1- Introducción
1.1- Dimensiones frecuentemente olvidadas de la precariedad
Antes de nada, nos gustaría hablar del porqué de este “materiales de reflexión”. Nuestras intenciones al lanzarnos sobre estos espinosos temas de la sexualidad y la identidad de género son varios. Nos gustaría, en lo que podamos, contrarrestar la invisibilidad generalizada de todas aquellas personas que rompen con las normas relativas al género y la sexualidad. También queremos avanzar en la interrelación de cuestiones que, habitualmente, se consideran como más “materiales”, “económicas”, “públicas”... (la precariedad) con otras que suelen quedar en el terreno de lo “privado”, lo “personal” (la identidad de género, la sexualidad...), profundizando, por tanto, en esa visión amplia de precariedad en la vida. Además, pensamos –y esa es la idea que queremos transmitir- que toda persona que se desvía del modelo social normativo (hombre biológico, blanco, occidental, heterosexual, sin discapacidad...) tiene un mayor riesgo de precariedad vital; que puede implicar un reforzamiento de ciertas dimensiones de la precariedad (por ejemplo, la laboral), o la aparición de dimensiones específicas de la precariedad (por ejemplo, el estigma de la gente trans, o el estigma de la puta a tantas mujeres hetero).
Este texto sería imposible sin una noción de la precariedad en la vida que vaya “más acá” de los mercados y el empleo. Precariedad implica un déficit en derechos y recursos que permitan nuestro desarrollo pleno como sujetos. Y, entre las diversas dimensiones de la precariedad, está la precariedad psico-socio-afectiva, la cual se refleja en la percepción de nosotras mismas y las relaciones sociales y afectivas que vivimos. Formas específicas de este tipo de precariedad acompañan siempre a la ruptura de la normativa sobre sexo/género/sexualidad. Pero esta ruptura puede tener también implicaciones en esas otras dimensiones más clásicas de lo laboral o las prestaciones sociales. En general, una noción central de este texto es la creencia en que la negación del derecho a la diversidad sexual y de género es una dimensión fundamental de esa negación de derechos que conforma la precariedad.
No pretendemos extraer grandes conclusiones, ni sentar bases; pretendemos abrir una temática generalmente tratada desde la religión, la medicina, la sexología y la investigación feminista a un contexto político social de lucha contra la precariedad que nos afecta a todas y todos. La escisión de “lo público y “lo privado” implica relaciones de poder, de afecto, libertad y desigualdad de derechos. “Lo subjetivo” es política. Hablar de lucha contra la precariedad en estos términos implica sentirnos cada persona con la “autoridad” suficiente para repensar y cuestionar las cosas que, desde nuestra educación patriarcal, asumimos como normales o naturales.
1.2- Transgresiones diversas, pero no idénticas
Somos conscientes de la confusión a la que puede inducir el que agrupemos juntas cuestiones que merecerían un tratamiento específico. No puede equipararse el hecho de transgredir la norma de la identidad de género (ser transexual), la norma heterosexista (ser gay o lesbiana o bi), o los roles supuestamente apropiados a una mujer hetero (no ser una mujer-mujer). Tampoco las luchas son las mismas. Probablemente deberían serlo, pero políticamente no se articulan unidas; por ejemplo, los objetivos de la comunidad trans no siempre han sido ni son aceptados por la gente gay; además, hay cuestiones de poder fundamentales, como entre gays y lesbianas... Sin entrar a fondo en este debate, señalemos que no todo lo que “suene a sexo” es lo mismo.
Sin embargo, lo agrupamos; porque es un primer acercamiento a las interrelaciones entre la precariedad y las rupturas varias de la normativa que regula la relación “adecuada” entre sexo/género/sexualidad. Y porque la base de la opresión es común: un sistema patriarcal y falocéntrico que establece un modelo bipolar de sexos y de géneros, con una relación unívoca y estática entre el sexo y el género y que impone la heterosexualidad como norma para la relación entre las personas.
En ese sentido, nos gustaría colaborar en la desestabilización de las categorías insistentemente bipolares en las que este sistema nos obliga a movernos: sexo biológico masculino o femenino; identidad de género hombre o mujer; expresión de género masculina o femenina; orientación sexual atracción hacia las mujeres o hacia los hombres. Y si, en todas las categorías, estás indudablemente en la primera casilla, enhorabuena, eres un hombre “normal”; si en la segunda, enhorabuena también (aunque menor) eres una mujer “normal”. Pero, si te has cruzado de la primera a la segunda... ¡problema! los cruces son trasgresiones de la norma. Sin embargo, ya que no entras en la norma, al menos sitúate en la negación de la norma. O eres mujer biológica o eres hombre biológico, la intersexualidad es una malformación; y, si no lo eres biológicamente, constrúyete, ¿qué es esto de pedir que se te reconozca como hombre y no ponerte un falo?. O eres hetero o eres lesbiana. Y, sin embargo, ¿cómo se define tu homosexualidad? ¿Porque te acuestas con mujeres, porque te gustaría acostarte con mujeres, porque tu entorno afectivo son mujeres, porque...? ¿Y por qué has de definirte? Has de definirte porque negar la diversidad sexual no es sólo negar a quien no entra en los cánones, sino establecer esas dicotomías rígidas imposibilitando el jugar con los intermedios, situar las identidades en los polos. Y todo ello genera precariedad. Por eso, aunque aquí usemos esas categorías cerradas: mujer/hombre, homosexual/heterosexual, etc., no queremos hacerlo sin avisar antes de su falsedad e incluso, de su peligrosidad.