MENSAJES GENITALES
La expresión del propio género - masculino, femenino - se ve condicionada, afectada, como cualquier otra manifestación cultural, social o psicológica, vital en definitiva, por los propios parámetros de integración en la sociedad. Es la sociedad la que acepta, entiende y admite ciertos comportamientos, pautas de conducta y signos de comunicación entre las personas. Y una de las pautas de conducta y comunicación más difíciles de controlar - no personalmente, pero si en la forma en qué los mensajes son recibos y entendidos en la sociedad - es la pauta sexual.
Debido a esto el estudio de lo que he denominado "mensajes genitales" resulta fundamental para la expresión del propio género. Y he aquí que, el colectivo trans, dada su importante dedicación CONSCIENTE a la manifestación social del género de identidad, tiene que plantearse constantemente de qué manera estos patrones de conducta - sexuales - son emitidos y recibos. Por otro lado, sino, cabría la posibilidad de caer en ciertos estereotipos de los que la propia sociedad lucha por desprenderse.
Algunas de las cosas que leeréis son evidentes, otras os podrán parecer escandalosas, sectàrias, personales o circunstanciales. La mayoría de ellas, no obstante, forman parte todavía de nuestro día a día colectivo.
Las mesas de los restaurantes siempre son para dos.
El sexo se impone, culturalmente y socialmente, primero como un acto de rebelión, después como un acto de consumo. Pero, así cómo el acto primero de rebelión es individual, el consumismo sexual es social, impuesto por la propia sociedad.
Vivimos en una sociedad de consumo, y se supone que todos tenemos que ser ávidos consumidores de actividades sexuales. Por ejemplo, y este es un hecho social relativamente nuevo, si cogemos cualquier revista dedicada a la mujer, o a la pareja, o un libro de educación sexual, "descubriremos" que la mujer que no se autoestimula lo suficiente sexualmente, caerá en un estado enfermizo o presentará pronto alarmantes signos de disturbio mental.
El autostimulo sexual es uno de los principales mitos genitales de nuestra sociedad, porque antes se consideraba que perturbaba el orden social (el sexo era cosa de pareja). A pesar de que pueda parecer gracioso hoy en día, la autoestimulación era considerada, hasta hace poco, signo de enfermedad y, en cambio, hoy es considerado signo de disturbio la carencia de autoestimulación. El sexo, se dice, empieza por uno mismo. Antes, la autoestimulación se consideraba ajena a la experiencia normal de sexo, del sexo de pareja, evidentemente. Hoy, la autoestimulación, tanto en hombres como en mujeres, se considera saludable. Incluso ha caído en tópicos como por ejemplo aquellos que dicen que es buena para el cutis, para los riñones o para el balance del estrés. El cambio ha estado provocado por la promoción social del consumo de sexo. Una de las fórmulas de promoción ha sido el culto al cuerpo físico. Así, el modelo de belleza ha sido propagado de forma exponencial por la publicidad, el cine y la televisión, asociada a juventud, feminidad y masculinidad. Los modelos de feminidad fueron los primeros en ser explotados - por una sociedad misógina - y, después, lo han sido también los modelos de masculinidad. El consumo sexual asociado a esta explotación de modelos de género, es obvio.
Debido a esto resulta tan importante el estudio de los patrones de género que la sociedad impone.
Por ejemplo: una mujer que no sea sexualmente activa, hoy en día, tiene que ser fea, vieja o nada femenina (esto dice el modelo sedxual impuesto), porque toda mujer que sea bonita, joven y femenina tiene que ser objeto de consumo sexual - de una u otra forma - porque el modelo DICE que, la mujer, si es bonita, si es femenina, implícitamente forma parte del juego. Iremos profundizando en esta premisa subliminal de la cultura de consumo sexual.
Al apelar a la apariencia física y a la juventud, se mantiene a la mujer en un estado perpetuo de ansiedad. El consumo de actividades sexuales - preferentemente heterosexuales - es parte integrante de esta forma de inconsciente colectivo que busca mantener a la mujer sometida - especialmente a la mujer, aunque últimamente el hombre también está siendo objeto de ello-.
Cuándo el feminismo empezó a hacer valer los derechos de las mujeres y a promover su surgimiento desde las últimas filas sociales, muchos hombres vieron esto como una amenaza a su status quo. Empezaron a aparecer trastornos relacionados con la comida en las filas femeninas, aumentó el número de mujeres que necesitaban recibir ayuda psicológica y o/médica por causas emocionales y de autoestima y, paralelamente, otro movimiento contrario, de pulsión por conseguir todavía más atracción y dependencia en verso al hombre, se creó, fomentando el culto a la belleza - la promoción de la cirugía plástica coincide con estos primeros pasos del feminismo - y el consumo de sexo se volvió una realidad, de forma que, mientras algunas mujeres escogían la lucha, otras se contentaban con el sometimiento al hombre.
Otro de los mitos genitales que se ha impuesto en la sociedad es aquel que dice que todos los aspectos de la actividad sexual producen placer y bienestar. En realidad, no tiene por qué ser así, pero el mito funciona diciendo que todos son físicamente beneficiosos, moralmente buenos y, sobre todo, mucho más normales que no su ausencia. La industria pornográfica y su prima-hermana, la prostitución, favorecen que cualquier actividad sexual sea catalogada de saludable -
individual y socialmente-.
El hecho nocivo no está en el consumo en si mismo, sino en el hecho que motive a considerar sexualmente fracasada aquella persona que no participa del consumo sexual, ya sea por propia voluntad, ya sea por determinadas circunstancias. Así, muchas personas se ven lanzadas al consumo sexual sin una verdadera predisposición, por temor a la anormalidad. Por ejemplo, esta predisposición inconsciente ha creado determinados monstruos: el miedo a "haberlo hecho bien", aplicable tanto a hombres como mujeres.
Siempre es la misma historia: las mesas, en los restaurantes, siempre son para dos, las habitaciones individuales de hotel pagan un suplemento, los impuestos de vivienda dan por hecho la presencia de dos personas cohabitando, el nuevo Presidente o Presidenta del Estado no podría ser una persona solterona - no de momento - porque el deseo de soledad se considera uno fracaso social.
Hace cincuenta años, una mujer soltera, o separada, o solitaria, tenía que tener muchísimo valor para admitir que disfrutaba de una vida sexual activa y satisfactoria. Hoy parece que sea bien al contrario. Incluso, una persona soltera, o separada, o sola, es considerada en una situación temporal y, si aquello dura demasiado, como un conflicto a solucionar.
La trampa genital dice que no tener actividad sexual es no ser femenina o no ser masculino. Se nos obliga a pensar que hemos conseguido la liberación sexual, y esto implica tener los libros contables bien repletos. La actualidad de la imagen de género implica sexo, de forma tan contundente como también lo es llevar las uñas bien pintadas y el pelo de peluqueria, en el caso de las mujeres, o tener un físico musculado y un trabajo de éxito y con potenciales de progresión en el caso de los hombres.
El error está en definir el género en base a una determinada actividad sexual - indistintamente del sexo y género de la pareja -. Así, parece como sí una persona sin pareja no pudiera tener un género bien definido. Y esta es la causa del consumismo sexual al que la sociedad nos transposrta. La sociedad actual ofrece un número limitado de caminos para conservar la autoestima, y uno de ellos parece ser el ofrecimiento del propio cuerpo para que sea admirado y deseado.
Pienso que son reflexiones necesarias en cualquier caso, pero sobretodo en el caso de una persona transsexual, porque se ve enfrentada a situaciones muy cambiantes y diversas, frecuentemente progresivas, azotada por las convicciones de la sociedad en la que se inscribe, y modelada por lo que esta espera.
La voz de su amo.
Las definiciones de lo que resulta deseable o indeseable siempre han estado en manos del hombre, o de la persona que lleva la voz cantante en la pareja. Así, la definición de lo que es femenino y atractivo determina qué cosa será valorada en la pareja heterosexual. Sí tenemos en cuenta que las parejas entre hombres y mujeres transexuales se tienen que considerar dentro la norma de las parejas heterosexuales, esta afirmación podría ser igualmente válida. Desgraciadamente, es demasiado exactamente válida en el caso del consumo sexual de la prostitución de mujeres transexuales, dónde el hombre manda, porque, además, es quien paga. Y esto incluso considerando aquellos casos ideales en que el hombre consumista del sexo considera a su pareja - mujer transexual - como mujer efectiva (hecho que no es tan usual cómo tendría que ser, y que denota la necesidad de educación de nuestra sociedad).
En el caso de las parejas formadas por hombres que pasan, o han pasado, por un proceso de reasignación (trans)sexual masculina hay, justo es decirlo, una más alta diversidad de acepciones, porque su integración en la sociedad es más fácil que en el caso de las mujeres que han pasado, o pasan, por la reasignación (trans)sexual (cuando hablo de reasignación me
refiero no sólo a las personas ya operadas, sino también a las hormonadas e, incluso, a las que todavía no se han hormonado pero que han tomado una decisión vital en este sentido y que, por lo tanto, viven su vida en base a esta decisión). Con respecto a las parejas homosexuales en el que uno, o ambos miembros, son transexuales, debería considerarse cada caso de forma personalizada y diversa.
El punto que quiero resaltar es que siempre hay una distancia entre la experiencia sexual que vivimos (lo que hacemos, lo que nos gusta hacer) y la realidad social, que nos impone determinados roles de género. Por ejemplo, durante los años sesenta, cuando la revolución sexual proporcionó, entre de otras cosas, la píldora anticonceptiva, con el informe Kinsey y los obras de Masters y Johnson y, más adelante, la publicación del bestseller mundial "The joy of sex", de Àlex Comfort, parecía que, de pronto, la sexualidad podía expresarse libremente, como una filosofía de vida saludable. Se hicieron muy populares los intercambios de pareja, los juegos para mejorar el orgasmo, las posturas más diversas a la hora de practicar el sexo y los juegos sexuales a las fiestas. Todo parecía obedecer a determinados roles sociales (heterosexuales) de género. En 1996, se calculaba que diez millones de mujeres tomaban habitualmente la píldora anticonceptiva, cosa que diagnosticaba una eficaz separación entre sexo y reproducción. El informe Kinsey ponía en evidencia la multivariedad del comportamiento sexual, convirtiendo, de golpe, en normal, prácticas hasta entonces consideradas "fuera de lo corriente". Master y Johnson estudiaron la naturaleza del orgasmo y los patrones de conducta de ambos miembros de la pareja sexual, poniendo en evidencia la asunción de determinados roles, jerarquías y
funciones de cada uno de los miembros.
A pesar de estos y otros estudios "de laboratorio", todavía hoy es común la aceptación de uno de los miembros de la pareja como dominante, siendo el otro el dominado. Al principio, los mitólogos del sexo como Mailer o Henry Miller ponían en evidencia esta jerarquía usado/usador (en la mayoría de casos, el patrón de género masculino era el que dominaba). Después serían las propias feministas quienes presentaron a la mujer como dominadora y dominante en las propias relaciones homosexuales. En gran parte de la literatura homosexual, la mujer parece no poder realizarse hasta que adopta una postura dominante (asumiendo un rol de género masculino). A nivel práctico y pragmático, esto pone en evidencia la restrictiva dependencia sexual respeto al rol masculino, sea adoptado por quien sea, en el núcleo de la pareja.
Esto pone en evidencia una flexible capacidad de asunción de roles diferentes en el seno de una misma pareja.
Cuestión de talla.
La idea de la relación sexual como un intercambio comercial es fundamental para el mito genital. Cualquiera de nosotros rechazaría admitir que nuestra última relación sexual ha sido un intercambio comercial. A pesar de esta lícita afirmación de autodefensa, hemos de tener en cuenta que la idea que se nos vende es que podamos tener relaciones sexuales con una
otra persona sólo si tenemos la talla adecuada. Los factores de evaluación de esta "talla" son variables, desde los factores espirituales a un determinado grado de inteligencia, pasando por el atractivo físico y, como no, el potencial económico. Evidentemente, hay muchos más factores, pero no es el caso hacer ahora un pormenor de los mismos. La publicidad y la industria del consumo hace necesaria esta ortodoxia de las relaciones sexuales. Para vender, se hace necesario que determinadas partes consideradas "más importantes", sean accesibles o potencialmente accesibles. Forma parte de la técnica de venta (lo que normalmente hemos llamado "seducción"). Las personas transexuales de ven igualmente influenciadas por estas normas ortodoxas, de modo que se hace necesario, por el bien de la propia integridad humana, emocional, mental y espiritual, enterarse de cuáles son estos mecanismos.
Para vender, se utilizan imágenes - de hombres y mujeres - que condicionan nuestra forma de relacionarnos con el mundo, la manera de expresar nuestra disponibilidad o nuestra no disponibilidad y, en caso afirmativo de disponibilidad, en el modo cómo damos a entender el potencial sexual del que disponemos. Es decir, ponemos a la venta nuestros atributos sexuales
como expresión de nuestro género.
Evidentmente, el celibato tiene poco que ofrecer.
El modelo de orgasmo obligatorio nos pone a todos contra la pared y, a las personas en un proceso de transexualidad, doblemente. De este modo se provoca lo que podríamos llamar "nerviosismo sexual": ¿lo hago lo suficiente? ¿lo hago suficientemente bien? ¿llega, mi pareja, al orgasmo? ¿recibe todo lo que desea? ¿soy suficiente para mi pareja? Todas estas preguntas condicionan nuestro ser - nuestro ser inmaculado, diría - abaratando todo lo que somos y como si, de golpe, el sexo determinara todo el resto de lo que somos.
Sobre todo en el caso de una persona transexual, creo que la búsqueda de la propia dignidad es una lucha sine qua non.
La tiranía del orgasmo tiene repercusiones mucho importantes en las parejas homosexuales y en las personas transexuales, puesto que el deseo sexual y las pautas de comportamiento no siempre están regidas por las mismas reglas que en el caso de las parejas heterosexuales "clásicas" (permitidme la licencia). Hagamos el amor con quien lo hagamos, la mayoría de
actividades sexuales se ven condicionadas por el contexto y las circunstancias del encuentro, donde uno de los miembros de la pareja asumirá el rol dominante. En el caso de una pareja homosexual, y también en el caso de una persona transexual, este rol no siempre es asumido de igual forma.
Esto implica, en la persona transexual, que a veces se haga necesario adoptar un papel de sumisión y, otras, un papel de dominancia, poniendo en jaque mate, según como se vea, la propia lucha por el establecimiento de una identidad de género y, sobre todo, rompiendo los moldes que a menudo lo encarcelan. Este hecho, que puede parecer insignificante, tiene una
gran importancia por cuanto supone una adopción de roles que facultan a estas personas con una mayor sensibilidad, flexibilidad y conciencia. Esto hace, sin duda, evolucionar el criterio de género y la asunción de roles. Nos encontramos, pues, en este sentido, con una población mucho más adulta psicologicamente, socialmente y emocionalmente.
Porque este juego de roles sexuales y, en consecuencia, las pruebas sucesivas a las que se somete la identidad de género, hace que las personas de la pareja (sexual) se conviertan en independientes y interdependents.
La "cosa" sexual.
Vivimos en una sociedad con un alto grado de obscenitat elástica: mientras decimos que la violencia es denigrante, producimos, compramos y consumimos películas, programas de TV y publicidad dónde esta violencia (sexual) viene implícita.
Las fotografías de mujeres y hombres a punto o tras tener un orgasmo no llenan sólo las películas, sino también las vallas publicitarias, la etiqueta del vestido que nos compramos y la marca de cosméticos que usamos. No estoy diciendo que se haya que estar en contra, ni mucho menos. Lo que digo es que este hecho nos afecta a la hora de escoger como nos mostramos (ya sea por aceptación, ya sea por rechazo) originando todo tipo de tribus urbanas, grupos sociales, clubes, colectivos y familias de intereses comunes. Y esto, evidentemente, afecta a la manera en que expresamos públicamente nuestro género.
Como consecuencia, vemos crecer grupos sociales - por ejemplo las drags queens - que buscan nuevas propuestas provocativas, que pretenden romper moldes (romper géneros dicen algunos y algunas, pero es sólo una rotura de moldes sociales lo que provocan, no de géneros). La propuesta que hacen utiliza los mismos mecanismos que otras veces utilizaron diferentes colectivos sociales para denotar su "diferencia".
Pero tengamos en cuenta que esto no es una expresión de género, sino de "diferencia social". Se utilizan, si, los mensajes de género como sustento teórico y ético, como otras veces habían sido los mensajes sociales, políticos o religiosos.
El sexo sigue siendo el mito de nuestra sociedad, ahora más que nunca, por esto son estos códigos de expresión de género (tan aprovechados por la publicidad y el cine) los que son utilizados para "romper" la sociedad y hacerla evolucionar. En este sentido son, efectivamente, provechosos.
Mientras tanto, ni siquiera estos grupos se salvan del mensaje que dice que, para ser atractivo/va hace falta estar delgado/a y tener un cuerpo de adolescente. El mensaje, generalizado para todo el mundo pero especialmente efectivo en la población de menor edad, propugna que hace falta morirse de hambre para resultar atractivo/va. El subtexto es que las
industrias dietéticas y cosméticas necesitan vender más.
La cosificación de la persona es, hoy, un hecho de nuestra sociedad. Algo que no se encuentra en sociedades primitivas (por nombrar sociedades que puedan, hoy todavía, estar más o menos ajenas a nuestras pulsiones angustiantes). No es de extrañar que, en estos situaciones, se acabe por odiar, más que amar, al propio cuerpo (en un ámbito subconsciente). Las definiciones negativas de lo que no somos coartan nuestra libertad.
También nuestra libertad a la hora de expresar nuestra identidad de género.
También nuestra libertad sexual.
Pensemos en qué medida nos sentimos libres a la hora de relacionarnos sexualmente, o a la hora de expresar públicamente nuestra identidad de género. Pensemos en qué nos afecta a la hora de escoger si nos ponemos uno u otro vestido, unos jeans o un traje de chaqueta, unos pendientes o unos anillos, un maquillaje o ningún maquillaje, una colonia o un esmalte de
uñas, una ropa interior o una corbata, una chaqueta de piel o unos zapatos, un reloj o un determinado peinado.
Reflexionemos, por ejemplo, en los modelos de belleza femenina que tantas y tantas páginas web de transexualidada promueven. Observamos por qué tipo de mujer "socialmente aceptable" se decantan: el modelo es una mujer con vestido largo, ajustado, preferentemente negro, de noche, con pendientes, collar de perlas o de imitación, anillos, maquillada, peinada... que viste de esport los fines de semana, y esto significa llevar un polo de colores pastel, un pullover,
probablemente juega a tenis o hace deporte y no deja el maquillaje ni que la maten. Si yo, por ejemplo, tuviese que ceñirme a este patrón de feminidad, por poner un ejemplo, para de este modo poder expresar mi género, me sentiría como un papagayo. En cambio, el modelo que quizás más se acercaría a mi estilo, más alternativo, cómodo, urbano y, a mi entender,
cosmopolita, no forma parte de los códigos sociales aceptados de expresión del género femenino. No obstante, si nos fijamos en las mujeres que nos rodean, encontraremos igual cantidad de ellas en ambos bandos.
Con esto lo que quiero decir es que hace falta ir con mucho cuidad a la hora de "cosificar" el modo en que nuestra identidad de género se expresa. Porque en la medida en que no lo controlemos y nos dejemos llevar por las corrientes sociales convencionales, caeremos en más y más trampas. Y la trampa principal son nuestras relaciones sexuales, como las tenemos, como las disfrutamos y como las ponemos en juego. Que seamos mujeres o hombres plenamente conscientes, capaces de una perfecta expresión de nuestro género, ya sea en nuestras relaciones sexuales, ya sea en nuestras relaciones laborales, depende exclusivamente de la manera como "cosifiquemos" nuestro género. Es decir, de la manera en que lo hagamos
consciente y lo mostremos.
Y esto, en el colectivo trans, tiene todavía otra ramificación importante: los órganos sexuales. Porque una de las fases importantes es la cirugía de reasignación genital, incluyendo la cirugía de pechos (ya sea que los eliminemos, ya sea que los construyamos). Sin duda, la realidad genital es un de los mitos y tabúes más fuertes todavía existentes en el colectivo trans, hasta el punto que es visto cómo un objetivo a superar. No estoy haciendo una advocació a favor ni en
contra. Simplemente creo que es un punto a considerar, sobre todo porque físicamente es violento, pero también porque cada cual tendría que saber evaluar hasta qué punto responde a razones sociales, estéticas o psicológicas. El punto clave sería la respuesta individual y sincera pregunta de como este hecho, la cirugía, nos convertirá en más o menos hombres o en más
o menos mujeres y como esto hará que nuestra identidad de género pueda expresarse con más claridad.
Pero debemos saber exactamente hasta qué punto contestamos a esta pregunta afectados por los condicionamientos sociales.
Por supuesto, se trata de respuestas individuales. No generalizables. Cada persona es un mundo y no puede frivolizarse al respecto.
Sin embargo, otros estadios de la evolución humana, desde un punto de vista antropológico, histórico y cultural, han traído también otras modificaciones del cuerpo humano que después han sido consideradas aberraciones: desde una cliteridectomía, al atado de pies en las mujeres chinas con el objetivo de que no crezcan y tan sólo porque se consideraban más femeninos, la separación de las vèrtebres cervicals en mujeres de determinados pueblos de África mediante
collares cada vez más numerosos, el limado de dientes, la perforación de partes del cuerpo o la blancura de la piel. Incluso hoy en día algunos cirujanos siguen practicando la episiotomía en muchas mujeres europeas durante el parto, o incisión quirúrgica del perineo, con el objetivo de aumentar el tamaño de la vagina para facilitar el parto y provocar que luego ésta quede más estrecha, aumentando, de este modo, la sensibilidad del hombre durante el coito. No quiero entrar en comparaciones, sobre todo porque algunos de los ejemplos que he citado son aberrantes. Sólo pretrndo promover la reflexión de hasta que punto decidimos y actuamos llevados por el deseo de expresión de género y hasta qué punto lo hacemos llevados por convencionalismos culturales (sexuales).
Como conclusión.
Participamos de la vida y la vida nos participa. Es una pulsación que nos recorre. Hay una parte de nosotros, una parte de esta vida, que se manifiesta en el sexo. Hay una parte erótica, sin embargo, una parte vital, existencial, psicológica y espiritual, o como queramos llamarle, que se expresa más allá del sexo y que forma parte inseparable de nosotros, de nuestras experiencias y, en definitiva, de lo que somos. Esta erótica, esta esencia, este pensamiento, este sentimiento, somos nosotros mismos, y todo esto se manifiesta en profundas relaciones de amor.
El vehículo, si así lo queremos, es el sexo. Y el lenguaje es la identidad de género.
Creo que hay una fuerte relación entre la manifestación del erotismo y la identidad de género.
No obstante, creo que el sexo se ve muchas veces condicionado por patrones de conducta social que no siempre se corresponden con nuestra identidad de género y que, por lo tanto, dificultan su expresión, la expresión de nuestro yo interior.
El erotismo, del mismo modo que otras tantas expresiones de nuestro ser, puede ser también una plegaria.
Deberíamos procurar ser conscientes de como expresamos nuestra identidad de género y de como nos vemos afectados/das por los patrones sexuales, sociales y culturales, de modo que nuestra persona no se vea debilitada, sino reforzada. La lucha por esta identidad - la identidad de género - forma parte también del camino que cada día recorremos.