoterapia pero no se sometían a operación (Meyer y Reter, 1979). Sin embargo, otros importantes doctores continúan realizando operaciones (Hunt y Hampson, 1980).

El siguiente extracto de una carta escrita por un transexual que se sometió a cirugía expresa el desánimo y la angustia de algunos pacientes:

Ninguna operación puede fabricar nada que se parezca a la vagina de una mujer. La operación es un robo. (El tejido reconstituido quirúrgicamente) no es más que una herida abierta. Necesita dilatación para mantenerla abierta y si se dilata demasiado resulta inútil para la relación sexual. Una herida abierta de ese tipo carece de membranas protectoras y sangra cuando se la somete a presión. Un trozo de falo con una herida abierta por debajo y un anillo de escroto colgando es todo lo que es. Quien llame a eso una vagina artificial no es más que un bandido que busca gente crédula o ignorante para explotarles (cita sacada de Socarides, 1975: 130).

La evidencia apunta a que Meyer y Hoopes (1974: 450) tenían razón cuando escribieron que "de mil sutiles maneras la persona que tiene un nuevo sexo tiene la más amarga experiencia de que no es ni nunca será una chica de verdad, sino, en el mejor de los casos, una imitación convincente de mujer. Tal arreglo no puede compensar la tragedia de haber perdido todas las oportunidades de ser un varón y de no tener, en resumidas cuentas, ninguna forma de ser realmente mujer".

La política de reasignación de sexo

Taussig (1980: 7) muestra que "detrás de cada enfermedad teórica de nuestra sociedad subyace un conjunto organizativo de intereses morales". En este artículo hemos examinado los motivos tanto de los médicos como de los pacientes para una operación de cambio de sexo. Concluimos que, en el ámbito de las ideas, la operación de cambio de sexo no sólo es reflejo y extensión de la lógica del capitalismo tardío de cosificación y compra de bienes de consumo, sino que a la vez juega un papel implícito en la política sexual contemporánea.

El reconocimiento de que en este día y en esta era la consecución de los deseos humanos es menos un asunto de discusión pública que el logro técnico de la administración social (Habermas, 1973: 253) se aplica igualmente al cambio de sexo. La medicina se evade de la política de género para acoger a pacientes que sufren muchos que huyen de la persecución debido a su desviación sexual24, en clínicas de identidad de género pseudo tolerantes. Sin embargo, estas clínicas llevan implícita una determinada política y son, indirectamente, intolerantes.

En el momento en que la reproducción y el funcionamiento sexual caen bajo la jurisdicción médica, los médicos juegan un papel crucial a la hora de mantener la organización de género (Ehrenreich a English, 1973). Al proporcionar un ritual de tránsito entre identidades sexuales, la operación de cambio de sexo reafirma de manera implícita los roles tradicionales masculino y femenino. A pesar del testimonio mudo de pacientes confusos y ambivalentes en cuanto al carácter de la experiencia de género, a los individuos incapaces o que no desean adaptarse a los roles sexuales que se les adjudicó al nacer se les moldea en una mesa de quirófano para que consigan ser aceptados según el rol del sexo opuesto25.

Los teóricos críticos sostienen que en Estados Unidos la ideología hegemónica absorbe y domestica las definiciones conflictivas de la realidad (Gitlin, 1979: 263). Pero más que apoyar los movimientos contemporáneos que se proponen reestructurar los roles de género y paternidad y negar la lógica del desarrollo de género en términos de o lo uno o lo otro (Chodorow,1978,1979; Ehrensaft, 1980), los defensores del cambio de sexo apoyan la cirugía de reasignación de sexo. Sustituyendo la terminología médica por el discurso político, la profesión médica ha domesticado y transformado de forma indirecta una posible huelga salvaje en la fábrica del género26.

1 Pasamos cuatro años analizando varios cientos de testimonios de publicaciones médicas y entrevistando a decenas de médicos y pacientes en diversos ambientes clínicos a lo largo y ancho de Estados Unidos. Además, Thomas Urban fue observador participante durante tres años (1978 1980) en una clínica de cambio de sexo.

2 Los pioneros investigadores del sexo Magnus Hirchsfeld y Havelock Ellis describieron una variedad asexual de travestismo en la que los hombres se identifican completamente con mujeres (Horton y Clarke,1930 31). Benjamin (1954) sólo repitió esta distinción llamando la atención hacia ella con el término "transexual". Por hacer eso se le honra como el padre de la "transexualidad benjaminiana", aunque Cauldwell (1949) fue el primero en utilizar el término.

3 Freedman et al (1976: 61) se refieren al descubrimiento de la transexualidad como un gran avance reciente en las ciencias del comportamiento. Estiman que uno de cada 40.000 hombres es transexual.

4 A propósito, Money et al., (1957) compararon el aprendizaje del rol de género en los humanos con el "imprinting crítico" en algunas especies animales que, según ellos, comienza en el primer año de vida.

5 Algunos experimentos no eran tan "naturales". Los investigadores de la Universidad de Minnesota, por ejemplo, sintieron interés por los efectos de una dosis alta de estrógenos y la cirugía en "psicópatas profundos". No es de extrañar que concluyeran que "si existe una conclusión tras la revisión que pueda ser realizada con certeza en este momento, es que los estrógenos y la cirugía de reasignación de sexo no alteran al transexual sociópata (Hastings, 1974)".

6 Tales operaciones "representaban una experiencia y un reto únicos para perfeccionar técnicas que hasta entonces se hallaban restringidas al tratamiento de malformaciones congénitas y eran tradicionalmente parcelas reservadas al urólogo y al ginecólogo, más que a los cirujanos plásticos (Money y Schwartz,1969:255)". Su deseo de expansión jurisdiccional y prestigio entre especialidades médicas con un menor estatus (en este caso la cirugía plástica y la psiquiatría) es especialmente "propicio para el 'descubrimiento' de una etiqueta particular de desviación" como muestra Pfohl (1977: 310) en el caso del "descubrimiento" de abuso de niños por parte de radiólogos pediatras.

7 Sólo los honorarios de los médicos aparte de la hospitalización para 628 pacientes y 169 operaciones en la clínica de cambio de sexo de la Universidad de Stanford ascendía a 413.580 dólares. Esta cifra no incluye el coste del apoyo psiquiátrico y otras operaciones (por ejemplo, rinoplastia, mamoplastia de aumento y rasurado del cartílago del tiroides) que normalmente demandan los pacientes. Algunos médicos privados han llevado a cabo hasta 1.000 operaciones de cambio de sexo. Restak (1980:11) se refiere a la cirugía de cambio de sexo como "una industria que crece a razón de 10 millones de dólares".

8 Otros hospitales universitarios, tales como el de la Universidad de Minnesota, comenzaron el tratamiento quirúrgico más o menos en el mismo momento pero evitaron la difusión pública (Hastings,1969). Además se llevaron a cabo de manera secreta unas pocas operaciones en los años cincuenta en la Universidad de California en San Francisco (Benjamin, 1966: 142). Hemos sabido que el Cook County Hospital de Chicago ya realizaba operaciones de cambio de sexo en época tan temprana como era 1947, adelantándose a la famosa operación europea de Jorgensen en cinco años.

9 Intentaron un cambio semántico más en profundidad cuestionándose el término "engañoso", afirmando que la demanda de una operación de cambio de sexo, dada la tecnología médica, no es más engañosa que la solicitud de ir a la Luna, dada la moderna tecnología espacial (Knorret al., 1969).

10 Existía un considerable menor acuerdo sobre la etiología y el diagnóstico de la transexualidad femenina, en parte porque no disponemos del concepto de travestismo femenino. Los médicos de la Universidad de California en Los Ángeles encontraron más difícil identificar a las transexuales femeninas que a los masculinos (Stoller,1972), mientras que la clínica de la Universidad John Hopkins informó en el sentido opuesto (Money y Gaskins, 1970 71). Pauley (1969a) ofreció una teoría decisiva sobre la transexualidad femenina.

11 También es evidente el valor de estrategia política de la racionalización/estandarización. En 1977, en el Quinto Simposio Internacional sobre Disforia de Género en Norfolk, Virginia, oímos cómo un eminente doctor daba razones para que un comité preparara un grupo de líneas maestras diciendo: "si tenemos un comité de ese tipo podemos mantener a la American Medical Association y al American College of Surgeons al margen".

12 Freidson (1970: 254) ha observado que las contribuciones a tal campaña basan sus puntos de interés en la construcción profesional de la enfermedad. Estos "vistosos empresarios morales" funcionan a modo de organizaciones defensoras en los movimientos que definen los problemas sociales (Blumer, 1971 Spector y Kitsuse, 1977). Buscan el apoyo público para la aplicación del carácter de enfermedad a las conductas (tales como beber en exceso), ya que de otro modo no se definen como enfermedades, por ejemplo, alcoholismo (Conrad, 1975).

13 La fundación convenció al Departamento de Salud de Pennsylvania para que expidiera autorizaciones para transvestirse antes de la operación y ejerció una satisfactoria presión por todo Estados Unidos para conseguir nuevas partidas de nacimiento para los pacientes ya operados.

14 Compárese también Baker y Green (1970), Edgerton et al. (1970), Hoening et al. (1971), Money Y Gaskin (1979-71) y Randall (1969).

15 En lo que es la revisión más amplia de la literatura que se dedica a seguir los casos tras la operación, Tiefer y Zitrin (1977) comentan que de 10 informes no publicados y otros 19 publicados, 24 eran "preliminares", "anecdóticos" o "breves". De los cinco estudios calificados de "excelentes", sólo dos estaban realizados por médicos norteamericanos- disponían de una muestra variada de 38 pacientes, a pesar del hecho de que miles de operaciones se habían realizado en Estados Unidos.

16 Así, un paciente con un "terrible presentimiento" tras la operación, cuando se le preguntó si había obrado de forma adecuada: "Bueno, si lo he hecho, bien hecho está y ahora tendré que encontrar la manera de adaptarme a ello" (cita de Money y Wolf,1973: 248). Ver también Stoller y Newman (1971: 26).

17 Compárese Hasting (1974), Levine et al. (1976), Markland(1973), Meyer y Hoopes (1974), Randall (1971) y Tiefer y Zitrin (1977) para encontrar testimonios de complicaciones.

18 Además de las bibliografías y los sumarios de la literatura médica publicados en el Boletín de la Erikson Education Foundation y el libro de Benjamin (1966) dedicado al gran público, las autobiografías de transexuales famosos constituyen una fuente adicional para la socialización del paciente. Véase Jorgesen (1967), Martino (1977) y Morris (1974).

19 Los esfuerzos de los médicos para mostrarse abiertos y solidarios con sus pacientes, a pesar de necesitar información fiable, propiciaron el "fraude". Edgerton et al (1970: 44) aconsejaban a sus colegas: "no es difícil que el cirujano establezca una buena relación con los pacientes transexuales, pero para que sea así hay que tratar al paciente como miembro psicológico del sexo que ha elegido".

20 Person y Oversey (1974) intentaron un cambio de nomenclatura similar refiriéndose a la transexualidad de Benjamin como "transexualidad primaria". A otros pacientes, que carecían de atributos no eróticos o permanentes, se les calificó de"transexuales secundarios".

21 Véase Meyer (1974) para un estudio de la diversidad de los aspirantes a cambiar de sexo tratados en la universidad Johns Hopkins.

22 Véase Janice Raymond (1979) para una crítica opuesta del cambio de sexo como un intento de algunos hombres de beneficiarse y participar de los privilegios que las mujeres habían ganado recientemente, lo que proviene de la conciencia y la lucha feminista.

23 Para la relación entre dependencia económica durante la reasignación y la prostitución, véase Hastings (1974), Levine et al. (1975), Meyer (1974) y Norburg y Laub (1977).

24 Para estudiar informes médicos sobre pacientes atormentados, véase Benjamin (1971:77), Edgerton et al. (1970: 43), Meyer y Hoopes (1974: 450) y Randall (1971: 157).

25 Los comentarios de los médicos sobre prevención de la transexualidad muestran abiertamente las implicaciones del cambio de sexo: las desviaciones de los roles tradicionales son en potencia peligrosas para los niños. Benjamin (1971: 76) advierte que "los padres nunca deberían dar importancia" a la curiosidad de los niños varones por la indumentaria femenina y Richard Green (1969: 33) advierte del "comportamiento afeminado durante la infancia" y el hecho de "jugar a las casitas". Si aceptamos la teoría de Stoller sobre la madre dominante como el principal agente de la socialización transexual, Green afirma que "los objetivos de la terapia familiar son que el marido y la mujer sean más o menos conscientes del estatus secundario del marido y de la importancia del desequilibrio de los roles para moldear la personalidad del niño". De forma similar, Newman y Stoller (1971: 301) explican el éxito de efectuar un "complejo de Edipo inducido terapéuticamente" sobre un "niño muy femenino" animando al niño a afirmar su identidad masculina golpeando primero a una muñeca y después expresando agresividad hacia su madre y su hermana.

26 Un transexual consciente políticamente dijo (citado por Feinbloom,1976: 159): "Mientras la sociedad se empeñe en exigir a todo el mundo que encaje en un estricto sistema de dos géneros, toda la historia transexual sera un juego, esconder lo que he sido o lo que quiero ser. Si el movimiento de mujeres está tan interesado en liberar las definiciones de género, ¿por qué no empezar con nosotras?".

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