Desde que inicié mis contactos con el colectivo trans hace una docena de años, pues aunque acabo de cumplr 25 desde mi primer tratamiento hormonal, entonces no compartía nada con las demás, percibí una indudable tendencia al aburguesamiento; a adoptar posturas acomodaticias completamente alejadas de aquellas que serían lógicas, teniendo en cuenta las dificultades y trabas que se ciernen sobre el colectivo y que sugieren que quien lo compone, tenga un espíritu más combativo. Quizás por asumido, el hecho del aburguesamiento me había pasado desapercibido últimamente, pero hace unos días sucedieron dos cosas que me lo pusieron de nuevo de manifiesto.
La primera de ellas no me sucedió en persona, pero una amiga se quejó de ello, y me recordó otras ocasiones en las que yo misma encontré algo similar. Se trata de una transexual ya reasignada, estabilizada social y laboralmente, a la que se le habla de algo relacionado con el colectivo, o se solicita su colaboración, y la respuesta es negativa, y el argumento es que ella ya no es transexual, así que no le interesa nada ese mundo.
La segunda la viví en persona al día siguiente, cuando una transexual reasignada, con su sentencia de cambio de nombre ya firme, me hablaba de iniciar una huelga de hambre como protesta por los tres meses que llevaba esperando que el registro civil hiciese la modificación correspondiente. Lo cruel del tema es que yo misma hubiese dado cuanto tengo por poder estar en esa situación, a la que jamás podré llegar (y eso que fue un día antes de saber que ya no podré operarme).
En ambos casos se trata de transexuales que han perdido la conciencia de clase, esa que debería hacerlas luchar por apoyar los derechos de sus iguales, y más aún los de quienes no han tenido su suerte, o sus medios, o a quienes las circunstancias han puesto en peor situación. Pero ahora ya no piensan en el colectivo, se olvidan de las demás, y se hacen egoístas; se han aburguesado.
Es fácil caer en ello desde el propio movimiento asociativo, cuando se sucumbe a las alabanzas y se olvida bajar al arroyo con la frecuencia necesaria para ayudar a salir del barro a quien está allí atrapada. Es fácil dejarse tentar por fondos propios o ajenos que se utilizan mal y que compran voluntades y lealtades a costa del colectivo. Es fácil encerrarse en una burbuja y empecinarse en sostener posturas arcaicas, dando la espalda a la realidad. Es fácil eludir los sacrificios, evitar el trabajo extra, no afrontar el inevitable gasto económico, y mirar hacia otro lado cuando conviene.
Es fácil prestarse a mostrar una imagen denigrante convirtiéndose en un freak en cualquier programa de televisión, vendiendo por unas monedas la dignidad del colectivo, sin importar que esa acción haga retroceder varios años los logros obtenidos a duras penas. Ese será ahora el peligro que acechará a María del Mar Gordo Pantoja. A pesar de haber obtenido la confirmación de que no puede ser expulsada de la Armada tras declararse transexual (otra cosa sería entrar una vez iniciada su transición, algo mucho más difícil), ahora tendrá que volver al servicio activo, soportando burlas de algunos intransigentes, aceptando algún que otro desplante de sus superiores y todo eso por un sueldo escaso. Más escaso aún si se compara con lo que le ofrecerán por algún programa más o menos bufo, por algún posado más o menos robado y por algún episodio más o menos escandaloso. Cuando compruebe que podrá ganar en una hora mucho más que en todo un año de uniforme, se enfrentará a una dura decisión.
Las primeras de estas situaciones son reales y se han presentado en alguna ocasión; las últimas lo hicieron en otros casos y ahora están latentes pendientes de las posibles decisiones de la afectada. Pero es sorprendente y muy triste que sea así.
Hay un factor que predispone hacia el aburguesamiento evidente, y es la invisibilidad. Cuando más invisible puede ser la parte interesada, más rápidamente perderá contacto con la realidad. Eso es algo especialmente claro en el caso de los transexuales masculinos, sin duda por la mayor facilidad que tienen para los cambios aparentes, y obviamente por la generalización de su acceso al mercado laboral convencional, lo cual abona el terreno.
Me produce una pena inmensa constatar cómo la memoria del colectivo es débil; cómo la transición de cada una se convierte en el ascenso de una hipotética escala social, que va creando diferencias y haciendo perder perspectivas a quien lo sufre. Y ya había llegado a esta conclusión hace tiempo, por lo que nada tiene que ver en ella mi propio fracaso personal.
Debo reconocer que afrontar un futuro incompleto, de imperfección física, de imposibilidad emocional (la propia imperfección lo provoca, como recientemente hizo), de nula evolución, y de carencia de estímulos personales, es una vacuna contra el aburguesamiento, pues no es probable acomodarse en un infierno así; pero no quisiera creer que en otras condiciones más benignas, sea algo inevitable.
Si así fuese, no valdría la pena vivir sin creer en los demás y sin poder hacerlo en nuestro propio yo. Pero...¿habrá alguien capaz de renunciar a sus propios beneficios por ayudar a los del colectivo como tal y a los de quienes necesitan ayuda?
Yo sí estoy dispuesta, pero me temo que va a ser un viaje muy solitario.