Éste es el contexto en que las personas transexuales empezamos nuestra transición, nuestro test de la vida real. Se nos presenta un reto casi imposible: "aprender a ser" hombres o mujeres en una sociedad que nos considera "otra cosa", seres indefinidos para quienes no hay lugar o grupo definido, salvo la marginalidad de nuestro propio colectivo. Seguramente por la presión omnipresente del entorno socio cultural, muchas personas transexuales se llegan a creer que no son ni hombres ni mujeres, generando o bien una actitud de autocensura o vergüenza autodestructiva, o bien un orgullo casi fanático, incluso agresivo por defender su diferencia. Evidentemente, el equilibrio y la paz tanto en la dimensión individual como social, consiste en conocer su diferencia de la misma manera que los diabéticos, albinos o poliomielíticos conocen la suya (COGAM Grupo Trans, 2001, 1), pero procurando que esa diferencia no le impida una integración social, especialmente en el colectivo de género que les corresponde. Por supuesto, esto es lo ideal, pero ¿somos todos realmente conscientes de todas las dificultades que se nos interponen para conseguirlo?Para analizar estas dificultades, no queda más remedio que regresar a la raíz del problema: el propio término transexual, tal y como lo definió Harry Benjamin. Así es como Benjamin define a la mujer transexual, al inicio del capítulo 4 de `su famosa obra, The Transsexual Phenomenon:
EL TRANSEXUAL MASCULINO
Los lectores de los capítulos anteriores ya deben saber bien que el transexual masculino es aquel que no sólo quiere parecer una mujer, vistiendo como ellas, sino que realmente lo que quiere es ser una mujer, tanto en apariencia como en funciones, y busca que la ciencia médica se lo realice en lo que sea posible. En otras palabras, es el que sufre de una inversión de género y de una falsa orientación de género. Quiere cambiar de sexo. (Benjamin; 1966. Cap. 4)
o también, al hombre transexual, en su capítulo 10:
LA MUJER TRANSEXUAL
Probablemente es muy injusto dedicar solo un capitulo de este libro a la mujer transexual: Injusto porque sus problemas emocionales son, en todos los sentidos, tan importantes como los de sus compañeros masculinos. Sin embargo, la frecuencia del transexualismo en la mujer es considerablemente menor que en el hombre. (Benjamin; 1966. Cap. 10)
Nótese la base metodológica de la que parte el Doctor H. B.: la mujer transexual es denominada "el transexual masculino... lo que quiere es ser una mujer... Quiere cambiar de sexo". Y el hombre transexual es denominado "mujer", tratándonos a nosotras las mujeres como sus "compañeros masculinos". Francamente, leyendo esas frases me pregunto: ¿cómo puede nadie considerar a una mujer como Bibiana Fernández (o servidora de Ustedes, sin ir más lejos) el "compañero masculino" de alguien? Todavía hoy, 36 años después, es el punto de partida de todos los médicos y psicólogos que intervienen en la transición de las personas transexuales: somos hombres que "quieren ser" mujeres, o mujeres que "quieren ser" hombres, y "cambiamos de sexo" porque se atiende exclusivamente a nuestra apariencia anatómico genital para definir nuestra condición.
Por supuesto, es una convención como otra cualquiera, pero dudo mucho que los profesionales, al utilizarla, sean plenamente conscientes de las consecuencias que ello acarrea para nosotras las personas transexuales. La voz de los profesionales es siempre mucho más escuchada, reconocida y autorizada que la de sus pacientes, y nos encontramos, como consecuencia directa de esas definiciones y convenciones terminológicas, totalmente indefensas y a merced de la doctrina científica y sus autores. Si queda académica y científicamente asentado que somos hombres o mujeres de nacimiento que cambian de sexo porque quieren, nunca seremos uno más en la sociedad, porque se nos denominará siempre por nuestro sexo genético (varón o mujer como sustantivo inalterable), quedando nuestra verdadera identidad personal como algo adjetivo, voluntario y superficial (cambio de sexo).
Lo más grave es que, en los congresos y cursos en que las personas transexuales hemos tomado la palabra ante los profesionales de la medicina o la psicología presentando la necesidad de esta revisión, la mayoría han considerado la cuestión como algo superficial y secundario. Sin. ser en absoluto culpables de mala fe, ni tampoco de falta de rigor científico, los profesionales siguen sin ser conscientes de que cuando investigan, hablan o escriben no sólo los escuchan sus colegas, sino también periodistas, juristas y gente común. Teniendo en cuenta que las personas transexuales somos un colectivo minoritario, y por lo tanto especialmente sensible y vulnerable a la opinión pública, debería existir una mayor conciencia, sensibilidad y responsabilidad en cuanto al use de esta terminología en todos los ámbitos en que se produce.
Podría parecer que esta propuesta de revisión terminológica se fundamenta en un mero respeto a la identidad; pero no, no se trata de una cuestión personal. Es un problema de metodología científica, ni más ni menos, puesto que es el propio objeto de estudio el que pretendemos redefinir. No es lo mismo abordar la transexualidad como condición del hombre o mujer que ha nacido con los caracteres genético sexuales del sexo opuesto al suyo, que como hombre o mujer que "siente pertenecer" al sexo opuesto y quiere cambiar su sexo. Debería apreciarse que no se trata de matizar una frase, sino de que el profesional sepa lo más exactamente posible quién es la persona que entra en su consulta para hacer su trabajo adecuadamente.
Si el profesional trata a la persona como una mujer que tiene la incomprensible desgracia de tener un pene y carecer de pechos, amén de otras deficiencias anatómicas posiblemente insalvables, o en el caso opuesto como un hombre que nunca debió desarrollar mamas y que sufre una vergonzante carencia de pene aparte de un sinfín de otros desagradables rasgos no masculinos, no todos remediables, estará enfrentándose a la verdadera naturaleza de su tarea: devolver a una persona psíquica y físicamente sana el cuerpo que el azar genético le negó. Es una tarea similar a la de un cirujano / ginecólogo que restituye los pechos a una mujer que ha sufrido una mastectomía, o a la de un urólogo que hace lo imposible para agrandar el miembro de un hombre incapaz de procrear por culpa de un pene infantil. Si, por el contrario, el profesional cree tratar a un "señor" que quiere ponerse pechos y que le gusta que lo llamen Susana, o a una "señora" que quiere orinar de pie y / o penetrar a su pareja con un miembro viril que no tiene, sólo hará un trabajo superficial, porque es metodológicamente incorrecto. Si, además, el profesional refiere su experiencia clínica en algún documento partiendo de esa superficialidad, no sólo podrá inducir a error a quien lo lea, sino que, paradójicamente, su propio paciente no se reconocería más que por el número del expediente, caso de que cayese en sus manos.
Existe un problema añadido si la metodología del tratamiento de la transexualidad y la literatura que emana de su abordaje no se reformulan adecuadamente. Caso de mantenerse una aproximación como la que acabamos de describir, seguirá pesando en la gente común, y quizá también en buena parte de los profesionales, la "postura correctiva", es decir, la idea de que sería mucho más sencillo conseguir "rectificar" la identidad sexual del paciente hacia una aceptación de su cuerpo tal y como es, en lugar de aceptar la identidad psíquica manifiesta, modificando su cuerpo de manera -además, y hoy por hoy- incompleta. Esta actitud parece seguir muy vigente entre los profesionales de la salud, que tienden a aferrarse a la idea de que le medicina no debe intervenir o tratar cuerpos sanos, por considerar un caprichoso y prescindible atentado contra la salud modificar la natural constitución de un organismo.
Si estos profesionales siguen leyendo experiencias clínicas de los expertos en transexualidad redactadas sobre la base de "hombres que quieren / dicen ser mujeres" o "mujeres que se sienten hombres y desean tener un pene", dispondrán de los argumentos perfectos para mantener su postura de rechazo al tratamiento clínico de las personas transexuales. En cambio, si se encuentran con un volumen significativo de trabajos donde se habla de mujeres con un cuerpo genéticamente varonil -u hombres con una fisiología femenina-, con posible presencia de un núcleo cerebral sexualmente dimórfico y opuesto a su sexo genético (Zhou et al., 1995), y de reasignación genital en vez de "cambio de sexo", existirán muchas más posibilidades de convencerles de que se trata de una necesidad real que requiere una intervención seria por parte de un equipo de profesionales bien preparados.
Por tanto, tal y como está escrita la literatura científica y la opinión pública que deriva de su difusión, la idea que se tiene de las personas transexuales no facilita nada nuestra recepción social en tanto que hombres y mujeres normales y corrientes que aspiran a llevar una vida como los demás, sin amenazar significativamente ninguno de los pilares de la sociedad ni generar perturbaciones en la paz social. Es muy difícil, con unas frases que refuerzan la tesis del sexo como órgano residente exclusivamente en los genitales, con la función primordial de procrear, y que con el proceso transexual queda estéril, presentarse ante un empresario o tu propia familia afirmando que eres una mujer más, o un hombre más; en el mejor de los casos existirá una sospecha, una incredulidad, o una duda. Por eso, el problema que debemos abordar conjuntamente las personas transexuales, los profesionales de la salud, los medios de comunicación y las instituciones educativas es el de no hablar de proceso clínico de las personas transexuales como algo aislado de la dicotomía hombre / mujer en la sociedad, porque del debate sobre esta dicotomía es desde donde podemos proporcionar más datos claros y reales sobre la auténtica naturaleza de la transexualidad.