La transexualidad es la manifestación moderna de una conciencia y práctica conocida en todas las épocas de la historia humana. La gente ha cambiado su género, papel sexual a incluso su cuerpo en prácticamente todas las culturas. Cuando la diosa Cibeles, la gran made de los dioses, llegó a Roma procedente de Frigia, en Asia Menor, trajo con ella a sus gallae. Éstos eran seres que habían nacido con el sexo masculino y que se castraban a sí mismos entre danzas y cantos salvajes, mientras los espectadores danzaban igualmente y les lanzaban flores. Durante la convalecencia, los gallae comían los mismos alimentos rituales que las mujeres que se reponían de un parto. Una vez recuperados, entraban al servicio de Cibeles vistiendo ropas de mujer. La propia Cibeles tuvo originariamente los dos sexos hasta que le amputaron sus órganos masculinos. Algunos dicen que Dionisos, dios del vino y del éxtasis, fue quien practicó esta cirugía. El propio Dionisos era transexual y había sido educado como una niña. De Astarté a Istar en Oriente Próximo hasta Artemisa y Afrodita en Grecia, las diosas de las antiguas religiones gozaron de adoradores especiales. Personas que hoy llamaríamos transexuales. Las adoradoras femeninas se amputaban los pechos, encontraban la forma de interrumpir su menstruación y se ponían ropa y falos masculinos. Los hombres se vestían como mujeres y practicaban la auto-castración. El mito homérico describe a Afrodita como a la diosa del amor. Sus adoradores también la describían como hermafrodita, término derivado de la unión de Hermes (dios fálico) y Afrodita. Incluso el origen de la diosa del amor apunta a una antigua capa de transexualidad. Esíodo nos dice que Uranos (Urano), el dios del cielo, se convirtió en un tirano, sofocando a Gaia (la Tierra) y destruyendo a sus hijos. Gaia creó una hoz y se la entregó a su hijo Cronos (Saturno), quien la utilizó para castrar a su padre y arrojó los órganos amputados al mar. Y del agua surgió Afrodita, la hembra perfecta. La diferencia más evidente entre los transexuales modernos y los adoradores de Cibeles o Afrodita es la tecnología médica. Los hombres y mujeres transexuales inician su cambio físico con un tratamiento de hormonas. Los estrógenos y otras hormonas hacen que crezcan los pechos y caderas de las mujeres transexuales —es decir, las que cambian de hombre a mujer—, trasladan la grasa corporal y suavizan la cara. El hombre transexual —mujer a hombre— toma testosterona, lo que le produce una voz más profunda, la barba, la calvicie y la dureza y angulosidad del cuerpo. Segunda pubertad Los transexuales, por tanto, pasan una segunda pubertad en el género al que sienten que; pertenecen. Para muchos transexuales la pubertad original fue muy dolorosa, ya que sus cuerpos se desarrollaron para adquirir formas que detestaban. Los nuevos cambios les provocan las emociones, incomodidades sociales y deseos de experimentar que asociamos a los adolescentes. La cirugía se efectúa tras un año de tratamiento hormonal y de vida cruzada: vestirse, trabajar y vivir socialmente en el sexo al que se desea pertenecer, al que secretamente se sentían pertenecer. La cirugía de hombre a mujer no consiste en la simple extirpación de los genitales. La cirugía los remodela. El cirujano invierte el pene y utiliza su tejido para formar la pared interior de la nueva vagina. Con el tejido escrotal se forman los labios vaginales y el nuevo clítoris recibe las terminaciones nerviosas de la punta del pene, que tienen una sensibilidad extrema. Dado que el estrógeno tiene un efecto limitado en el cuerpo, muchas mujeres transexuales retienen algunas características masculinas, como la voz profunda. La cirugía de mujer a hombre es más complicada y menos satisfactoria. La cirugía preliminar consiste en la reducción de mamas y una histerectomía. Crear un pene es más difícil. El cirujano construye el órgano con piel de otras partes del cuerpo. Este neopene extiende el clítoris, que a menudo adopta una forma fálica debido a la testosterona. Pero crear una nueva extensión del cuerpo es más difícil y caro que invertir algo que ya existe. De ahí que muchos hombres transexuales no se hagan la cirugía final. Gracias al efecto poderoso de la testosterona descubren que su nuevo clítoris con forma de pene satisface sus necesidades sexuales y deciden que la apariencia física de hombre les importa más que su funcionamiento sexual íntimo. La mayoría de los hombres transexuales, con sus barbas y sus cuerpos musculosos, son imposibles de distinguir de los hombres comunes, no transexuales. Muchos consideran que esta transformación es una violación de la naturaleza. Pero entendamos lo siguiente: cada feto comienza su vida como andrógino, con un desarrollo sexual potencial en un sentido u otro. La gónada que se convierte en vagina o pene es la misma para el hombre que para la mujer. Los labios vaginales y el escroto parten del mismo tejido. En cierto sentido, el cirujano invierte —corrige, según los transexuales— el curso original del desarrollo. La cultura occidental asume que la identidad es una sola pieza. Las personas que nacen con pene tienen que considerarse a sí mismas masculinas, actuar de forma masculina y desear mantener relaciones sexuales con mujeres. Las que tienen vaginas deben hacer todo lo contrario. De acuerdo con esa línea de pensamiento, la gente cree que la transexualidad es una forma extrema de homosexualidad, como si un hombre gay no pudiera aceptarse a sí mismo e intentara convertirse en una mujer heterosexual normal. De hecho, la transexualidad no tiene nada que ver con los deseos que sienta alguien de hombres o mujeres. En lugar de ser hombres homosexuales, muchas mujeres transexuales se hacen lesbianas tras la cirugía de hombre a mujer. Igualmente, muchos hombres transexuales inician relaciones gay con otros hombres. Sexo anatómico De la transexualidad aprendemos que el sexo anatómico, la identidad y la preferencia sexual, y el comportamiento masculino o femenino, son todas cualidades independientes que se combinan de formas diversas para distintas personas. Una mujer transexual sabe que es una mujer, un hombre transexual sabe qué es un hombre, y eso es todo. Ésta es una revelación espiritual. No tiene nada que ver con la lógica o el razonamiento. La mayoría de hombres y mujeres transexuales tienen que luchar mucho para cambiar de sexo. Nadie obligó jamás a nadie a convertirse en galla, del mismo modo que nadie obliga a los transexuales a someterse a la cirugía. Una convicción tan poderosa que nada podrá frenar les impulsa a través de todas las dificultades médicas y problemas sociales a los que se habrán de enfrentar. En las primeras décadas del tratamiento clínico transexual, cambiar de vida significaba morir. El hombre o mujer transexual abandonaba su trabajo, amigos, familia, se trasladaba a otro lugar y se construía una nueva identidad, asegurándose de que nadie conociera su historia. Sin embargo, muchos transexuales han optado en los últimos tiempos por cambiar de vida abiertamente. En lugar de abandonar su entramado social, buscan apoyo entre sus amigos. En lugar de buscar nuevos trabajos o una nueva carrera, anuncian su intención de cambiar de sexo sin dejar su trabajo. Esta nueva franqueza procede de los propios transexuales, que no ven motivos para ocultar quiénes son. No podemos pensar en la transexualidad en términos lógicos. La transexualidad no es cuestión de lógica, sino de pasión. No es por casualidad que las Figuras griegas asociadas al cambio de sexo incluyan a la diosa del amor y al dios del éxtasis. ¿Qué otra cosa podría hacer que la gente renuncie a su lugar en la sociedad, se enfrente al ridículo social y posiblemente. a la violencia, ponga en peligro su carrera, amistades, familia y, finalmente, transforme su cuerpo con drogas y operaciones? Este deseo es tan viejo como la raza humana. La transexualidad ha comenzado a explorar la pasión planteando cuestiones de identidad, creencias profundamente arraigadas y presunciones sobre la realidad física.
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