Aunque una gran mayoría de personas estaría de acuerdo con la esencia de la afirmación "existe un lado femenino en todo hombre y un lado masculino en toda mujer", la existencia de hombres y mujeres sigue definiéndose principalmente en función de los órganos reproductores. La rigidez y superficialidad de este criterio son una clara consecuencia del precepto bíblico "creced y multiplicaos", que ha condicionado y sigue condicionando la vida de la mayoría de los seres humanos, en todas las civilizaciones. Sin pretender centrar la discusión en alegatos ateos, agnósticos o iconoclastas, mucho me temo que no podemos acercarnos a la problemática social, incluso identitaria, de la mujer y el hombre en general y de hombres y mujeres transexuales en particular sin entrar en una crítica de la tradición judeocristiana. Por lo que podemos observar, ni siquiera en los países supuestamente más "avanzados" que nuestra católica piel de toro, la civilización occidental se ha librado aún de los arquetipos, estereotipos y convenciones ancestrales sobre la distinción de los sexos y los colectivos de género. No cuestionaremos la natural necesidad humana de la reproducción, la universal búsqueda de trascendencia del homo sapiens, pero sí los arquetipos de -por ejemplo- las figuras paterna y materna que derivan de este hecho biológico.
Personalmente, comparto con muchas mujeres el instinto maternal y, muy especialmente, con gran parte de las mujeres estériles, la frustración de no poder gestar una criatura. Lo que no comparto es el sentimiento de inferioridad que se quiere imponer a la mujer estéril, y mucho menos aceptaré ser considerada menos apta que una mujer biológica a la hora de adoptar. Parece que las tradiciones se hubiesen acomodado a la contradicción de definir las figuras de padre y madre de forma abstracta, sin dejar de condicionarlas a una cuestión vagamente genética. Vivimos en un extraño statu quo en el que los roles y funciones sociales se definen por una serie de derechos y obligaciones supuestamente inalienables y universales, y sin embargo se hace prevalecer sobre ellos unas circunstancias claramente biológicas. En esas condiciones, lógicamente, hombres y mujeres transexuales estamos en clara inferioridad de condiciones para integrarnos en la sociedad.
Esta mentalidad colectiva, con todas sus contradicciones internas, no afecta sólo, desgraciadamente, a la sociedad en su conjunto. Las profesiones a instituciones especializadas que tienen algún contacto con las personas transexuales también aplican estas mismas consideraciones en las tareas y decisiones que nos afectan. Y no se trata sólo de un vacío legal, sino de una concepción de la transexualidad que pretende "encajarse" en la mentalidad tradicional, en lugar de aceptar unos hechos sociales y científicos suficientemente probados ya y promover el correspondiente cambio en la conciencia colectiva sobre la realidad transexual. Encontramos una muestra palpable de esto en la tristemente famosa sentencia del Tribunal Supremo que nos condenaba a ser "ficción de hembra" en lugar de mujeres para justificar por qué se nos negaba el derecho al matrimonio.
... La STS del 2 de julio de 1987 [establece] que el transexual es una "ficción de hembra" [...] La primera consecuencia, y habida cuenta de los principios que rigen nuestro sistema registral civil, sería la de que el transexual tiene un primigenio derecho a cambiar el nombre del varón por el de hembra, pero sin que tal modificación registral suponga una equiparación absoluta con el sexo femenino para realizar determinados actos o negocios jurídicos, toda vez que cada uno de éstos exigiría la plena capacidad y aptitud en cada supuesto. (de Verda, 2001, 486 3).
La profesión médica tampoco parece estar al día de la realidad transexual, aplicando el confuso concepto de "cambio de sexo" en lugar de "reasignación genital", y confundiendo aún conceptos tan básicos como identidad de género, orientación sexual y sexo genético. En cuanto a esto, puede imaginarse mi sorpresa cuando un médico del Servicio de Endocrinología de la Fundación Jiménez Díaz me dijo tranquilamente, a principios del año 2.000, que "el tratamiento con estrógenos está contraindicado en el varón", refiriéndose a mí directamente. Ante estas actitudes, se comprueba que la transexualidad, en lugar de considerarse como una condición clínica normal de unos hombres y mujeres sanos y responsables, es tomada no sólo como un trastorno a corregir, sino como una actitud deliberadamente amenazante contra el orden social.
Hagamos un poco de historia. La civilización occidental lleva envuelta no menos de 150 años en una guerra de sexos provocada por la caducidad del criterio biológico en la definición del rol social a desempeñar por los colectivos de género, revelándose como un condicionante claramente desfasado. A mediados del Siglo XIX, la revolución industrial necesitó grandes cantidades de mano de obra barata, y la mujer -sin dejar de cumplir con su función reproductora- se incorporó a la clase trabajadora. Fue entonces cuando empezó a superar su papel meramente biológico y a adquirir una independencia personal, económica y social, un hecho que no podía sino cuestionar la preponderancia masculina, hasta ese momento nuclear en nuestra civilización. ¿La revolución de los sexos estaba servida? En cierto modo sí, pues pronto el colectivo de género femenino empezó a hablar con voz propia, cuestionar valores, tomar iniciativas y decisiones independientemente del hombre, etcétera. Inexorablemente, las leyes dejaron de excluir a las mujeres de la vida social activa, pero si miramos fríamente el panorama actual, ¿hemos superado verdaderamente los arquetipos a los que me refería antes? Me temo que sólo sobre el papel. Podemos firmar contratos y talones, votar, viajar y presentar demandas y denuncias, ponerle nuestros apellidos a una criatura como madres solteras. Sin embargo, algo parece estar fallando en la definición de los colectivos de género. Los hombres se sienten desplazados en el ámbito doméstico, la violencia de género se ejerce preferentemente sobre las mujeres, especialmente si son transexuales, parecemos habernos acomodado a la especialización de determinadas profesiones en función del género... Me atreveré incluso a hacer unas preguntas poco frecuentes sobre esto: ¿somos las mujeres las únicas víctimas de esta contradictoria separación de géneros en el orden social? ¿Son los hombres los únicos culpables de esta guerra de sexos? ¿No deberíamos pensar ambos colectivos de género en enterrar el hacha de guerra y dejar de ver enemigos donde posiblemente no los haya?
Mucho me temo que no todas las personas transexuales tenemos las mismas armas para enfrentamos a este mundo, ni la necesaria conciencia de qué significa ser transexual. Debido al frecuente rechazo social, es fácil que una mujer transexual joven, de condición social humilde y sin estudios, termine siendo carne de prostíbulo, de forma muy similar a lo que le podía pasar a una madre soltera hace no tantos años. Los hombres transexuales sufren a menudo un tratamiento más sutil pero no menos cruel. Debido a que su entorno los considera y trata como mujeres, existe mayor condescendencia, pero también existe una represión interna todavía mucho más fuerte que en el caso de las mujeres transexuales. En el caso de las personas transexuales que inician su transición a edades más avanzadas, está sin duda la ventaja de una mayor madurez y una emancipación del medio familiar, pero por otro lado suelen darse otros condicionantes sociales y profesionales, por no hablar de la angustia, no siempre fácil de superar, de haber perdido gran parte de su vida negando su verdadera identidad, con toda una serie de "capas de pintura" del género equivocado por levantar. Por tanto, el test de la vida real tiene, como es lógico en el ser humano, la doble dimensión individual y social, ambas, por supuesto, interdependientes.
Si ya es posible (aunque poco frecuente) que cualquier hombre o mujer genética se pregunte qué es ser hombre o mujer, qué significa, en qué lo es, por qué, etcétera, las personas transexuales nos lo tenemos que preguntar necesariamente. Y ya a ese nivel individual, las respuestas son diversas en cada persona transexual.
En la dimensión social, es decir, en cuanto a nuestra conciencia de pertenecer a un determinado colectivo de género, estamos lógicamente condicionados, como todo el mundo, por la conciencia individual que tengamos de nosotros mismos. Eres diferente y lo sabes, pero ¿hasta qué punto? La mimesis social de la persona transexual dependerá en gran medida de la configuración de los colectivos de género "disponibles" en cada momento histórico, y me temo que ahí no hay sorpresas.
En España, la redefinición de los roles del hombre y la mujer es más tardía y paulatina. Hoy en día, si las personas transexuales somos víctimas de la discriminación, es principalmente por nuestra esterilidad aparentemente voluntaria, un hecho que nos hace supuestamente incapaces de encajar con los roles sociales que la tradición justifica mediante argumentos tanto biológicos como culturales. Aun con la evidente crisis de los modelos masculino y femenino tradicionales, los hombres y mujeres transexuales seguimos cruelmente apartados de la integración social por culpa de una condición que no hemos elegido y por la que nos condenan a pagar un precio injustamente alto.