Es fin de junio. Llego a un hogar en un barrio obrero del centrooeste de los Estados Unidos. En el jardín de adelante veo una bicicleta tirada ; hay un Toyota de segunda mano, modelo 89 estacionado contra el cordón de la vereda. Dentro de la casa, en un rincón del living, sobre una cómoda de madera hecha a mano, aparece el testimonio de una vida familiar normal: fotos de casamiento y retratos escolares, figuras de porcelana y recuerdos de viajes realizados en familia. Hay una mesa de café antigua, un sillón raído y un sofá en el que elige sentarse mi anfitrión, un joven de campera de jean y botas de trabajo. Tiene 31 años, pero parece que fuera 10 años menor, en parte por su barba rala –unos vestigios de pelo rubio que asoman en la mandíbula, y por cierta delicadeza en sus pómulos prominentes y en su mentón alargado.
Fuera de eso, tiene toda la apariencia de lo que efectivamente es: un operario de fábrica, un hombre con estudios secundarios cuyos mayores placeres son ir a pescar con su padre al río cercano los fines de semana y comer un asado en el patio de atrás con su esposa y sus hijos.
Es un joven por lo general sencillo y afable, pero deja de sonreír cuando la conversación vira hacia su niñez. Entonces su voz baritona, algo borrosa, adopta un matiz de pesadumbre y enojo, o el tono casi suplicante de una persona desesperada por comunicar emociones que él lo sabe su interlocutor apenas podrá comprender. No está claro ni siquiera cuánto comprende él de estas emociones: cuando describe los hechos que ocurrieron antes de que cumpliera 15 años, tiende a obviar el pronombre yo de sus frases, reemplazándolo por un vos más distante, casi como si estuviera hablando de otra persona, de alguien totalmente difrente. Lo que, en cierto modo, es verdad.
"Fue como un lavado de cerebro", dice, mientras enciende un cigarrillo. "Daría cualquier cosa por que me hicieran hipnosis para bloquear todo mi pasado. Porque es una tortura. Lo que te hicieron en el cuerpo a veces es menos grave que lo que te hicieron en la mente, esa guerra psicológica en tu cabeza"
Se refiere al extraordinario tratamiento que recibió cuando tenía tan solo ocho meses, luego de sufrir la pérdida completa de su pene debido a una circuncisión mal realizada. Siguiendo el consejo de los.expertos del conocido centro médico Johns Hopkins, de Baltimore, se le realizó una operación de cambio de sexo; el proceso incluyó una castración clínica y otras cirugías a los genitales cuando era bebé, seguido de un programa de acondicionamiento social, mental y hormonal que duró doce años con el objetivo de que la transformación se produjera en su psiquis. El caso fue considerado un éxito sin precedente y el paciente se convirtió en uno de los más famosos ( si bien anónimo) en los anales de la medicina moderna.
Esta fama se debió no sólo al hecho de que su metamorfosis médica fuera el primer cambio de sexo registrado en un niño que se estaba desarrollando de manera normal, sino también a una insólita casualidad estadística que le dio al caso una trascendencia especial. Tenía un hermano gemelo, que sirvió de control ideal para el experimento: un clon genético que, con el pene intacto, fue criado como varón. El hecho de que todos los informes aseguraran que los gemelos vivían una infancia feliz, bien adaptada, como niños de sexo opuesto, parecía una prueba irrefuta ble de que la crianza prevalece por sobre la biología en lo que hace a la diferenciación de los sexos, e introdujo cambios fundamentales en los libros de texto, en una amplia gama de disciplinas médicas. Lo más grave es que el caso sentó un precedente para la realización de reasignaciones de sexo como tratamiento estándar en miles de recién nacidos con genitales similarmente dañados, o anómalos. También se convirtió en una piedra fundamental para el movimiento feminista durante la década del 70, cuando se lo citaba como la prueba viviente de que la diferencia entre los sexos se debe exclusivamente al acondicionamiento cultural, y no a la biolgía. Para el doctor John Money, el médico psiquiatra que orquestó el experimento este caso sería el triunfo más celebrado públicamente en su carrera de cuarenta años, una carrera que recientemente le valió una distinción como "uno de los más grandes investigadores del siglo en el campo del sexo".
Pero la sola existencia de este joven que tengo frente a mi sugiere que el experimento fue un fracaso, lo que fue revelado en un artículo publicado en marzo de 1977 en los Archivos de medicina pediátrica y adolescente (Archives of Adolescent and Pediatric Medicine). Sus autores (Milton Diamond, biólogo de la Universidad de Hawaii, y Keith Sigmundson, un psiquiatra proveniente de Victoria, Columbia Británica) documentaron la manera en que, desde el principio, el gemelo luchó contra la condición de niña que se le había impuesto. El trabajo provocó conmoción en los círculos médicos de todo el mundo y se generaron debates apasionados en relación con la práctica de reasignación de sexo (un procedimiento más común de lo que cualquiera podría imaginar). También provocó inquietantes preguntas respecto a la forma en que se informó el caso en primer lugar: por qué se tardó veinte años en realizar un seguimiento y revelar el verdadero desenlace, y por qué dicho seguimiento no fue realizado por el doctor Money sino por investigadores externos. Las respuestas a estas preguntas son fascinantes por lo que sugieren acerca de los misterios de la identidad sexual, pero también traen a la luz una rivalidad de treinta años entre eminentes investigadores del campo de la sexologia, una rivalidad tan encarnizada que no sólo llevó a que se revelara de este modo esta tragedia médica tan inquietante, sino que también es posible que haya sido el móvil inicial del experimento.
Pero lo que para la medicina fue un escándalo público de enorme importancia que involucró a algunos de los nombres más reconocidos dentro del mundo de la sexologia, para este joven que está sentado frente a mí fue una catástrofe estrictamente privada. Aparte de dos breves apariciones en televisión (con la cara a oscuras y la voz distorsionada) nunca habló oficialmente con un periodista y nunca antes contó su historia completa. Para este artículo se prestó a más de veinte horas de entrevistas francas y firmó cláusulas de confidencialidad, otorgándome acceso exclusivo a una voluminosa recopilación de documentos legales, notas de terapeutas, informes de la Child Guidance Clinic, pruebas de coeficiente intelectual, historias clínicas y evaluaciones psicológicas. Me ayudó a obtener entrevistas con sus antiguos terapeutas, así como también con todos los integrantes de su familia, incluido su padre, quien, debido al dolor que le causaron estos hechos, no había hablado de ellos con nadie en más de veinte años.
La única condición que impuso el joven para hablar conmigo fue que yo no revelara algunos detalles de su identidad. Por lo tanto, no divulgaré el nombre de la ciudad en que nació y se crió, y donde aún sigue viviendo, utilizaré seudónimos para sus padres, a los que llamaré Frank y Linda Thiessen, y para su único hermano, su gemelo, al que llamaré Kevin. Identificaré a los médicos de su ciudad natal por sus iniciales. Al joven que protagonizó los hechos lo llamaré, de acuerdo con las circunstancias, John y Joan, el mismo seudónimo que utilizaron Diamond y Sigmundson en el artículo periodístico que describe la macabra doble vida que se le obligó a vivir. Ningún otro detalle está cambiado.