Entre las décadas de los 30 a los 60, se suponía que las personas transexuales experimentaban un estado físico congénito y que, tras la intervención clínica adecuada, obtendrían reconocimiento y derechos civiles completos en su verdadero género. Sus partidas de nacimiento podían ser corregidas, podían casarse si lo deseaban, y vivir una vida, por lo demás, corriente. A finales de los 60, sin embargo, dos sucesos aislados produjeron un cambio enorme en esta situación.
Primero, e irónicamente, al mismo tiempo que se descriminalizaba la homosexualidad en el Reino Unido, en 1967, en los Estados Unidos, John Money anunció que había resuelto el dilema de si era la naturaleza o la educación el determinante de nuestro sexo. Un niño que había sufrido graves daños en el pene durante la circuncisión, había sido reasignado como mujer, sin informarle nunca de este hecho, y educado como niña. Money, un autodenominado "Misionero del Sexo", anunció después de un largo seguimiento, que la niña se había adaptado con éxito a su nuevo rol y que, por tanto, era la educación y no la naturaleza quien determinaba el sexo de las personas. Increiblemente, con la base de un único caso, extrajo esa conclusión. Estaba claro por analogía que la transexualidad no era congénita, y que las personas transexuales deberían responder a la educación si ésta fuera suficientemente persistente y firme.
Segundo, en 1970, el caso de Corbett contra Corbett "criminalizó" a las personas transexuales, eliminando el reconocimiento de su status civil. El efecto de ese juicio fue comparable al efecto de los juicios de Oscar Wilde y de Radclyffe Hall: produjo "una imagen clara y precisa" de la comunidad trans, un "injerto de un estrecho margen de significados culturales" en el cuerpo ostensiblemente homogéneo de las personas trans. A ojos de la Sociedad, las personas transexuales serían siempre mujeres trans (así los hombres trans resultaban invisibles) y las mujeres trans serían, en términos de la justicia, "una ficción de hembra", un tipo de elegante drag-queen, una figura de diversión. Consecuentemente, las personas transexuales ya no podían modificar sus partidas de nacimiento, no podían casarse, ni adoptar, y eran enviadas a la prisión del género equivocado (donde eran violadas por internos y celadores con regularidad) y se convirtió en costumbre perder su empleo tan pronto como su condición era descubierta, tanto antes como después del diagnóstico. De modo irónico, en 1980, cuando la homosexualidad fue eliminada del Manual Diagnóstico y Estadístico de las Enfermedades Mentales (DSM) que elabora la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, la transexualidad fue incluída en el mismo, para confirmar desde la medicina esta nueva situación legal.
La primera reacción de la comunidad trans del Reino Unido fue desmoronarse, y la segunda, organizarse. En 1986, falló el primer intento de obtener la modificación de la partida de nacimiento en el Tribunal Europeo de los Derechos Humanos, como sucedió con el segundo en 1990, el tercero (en el Tribunal Superior) y el cuarto, ambos en 1998. Pero a comienzos de los 90, los grupos de autoayuda colaboraron para formar un gran lobby central, Press for Change, y poco después se fundó el Foro Parlamentario sobre Transexualidad. Estas dos organizaciones reunieron a expertos legales y médicos y parlamentarios favorables, y entre ellos ejercieron una fuerte presión para cambiar la situación.
La primera victoria llegó en 1996, cuando prosperaron dos casos que sentenciaron que las personas transexuales tenían derechos laborales por primera vez en casi treinta años. En 1996, la Alianza del Genero y Sexualidad elaboró las pautas para el Servicio de Prisiones para el tratamiento de presos transexuales y, en 1998, una sentencia del Tribunal Superior decidió que las autoridades sanitarias debían incluir el tratamiento de la transexualidad en el Sistema Nacional de Salud: hasta entonces la norma era que cada persona pagase su propio tratamiento a través de la medicina privada, algo particularmente difícil a causa de la generalización del desempleo.
Coetáneamente, en 1998, en los Estados Unidos, el Profesor Milton Diamond descubrió el verdadero resultado de la investigación de John Money: el niño que había sido reasignado como niña, nunca había sido feliz en el rol de género femenino; siempre había sentido su género como masculino, a pesar de su educación y tratamiento conhormonas femeninas, y tan pronto como pudo, fue reasignado a su verdadera identidad masculina original. Las conclusiones de la investigación de John Money revelaron su extrema inexactitud, pero no antes de que una generación de especialistas hubiera sido mal encauzada por alguien que, para muchos de ellos, fue mentor y experto preeminente. Desde el punto de vista de las personas transexuales, por supuesto, una generación de pacientes había sido tratada de forma inadecuada e inhumana.
Un número importante de cuestiones transexuales, por tanto, se centra en la identidad personal: en términos médicos, las investigaciones recientes respaldan la opinión de que la transexualidad es una forma de intersexualidad, que depende de la organización prenatal del cerebro. La investigación se ha hecho en pequeña escala y no puede ser reproducida fácilmente; pero por otra parte, no ha sido refutada y se ha visto reforzada por una profusa experimentación con animales; y concuerda con la propia experiencia de muchas personas transexuales. Por ello, algunas personas trans dicen pertenecer a un tercer sexo; otras escogen una postura trans; mientras otras se ven a sí mismas como otra persona, con la que se cometió un error de asignación de género en el nacimiento: un error inevitable, dado que el género es determinado por los genitales externos, pero un error no obstante.
Las objeciones a las actitudes, procedimientos y prácticas clínicas que hace la comunidad trans, no son nuevas, en general, representan prácticas que ya han sido desacreditadas hace una generación. Estas objeciones incluyen la inferencia de que la transexualidad es una enfermedad mental, motivada por su presencia en el DSM; y una persistente asociación --aunque infundada-- entre transexualidad y pedofilia, como antes la hubo de forma igualmente infundada entre la homosexualidad y la pederastia.