1. Introducción Queda claro, a través de las referencias históricas y antropológicas, que la transexualidad es un fenómeno natural y universal, consustancial a la condición humana. No debería sorprendernos este fenómeno, ya que en diversas especies, tanto animales como vegetales, no sólo la permutación sexual es frecuente, sino también la de los roles de género. Está más que comprobada la transexualidad de varios peces, de plantas, y también se ha documentado la existencia de hormigas travestidas. A ningún zoólogo se le ha ocurrido calificar estos hechos biológicos o comportamientos como "patológicos". Sin embargo, desde el siglo XIX hasta hoy, nuestros científicos occidentales se empeñan en tratar la transexualidad como una enfermedad. Tal y como puede verse en la historia de la transexualidad, no hay ninguna razón para considerar enfermas a las personas transexuales. Las civilizaciones mencionadas podían tratarlas de forma diferenciada o simplemente como los demás hombres o mujeres, pero siempre concediéndoles un lugar dentro del sistema social. Sabían distinguir nítidamente entre sexo anatómico, identidad de género y rol de género, reconocían a las personas transgenéricas su capacidad de desarrollar tareas específicas o generales de su género, según las convenciones sociales al uso. Asimismo, las modificaciones corporales, totales o parciales, se han dado en varios momentos de la historia, en muy diversos contextos culturales, religiosos e intelectuales, y nunca el acto quirúrgico en sí ha sido considerado algo extraño, superfluo, ni mucho menos condenable. Es también evidente, por todos estos datos, que no se ha establecido una distinción entre roles de género y orientación sexual. El heterocentrismo es una constante en todos los múltiples ejemplos de transgenerismo recogidos, y no es hasta el siglo XX que la orientación del deseo sexual y la identidad de género empiezan a disociarse. La homosexualidad, aunque considerada oficialmente una perversión y/o una enfermedad, va saliendo a la luz paulatinamente como un comportamiento diferenciado del transgenerismo, hasta que, en 1973, el movimiento homosexual consigue que deje de ser considerado oficialmente una enfermedad mental, el mismo año en que la Disforia de Género (denominación clínica del Trastorno de la Identidad de Género, o transexualidad) es incluido en el catálogo de patologías psiquiátricas. La diferenciación, por tanto, lejos de beneficiar a todas las víctimas por igual, ha perjudicado específica y directamente a las personas transexuales. Por si fuera poco, cuando parecía que homosexualidad y transexualidad al fin se estaban diferenciando y comprendiendo, resulta que se siguen confundiendo y que la primera se conoce y acepta mejor que la segunda. Es realmente curioso que, en la primera mitad del siglo pasado, el transgenerismo, tan antiguo, aceptado y asentado a través de las culturas, se "descubra" repentina y precisamente como enfermedad, mientras que la homosexualidad, igualmente arraigada, perdiese rápidamente su tratamiento como patología. Hoy en día, padecemos el mismo heterocentrismo y falocracia que en la antigüedad, pero sólo la homosexualidad parece haberse librado de las garras de la psiquiatría. Queda pues mucho que aclarar para explicar la transexualidad y los roles de género en contraposición con el comportamiento sexual en nuestra civilización occidental.
2. La cadena simbólica (agradecimientos a Olga Viñuales) Ni siquiera teóricamente, la mayoría de los autores que escriben o disertan sobre la transexualidad, intersexualidad, identidad y orientación sexual se plantean el enorme cúmulo de errores que derivan de confundir alguno los 5 elementos de la cadena simbólica:
Realidades independientes (aunque concomitantes) | ◄·· / ··► | Anatomía sexual / sexo genético | XY(varón) | | XX(hembra) | Identidad de género | Hombre(masculina) | | Mujer(femenina) | Rol de género | Hombre(masculino) | | Mujer(femenino | Orientación sexual | Ginefílica | | Androfílica | Prácticas sexuales | Activas | | Pasivas | | ÈHombre prototipo | | ÈMujer prototipo |
A la luz de esta tabla, podemos visualizar las características del hombre y mujer prototípicos. Si considerásemos que las cinco realidades deben ir unidas, el Hombre Prototípico debería tenerlas todas definidas en la columna de la izquierda, y la Mujer Prototípica en la derecha. Evidentemente no es así, y está comúnmente aceptado —por ejemplo— que la orientación sexual androfílica de un varón (es decir, de un hombre gay) no implica una identidad o rol de género femenino, ni que sus prácticas sexuales sean necesariamente pasivas. De igual modo, también se acepta que una mujer androfílica (heterosexual) pueda ser activa en sus prácticas sexuales, sin que ello cuestione su identidad o rol de género femenino. Sin embargo, ¿está igualmente claro que una persona transexual (de sexo e identidad no coincidentes) pueda tener una u otra orientación sexual? ¿Se concede a las personas transexuales el mismo abanico de combinaciones en estas realidades que, por ejemplo, a los gays o lesbianas, a pesar de no ser hombre ni mujeres prototípicos según las convenciones tradicionales? En efecto, las personas no transexuales, tanto heterosexuales como homosexuales, no se plantean una divergencia entre el sexo anatómico y la identidad de género, ya que en ellos coinciden siempre, pero en cambio no tienen ningún problema en aceptar y comprender —por ejemplo— que una mujer, aunque lesbiana, puede tener un rol de género femenino, o que un gay, por mucho que mantenga relaciones íntimas con otros hombres, sea sexualmente activo. Por tanto, para comprender los diferentes raseros con que se "mide" a una persona transexual de la que no lo es, tenemos que analizar minuciosamente las realidades que le afectan más directamente: sexo, identidad de género, sexualidad y rol de género. 2.1. Sexo y género Consideramos suficientemente demostrado que el sexo anatómico y la identidad de género son tan independientes como biológicamente determinados. Las similitudes entre intersexualidad y transexualidad, aunque hasta hoy poco estudiadas y aceptadas, son flagrantes y fácilmente demostrables. Es tan innegable que existe un núcleo cerebral que determina la identidad de género independientemente de los órganos genitales, como que Jaime Lee Curtis (de genotipo XY) es una mujer y no "otra cosa". Esta evidencia, por mucho que se ignore o minimice desde la comunidad científica —también desde la profesión médica—, y que es avalada por toda la documentación histórica que coloca el género y el sexo en dos planos independientes, nos permite afirmar hoy, sin la menor duda, que el género de los seres humanos no depende ni deriva de sus genitales, y que no existe ninguna contradicción intrínseca ni malestar personal permanente en el hecho de ser transexual o intersexual, más allá de las dificultades que podemos encontrar por ser diferentes a nuestros coetáneos. Sin embargo, la confusión es todavía moneda corriente. Al contrario que las civilizaciones antiguas, e ignorando todo lo que se oponga a la doctrina occidental, se identifica lo claramente diferenciable y diferenciado, distinguiéndose lo afín. Aún hoy, es casi imposible evitar que se describa la transexualidad por la tan manida y equívoca frase de "ser hombre y sentirse mujer / ser mujer y sentirse hombre". Esta frase coloca explícitamente la esencia objetiva ("ser") en los genitales de nacimiento y relega la identidad de género a un mero e invisible "sentimiento subjetivo". Asimismo, se utiliza la palabra transexual como sustantivo, en el mismo plano que hombre o mujer, estableciendo así que una persona transexual pertenece necesariamente a un tercer sexo —o género—, pero nunca una mujer u hombre con una sencilla particularidad genética que podría designarse con el adjetivo transexual. Incluso los psiquiatras se resisten a firmar informes que utilicen el término "mujer / hombre transexual", porque sólo quieren (o saben) hacer alusión a su genética o anatomía originales, evitando así referirse al verdadero género del sujeto interesado. En realidad, el primer "culpable" de esta terminología, que sigue encerrando a las personas transexuales en su sexo anatómico, es el Doctor Harry Benjamin, que en 1953 utilizó por primera vez el término "transexual". En The Transsexual Phenomenon (1966) Benjamin designa a las mujeres de sexo anatómico masculino (mujeres XY) por el término "hombres transexuales", y a los hombres de sexo anatómico femenino (hombres XX) los llama "mujeres transexuales". Todavía hoy, casi 40 años después, los médicos siguen aferrándose literalmente a esa terminología, en lugar de atenerse a su espíritu, negándose a renovarla en consecuencia. El argumento esgrimido, citando a la Doctora Esgueva, Directora de la U.T.I.G. del Hospital Carlos Haya de Málaga, en una intervención académica profesional, "las convenciones terminológicas están por encima de cualquier otra consideración y no pueden cambiarse" (sic). Si esto fuera cierto, nos preguntamos por qué los médicos contemporáneos ya no denominan mongólicos a los que presentan trisomía 21 (o Síndrome de Down). Además, según explicó Esgueva más adelante, como la ciencia debe ser objetiva, el único dato aceptable para designar a las personas transexuales es el sexo anatómico, y otros médicos me han reiterado su asentimiento con ese criterio. Sin embargo, ninguno me ha explicado aún por qué no se realiza de oficio la prueba del cariotipo a las personas transexuales en ningún momento de su atención clínica. ¿O es que la selección de las realidades objetivas también es necesaria? ¿Según qué criterios se hace esa selección? También se ponen en duda —médicos incluidos— los trabajos del Centro de Investigaciones del Cerebro de Ámsterdam, entre otras cosas por considerar que el número de cerebros estudiados no es representativo de la población transexual. Curiosamente, si nos atenemos a las cifras de Prevalencia de la Transexualidad de la Clínica del Género de Ámsterdam, el número total de estos cerebros representa el 2% de la población transexual holandesa. Si debemos aceptar que esta proporción es insuficiente, habría que preguntarse cuántos cientos de miles de pulmones cancerosos habrán sido estudiados para poder establecer una relación de causa a efecto entre el consumo de tabaco y el cáncer de pulmón, dado que la proporción aceptable debería superar con mucho ese 2% que se considera insuficiente en el caso de la transexualidad. ¿O es que los criterios son diferentes según de qué fenómeno se trate? Por si fuera poco, los textos legales, médicos, los medios de comunicación, y por descontado la opinión pública, siguen utilizando la expresión "cambio de sexo" en lugar de referirse a la reasignación de género. El error de seguir diciendo cambio de sexo es doble. Primero, porque suele aludir exclusivamente a la cirugía genital, que no es más que una pequeña parte del proceso mucho más extenso de reasignación de género, que consta de integración social (adopción del rol de género), terapia hormonal y finalmente —aunque no necesariamente— cirugía reparadora. Segundo, porque el sexo no cambia: se pueden alterar algunos rasgos sexuales secundarios y sustituir unas hormonas por otras, pero los rasgos primarios y la capacidad reproductora no son modificables de manera alguna. Mientras se sigan utilizando expresiones tan inexactas con respecto al sexo y al género, seguiremos sin poder divulgar la verdadera naturaleza de la transexualidad. En aras de la divulgación se puede acuñar una terminología accesible al gran público, pero no a costa de reducir la verdadera naturaleza del fenómeno a unos hechos parciales y sesgados. Así pues, entre el desconocimiento general de la población, la extensión de los prejuicios ideológicos y la confusión terminológica que ni siquiera los presuntamente expertos parecen querer remediar o escuchar sugerencias, el fenómeno de la transexualidad, en realidad tan sencillo, sigue siendo casi tan desconocido como hace 1500 años, sigue sufriendo casi el mismo rechazo social, y sigue siendo tratado como enfermedad mental. Más adelante, analizaremos los motivos por los que la medicina y la sociedad aún siguen considerando a las personas transexuales como psíquicamente trastornadas, cuando lleguemos a nuestra particular "batalla" con los roles de género. 2.2. Orientación sexual y prácticas sexuales En cuanto a la orientación sexual y prácticas sexuales de las personas transexuales, la confusión es aún mayor, más profunda, más extensa, incluso más ofensiva si cabe. Hasta hace muy poco tiempo, algunos manuales médicos aún consideraban la transexualidad una consecuencia directa de la homosexualidad, en consonancia con la creencia popular de que si un hombre era extremadamente afeminado, o una mujer se mostraba más masculina de lo normal en su identidad, podría desear "lógicamente" pertenecer al sexo opuesto. Con una total ausencia de espíritu crítico, los psicólogos y psiquiatras americanos de los años 60 y 70, entre ellos Robert Stoller, sentaron doctrina a partir de las recurrentes biografías personales recogidas de sus pacientes transexuales. Todas las mujeres transexuales, sin excepción, habían deseado desde le infancia ponerse ropa de niña, habían jugado con muñecas, y desde la adolescencia se habían sentido atraídas por los hombres. Ninguno de esos presuntos expertos jamás sospechó que esas biografías personales habían pasado de una paciente a otra, aprendidas casi de memoria, a fin de conseguir el "visto bueno" para acceder al tratamiento clínico que necesitaban, como más adelante se descubriría. Los tópicos, pues, persistieron largos años con la ayuda de algunos representantes de la profesión médica. De hecho, y volviendo a la tabla que describe la cadena simbólica, es muy frecuente que se entienda teóricamente la validez del razonamiento, pero se rechacen algunas posibilidades combinatorias de sus elementos, especialmente las que se refieren a las personas transexuales y su orientación sexual. Parece que seamos menos "personas" que los no-transexuales, que nuestras opciones tuviesen que ser más reducidas, que el precio a pagar por nuestra diferencia tuviese que ser más alto que para los demás… ¿Se sigue asociando la transexualidad con una determinada vida sexual? Mucho nos tememos que sí, y que de ahí deriva gran parte de nuestros problemas. Voy a poner un ejemplo real, personal y muy reciente. En el transcurso de este año académico, he sido profesora de idiomas en varias empresas. Mis alumnos supieron que soy lesbiana, pues de la misma forma que hablábamos de sus familias, trabajo, amigos, etcétera, yo les hablé de mi novia, y nunca detecté problema alguno a ese respecto. Sin embargo, nunca supieron que soy transexual hasta el último día, en que les entregué una carta hablándoles de mis actividades como Vicepresidenta de la FIG y la realidad del colectivo transexual. [Ver Apéndice, Carta a mis alumnos]. El día que quedé con ellos para tomar una copa como despedida del curso, surgió una única pregunta: "Si eres transexual, ¿cómo es que te gustan las mujeres? ¿No te habría resultado más cómodo quedarte como estabas?" Es realmente curioso como, mientras eres una mujer más, puedes ser tan lesbiana como quieras, incluso si tu imagen personal es la de una mujer —digamos coloquialmente— femenina, es decir, que se pinta los labios, lleva falda y pelo largo, y usa zapato de tacón. Sin embargo, y tras todo un curso de ser tratada como una mujer corriente —a pesar de ser lesbiana—, y bien considerada como profesional competente, parecía que la revelación de que soy transexual me inhabilitaba de repente como mujer, seguramente como lesbiana, incluso posiblemente como persona mentalmente sana. Si se entiende que nuestras preferencias afectivas y/o sexuales no dependen de nuestras características físicas ni comprometen nuestra identidad, ¿por qué persiste la idea de que la identidad de género o la modificación de unos rasgos físicos es una preferencia destinada exclusiva o principalmente a la alcoba? Esa contradicción, aunque nos perjudica y debe ser resuelta, sería comprensible si sólo se produjese entre las personas heterosexuales que nunca han vivido ni han sido educadas fuera de las presuposiciones de la cadena simbólica. Lo realmente chocante es que la contradicción se produce con la misma intensidad entre la población homosexual. A lo largo de las numerosas conferencias que esta Fundación ha pronunciado para diversos colectivos de gays y lesbianas, la existencia de mujeres transexuales lesbianas y hombres transexuales gay siempre ha despertado sorpresa, incluso a menudo incredulidad. Ya les podíamos explicar la famosa cadena simbólica del derecho o del revés, que siempre surgía el mismo razonamiento, expresado en los mismos términos reductores del "cambio de sexo", "hombre que se hace mujer / mujer que se hace hombre" y otros vulgarismos similares. Desde la sombra del anonimato, llegamos a escuchar o leer frases del tipo "si te operas y te gustan las tías, no eres más que un tío con coño", o "no sois más que hombres castrados". Sí, aunque resulte chocante, la transfobia también se da entre homosexuales. ¿Qué debemos hacer para demostrar nuestra salud mental? ¿Por qué un hecho tan sencillo como la divergencia entre sexo e identidad resulta tan difícil de entender? ¿A qué viene tanto empeño en marcar los límites de nuestro cuerpo en relación con nuestra vida social o sexual? ¿Por qué se entiende la homosexualidad con más facilidad que la transexualidad, y para entenderla simplemente se destruye su esencia, convirtiéndola en lo que no es? La respuesta sólo puede estar en el tabú del cuerpo, que es lo primero que ven nuestros ojos y nuestro principal vehículo de comunicación con la sociedad.
3. Los roles de género 3.1. Individuo y sociedad Los humanos nos caracterizamos tanto por nuestra conciencia individual como por nuestra necesidad de vivir en sociedad. Somos animales gregarios, pero con un ego que ninguna otra especie animal posee. Nos creemos dueños absolutos de nuestros actos, de nuestras decisiones, incluso de nuestra vida. La historia de la ciencia nos ha ido enseñando, a base de golpes al orgullo, que poco controlamos lo que nos concierne, y que si acaso existe una conquista humana es la capacidad de expresar lo que nos pasa. "YO" es una palabra imprescindible en todas las culturas, porque nos sirve para diferenciarnos del rebaño, al tiempo que expresa nuestra esencia humana, individual, indivisible, y que se afirma como irrepetible. Sin embargo, no existen suficientes islas desiertas para colocar a cada YO en una de ellas, y si existiesen no soportaríamos la soledad sin volvernos locos. Al creernos dueños de nuestro pequeño "yo", de nuestra independencia y total libertad de opciones, nos llegamos a creer que también podemos elegir cómo pensamos, lo que nos gusta, lo que queremos, incluso quiénes somos. "Yo he elegido ser mujer" llegarían a decir algunas... y yo me pregunto: ya puestos, ¿por qué no elegir ser árbol, pez, sustancia líquida o gaseosa? Si la esencia fuese subjetiva, no habría límites para ser cualquier cosa. Sólo elegimos una parte de nuestros actos, y con frecuencia confundimos, al hablar de ellos, el HACER con el SER. Y sin embargo, sabemos perfectamente que eso es una contradicción: lo que hagamos sólo nos convierte en mejores o peores actores, pero no altera nuestra esencia. Aun existiendo y expresándonos individualmente, necesitamos un espejo. El primero es el que utilizamos para peinarnos y vestirnos antes de salir a la calle, el espejo de la soledad personal, donde sólo nos vemos a nosotros mismos, lamemos nuestras propias heridas, pensamos para qué vivir. El segundo es el de nuestros semejantes, que nos devuelven mensajes colectivos, reflejo de lo que hemos sabido expresar como individuos, y que nos moldearán como parte del colectivo, más o menos amplio, al que perteneceremos de una u otra manera. Es en ese "peloteo", en ese diálogo entre el "yo" individual y el social, que se consolidarán nuestro rol de género, nuestra misión en la vida, nuestros pensamientos. Realmente, controlamos una parte importante, pero sólo una parte, de lo que HACEMOS, pero muy poco de lo que SOMOS. 3.2. Hombres y mujeres Al salir a la calle, vemos hombres y mujeres. Somos uno de ellos o ellas, cada uno a nuestra manera, pero pertenecemos a uno de esos dos colectivos. ¿Es por la capacidad reproductiva que nos identificamos con unos u otras? No debe ser eso, porque las mujeres estériles y los hombres impotentes no dudan de su identidad, sino sólo —si acaso— de su éxito social como tales. ¿Es la anatomía lo que constituye nuestra condición de hombres o mujeres? Si fuera así, nos resultaría más fácil identificarnos si todos fuésemos desnudos por la calle o si buscásemos lugares para estar desnudos con el colectivo de sexo/género al que pertenecemos, y eso no se hace en ninguna cultura. ¿Nuestra idoneidad como hombres o mujeres puede reducirse a la perfección con que interpretamos el rol de género que más nos gusta? Si fuera así, en muchos medios sociales nos resultaría imposible reconocernos como hombres o mujeres siendo homosexuales, y el celibato sería equivalente a abandonar la condición de hombre o mujer. Al final, no queda más remedio que aceptar la paradoja: la combinación de los actos que llevamos a cabo en nuestra vida nos moldean como hombres o mujeres, y sin embargo nuestra esencia individual existe y de algún modo la tenemos que expresar. El problema es que la naturaleza no proporciona a todos los seres humanos las mismas herramientas para expresar su esencia individual. Un campeón olímpico que se quede parapléjico por un accidente podrá hundirse o mantener su espíritu competitivo. A una persona nacida con una malformación física equivalente posiblemente ni se le ocurra hacer deporte, pero si recibe los estímulos adecuados, podría obtener una medalla en los juegos paraolímpicos, compartiendo el espíritu competitivo y de auto-superación con otros deportistas como él. Y esta comparación —nótese bien— sólo es válida en el campo del HACER, es decir, de la acción, que siempre es opcional, al contrario que el SER. Pero nos sirve para formular las siguientes preguntas: ¿lo evidente es lo único que existe? y ¿cómo expresar lo que eres si tu voz no se oye, ni se entienden tus palabras, ni te permiten usar las manos para gesticular? Éste es el escenario en que las personas transexuales libramos nuestra peculiar batalla con la sociedad. Antes de que nos podamos defender o hayamos aprendido a expresarnos, nos han asignado un género, incluso a veces un sexo (en el caso de los intersexuales), nos dicen que es para toda la vida, y no se admite discusión. Antes incluso de que hayamos aprendido a vestirnos solos, se han formado unas expectativas concretas sobre nuestro destino, lo que está bien y lo que está mal, incluso en algunos casos a qué tareas nos debemos dedicar. Las excepciones a estas decisiones y normas impuestas son amplias, pero existen puntos definidos como intocables, sobre todo en cuanto a la revelación de nuestra esencia, y más aún en cuanto a su manifestación pública. Por más que nos defendamos, que nuestros actos sean coherentes con nuestras expresiones, lo que se ha definido como sagrado siempre estará por encima de nosotros. Y naturalmente, si la consecuencia de revelar nuestra esencia es tan grave que podría comprometer nuestra vida, sólo se entenderá que es algo equivocado, porque la esencia no se reconoce como tal. En otras palabras, que estamos como cabras. Las personas transexuales no somos hombres ni mujeres porque no nos creen. La civilización occidental ha dejado de reconocer las esencias, en particular la del género. Los seres humanos sólo creen en lo visible, y en una persona transexual sólo ven un cuerpo sexualmente definido por la naturaleza y unos actos concretos que erróneamente se interpretan como negación de la evidencia. Lo único que verán los demás, incluidos los médicos, es alguien que dice "sentirse", que quiere ser, que ha decidido convertirse en lo que antes no era. Ya podemos explicar cadenas simbólicas, presentar resultados irrefutables de investigaciones científicas, demostrar todas las capacidades intelectuales del mundo y una salud mental tan sólida como la de cualquiera. Pese a todo eso, seguimos siendo enfermos mentales. En realidad, todo es mucho más sencillo. Nuestra salud mental no depende de que seamos o no transexuales, que es un hecho natural y no adquirido, se mire como se mire, sino de que nos reconozcan como hombres o mujeres sin más. Ante la ausencia de una patología mental fácilmente detectable, ¿qué nos distingue de una mujer u hombre sano? ¿La incapacidad para procrear, que cualquier ser humano estéril es capaz de asumir? ¿La dificultad —o excesiva facilidad, quién sabe— para encontrar pareja? ¿La posibilidad de ser razonablemente felices contra todo pronóstico? A veces nos preguntamos, entre amigas y compañeros transexuales, si lo que nos separa de nuestra integración completa como hombres o mujeres es una enorme dosis de compasión paternalista o una simple y miserable envidia que jamás se reconoce. Cualquiera de las dos posibilidades nos parece tan, pero tan absurda… 3.3. El sexo y la vida Queda preguntarnos si el problema que tienen para aceptar que somos hombres y mujeres corrientes es que nuestra vida sexual resulta misteriosa, o incomprensible, o quizá demasiado difícil para ser feliz. Si la conversación gira en torno al sexo, a las que nos hemos operado, nos preguntan casi siempre: "¿sientes algo?" en lugar de "¿ha mejorado tu vida sexual?" Si por el contrario no nos hemos operado, la pregunta suele ser "¿tienes pareja?" en lugar de "¿eres feliz?" ¿Acaso la felicidad depende de la vida sexual que tengas? ¿Se da por supuesto que hemos buscado deliberadamente el más difícil todavía en nuestra vida sexual? En definitiva, ¿la identidad —o la vida misma incluso— empiezan y terminan en los genitales? De la sexofobia judeocristiana de los últimos siglos hemos pasado a una utilización del éxito sexual como señal externa de prosperidad personal en nuestro rol de género. Los medios de comunicación nos bombardean con mensajes sexuales a todas horas, se mira raro a quien no tenga pareja y se concede poca longevidad a los matrimonios donde el sexo no sea mínimamente frecuente. Una vez más, todo se queda en lo visible: como nadie conoce otra cosa que el funcionamiento palpable de los órganos sexuales y además les concede un valor erótico concreto en el ritual de la seducción, se entiende como enfermedad llevar una vida según esa desconocida esencia que contradice todo lo que la naturaleza ha diseñado. Si además manifestamos serenamente que nuestra vida no depende de nuestra vida sexual pero que, aun así, ésta es feliz, la incredulidad es la tónica general. Lamentablemente, éste no es el único problema. A la superficialidad se suma la fragmentación, tomar la parte por el todo. El pene no sólo es símbolo de virilidad, sino también de estatus social y de poder. Algunas personas consideran que no disponer de pene es una desgracia, pero disponer de él y no darle importancia, al menos en el plano estrictamente personal, es una agresión contra lo sagrado. Si en lugar de ese "gran dios falo" no dispones de un útero fértil para acceder al menos al sagrado y protegido estatus de madre, o si tampoco tienes intención de utilizarlo para tal fin, recibes el más absoluto desprecio. Tristemente, esta modalidad de pensamiento falocrático y heterocentrista también abunda entre la población homosexual, dónde se ha fraguado la absurda leyenda de que las mujeres transexuales se vuelven locas una vez operadas. Todavía no he llegado a comprender, ni conseguido que me expliquen, por qué no se ha elaborado una leyenda similar con respecto a los hombres transexuales… No deja de ser curioso, también, que se considere, sin ningún rubor, la perfección quirúrgica de la reasignación de género como síntoma de éxito en la adopción de un rol de género, al tiempo que "antinatural" la cirugía genital. Toda transformación es lógica y natural hasta que se toca lo sagrado: el órgano reproductor, especialmente si éste tiene connotaciones de poder. Como vivimos en la civilización de la imagen, que necesita renovar permanentemente su iconografía erótica, el descubrimiento del cuerpo sexualmente ambiguo y dual es una mina de oro que unos cuantos mercachifles autodenominados "alternativos" pretenden utilizar con propósitos comerciales, ya sea para producir risa, admiración, excitación, o lástima, pero siempre con enormes beneficios. Si así se va a entender y conocer la transexualidad… nos queda mucho trabajo por delante.
4. Conclusiones Sobre ese reto concluiremos. Mientras la sociedad nos desconoce, incapaz de reconocer nuestra esencia, mientras se empeñan en vernos como "seres alternativos" en lugar de hombres o mujeres corrientes, con necesidades y proyectos corrientes, una nube de parásitos nos utilizan para su propio beneficio. Las mujeres transexuales somos prostitutas exóticas, pacientes y clientes de unos profesionales que nos consideran "hombres diferentes" en sus escritos y a nuestras espaldas, pero mujeres en sus despachos y de cara al público, una duplicidad mantenida por motivos comerciales. Somos pobrecitas víctimas de la sociedad o espectaculares mujeres, según lo que convenga a la audiencia de tal o cual programa de televisión, o al autor(a) del último ensayo que se va a publicar sobre "la transexualidad, esa gran desconocida". En todo caso, siempre sujetos pasivos. Claro, somos más cómodas así, sin DNI, sin atención médica, sin trabajo y sin estudios, para que la red de dependencias haga de nosotras una presa fácil y una fuente de ingresos. El caso es utilizarnos. Somos la parte más débil del colectivo femenino, pero nos tratan como la parte más desquiciada del masculino. Por eso siempre nos piden colaboración, pero nunca nos conceden voz o voto. Y ahora, si después de todo lo antedicho, alguien aún me considera un hombre trastornado que está viviendo una fantasía, es me queda mucho por explicar… o a vosotros mucho por entender.
APÉNDICE: Carta a los alumnos Barcelona, Junio 2005 Querida/o alumna/o: Al tiempo que me despido de ti como profesora de este curso, quisiera presentarme como Vicepresidenta de la Fundación para la Identidad de Género, entidad benéfico-asistencial creada hace algo más de un año en Barcelona. Nuestra organización se ocupa de las personas que, debido a una Identidad de Género no reconocida por la sociedad y/o el sistema legal, administrativo y sanitario, viene padeciendo toda clase de dificultades sociales, laborales, legales y sanitarias, dada su particular condición o apariencia física. Las mujeres transexuales son las que más sufrimos por esta situación, y es a este colectivo al que nos dedicamos prioritariamente, aunque no en exclusiva. La cuestión del género personal y social es uno de los temas candentes del siglo XXI, ya que se basa en la difícil pregunta "¿qué significa ser hombre o mujer en el mundo de hoy?", más controvertida de lo que parece. Se multiplican las reflexiones y posturas, no siempre acertadas ni conocedoras de todas las realidades o personas implicadas, y por ello también nos dedicamos a la investigación, documentación, divulgación y formación de particulares y profesionales, de forma independiente y con vocación de futuro. Nos queda mucho trabajo por delante, y no son pocas las trabas que nos encontramos para desempeñar nuestra labor. Al principio de este curso, salía de 5 años de desempleo casi absoluto, y sólo es gracias al apoyo de mi familia que conseguí librarme de la prostitución forzada. A duras penas sobreviví dedicándome a tareas de limpieza, hasta que una lesión en la mano me impidió seguir haciéndolo. Tuve la inmensa suerte de encontrar al fin 2 empresas que contrataron mis servicios aun conociendo mi transexualidad, después de ser rechazada por varias decenas que dieron más importancia a mi documentación aún en trámite que a mi preparación profesional. Pero yo soy de las más afortunadas, ya que el 90% de las mujeres transexuales aún sobrevive a duras penas en el desempleo o la contratación más que precaria, y el 50% se ven obligadas a prostituirse. Nunca olvidaré este curso, y te recordaré siempre, a ti y a tus compañeros, con emoción y orgullo. Éste no ha sido un curso más para mí. Es el primero de mi larga, difícil y dolorosa reinserción laboral y social, y tú has sido testigo de ello. Espero que mi forma de trabajar te haya sido útil, incluso agradable, y que mi labor haya estado a la altura de tus expectativas. Me habría gustado conversar en clase de todo esto, escuchar y contrastar tu opinión y la de tus compañeros, pero me debo a mi trabajo ante todo. Las cuestiones personales o ideológicas no suelen encajar bien con la enseñanza de idiomas, o al menos es difícil hacerlo en los niveles más elementales. Sin embargo, y como es lógico, cualquier llamada o carta será bien recibida en la Fundación, si tú misma/o o cualquier persona de tu entorno necesitase más información sobre mí personalmente, nuestras actividades y servicios, o nuestra extensa documentación. Nunca hemos dejado de atender ninguna llamada, ya sea en petición de ayuda, información, o incluso por pura curiosidad personal. Recibe un fuerte y cariñoso abrazo, Olga Baselga
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