Naturalmente, aparte de todo, persiste el conocido problema de la imagen que el colectivo presenta de sí mismo, sobre todo el de las mujeres transexuales. Nos centraremos ahora en el colectivo femenino de las transexuales, ya que tiene unas características muy particulares de discriminación y dificultades específicas de integración. Al margen del debate sobre si la prostitución de las mujeres transexuales es más o menos voluntaria, humillante, o si tiene características diferentes a la prostitución femenina en general, parece que la imagen que un gran número de mujeres transexuales presenta de sí mismas induce a pensar que ellas mismas no se consideran exactamente mujeres. ¿Presión sociocultural e ideológica? ¿Síndrome de Estocolmo en la marginalidad? ¿Confusión? ¿Resultado de la natural variedad de cualquier colectivo humano?
En el momento histórico actual de la investigación en el campo de la transexología, es imposible contestar a estas preguntas de forma cierta y exhaustiva, y las aproximaciones a una tipificación de la transexualidad y el transgenerismo apenas han empezado a producirse, por no hablar del desconocimiento de la extensa bibliografía sobre este debate, escrita en inglés y que aún no se ha traducido al español ni por tanto se ha comentado en la literatura científica y humanística en nuestra lengua. Libros tan importantes como Cross Dressing, Sex, and Gender (Bullough & Bullough, 1993), Gender Blending (Bullough et al., 1997), Transgender Warriors (Feinberg, 1996), o Proving Manhood (Beneke, 1997) son compendios fundamentales de datos sociológicos, históricos, filosóficos y clínicos sobre transexualidad, transvestismo y transgenerismo, desconocidos entre los hispanohablantes. Sin duda, estas obras no contestan a las preguntas que nos hacemos más arriba, pero al menos presentan las bases de la dialéctica: qué es ser mujer / hombre en el mundo de hoy, en qué se basaba esa misma dicotomía en otros tiempos, y cómo podemos describir o justificar la existencia de mujeres y hombres que fisiológicamente parecen lo opuesto y que en ocasiones ni siquiera sexualmente se comportan como se espera de ellos / as. En efecto, la dialéctica no hace más que empezar a plantearse, pero hay que entrar en ella si queremos arrojar algo de luz sobre estas cuestiones.
En España, la única autora que ha dedicado cierta atención a esta diversidad y ha intentado poner algo de orden en la realidad de la transexualidad y sus variantes es Kim Pérez Fernández Fígares y sus colaboradores. En el artículo "Deconstrucción del género: la transexualidad" (1996), del que es co autora con la psicóloga y sexóloga Mª Dolores Izquierdo, ya se señalaban una serie de categorías sexuales y convenciones del género que la existencia y descripción de la transexualidad pone en tela de juicio. Pero es en su último artículo sin publicar, "Variantes sexuales. Análisis y representación" (2001) que Pérez propone un
...método [de análisis y representación] distinto, primero pendiente de las realidades y sólo después ocupado de darles nombres; algunas de las realidades que voy a exponer pueden tenerlos ya; otros no los tienen todavía. (Pérez, 2001, 1)
dejando claro, por tanto, que algunas de las realidades inscritas en la transexualidad y el transgenerismo no se han descrito aún adecuadamente y, como es lógico, que una parte de la terminología ni siquiera existe. En esta línea, Pérez pone en claro una serie de definiciones previas, distinguiendo nociones que tendían casi siempre a confundirse:
Sexo: elementos anatómicos y fisiológicos.
Sexualidad: conducta pulsionalmente determinada (instintiva).
Orientación: deseo.
Libido: intensidad del deseo.
Rol de Género: conducta culturalmente determinada (aprendida).
Identidad de Género: conciencia de la vinculación afectiva a uno de los géneros.
Identidad Genital: conciencia de la vinculación afectiva a una clase de genitales.
La realidad muestra que cada uno de estos sectores es un continuo, en el que es posible que se dé una gama muy sutil de situaciones. (Pérez, 2001, 1)
Gracias a esto, podemos apreciar que "sexo" y "genitales" son dos nociones distintas, al igual que se diferencian "sexualidad" y "orientación", algo esencial para dar cuenta de que, por ejemplo, cualquier hombre o mujer -transexual o no- puede ser hétero u homosexual, independientemente de su rol de género, identidad de género o sexualidad. Así, pueden trazarse gráficos como el que sigue:

(Pérez, 2001, 3)
donde vemos representado un paradigma extremo de varón, de sexo androico, sexualidad penetrativa, orientación ginéfila, libido alta, rol viril, etcétera. Siguiendo estos parámetros, debería ser posible definir a cualquier persona según el grado de los "sectores" de su sexuación. En el extremo opuesto, tendríamos al prototipo de mujer tradicional:

(Pérez, 2001, 3)
Lógicamente, este método es discutible, está sujeto a revisión o ampliación y puede resultar más o menos convincente. Lo que queda claro es a) que los componentes de la sexuación humana deben ser en principio independientes entre sí, y b) que estos componentes no son nunca absolutos bipolares, sino variables continuas. Una importante aportación a los elementos que suelen utilizarse pare caracterizar a cualquier persona cuya identidad sexual, sexualidad, orientación sexual, sexo, etc. no responde a lo predecible en principio, Pero sin colocarlas en pie de igualdad con las personas de comportamiento mayoritariamente aceptado como "normal". Así, se permite que las personas transexuales, sea cual lea su "variante", puedan ser caracterizadas según los mismos criterios que las notransexuales, en lugar de colocarlas en un reducto separado cuyos parámetros de estudio difieren esencialmente de otros seres humanos.
Por supuesto, al margen de que esta aproximación a la transexualidad resulte más o menos convincente para los profesionales involucrados en el tratamiento, estudio y seguimiento de la transexualidad, debe entenderse ante todo que la investigación y su divulgación afecta directamente a la vida de las personas sobre las que recae. Esto, que parece una perogrullada, se ha asumido en la mayoría de las patologías y su tratamiento, pero en el caso de la transexualidad, ha recibido mucha menos atención. Imaginemos, por ejemplo, que los términos "idiota", "imbécil", o "mongólico" siguieran aplicándose hoy a los pacientes de síndrome de Down; o bien supongamos que a alguien se descuida y publica un artículo llamando a los 'diabéticos pongamos por caso "azucarillos". Todo el mundo es capaz de entender que la calidad de vida de un paciente puede verse directamente afectada si la terminología y la literatura existente sobre su condición clínica no se cuidan mínimamente.
Muchas transexuales tenemos la seguridad de ser mujeres, esencialmente identificadas con la condición de la mujer, y no con otro colectivo, por muy conscientes que seamos de nuestra diferencia. Pero la armonía de nuestra identidad depende en gran medida de las posibilidades de desarrollo que encuentre nuestro yo social, y es muy difícil ser una más si las personas más autorizadas en la materia no nos apoyan desde su trabajo en una adecuada presentación de nuestra condición clínica. Si, además, como mujeres, tenemos nuestra libertad de acción más restringida que la de los hombres, sumamos una indefensión a otra: un entorno laboral y social más difícil, junto a una opinión pública mal informada y por tanto hostil no sólo contra nuestra integración, sino contra nuestra propia existencia.
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