|
2. La cadena simbólica (agradecimientos a Olga Viñuales) Ni siquiera teóricamente, la mayoría de los autores que escriben o disertan sobre la transexualidad, intersexualidad, identidad y orientación sexual se plantean el enorme cúmulo de errores que derivan de confundir alguno los 5 elementos de la cadena simbólica:
Realidades independientes (aunque concomitantes) | ◄·· / ··► | Anatomía sexual / sexo genético | XY(varón) | | XX(hembra) | Identidad de género | Hombre(masculina) | | Mujer(femenina) | Rol de género | Hombre(masculino) | | Mujer(femenino | Orientación sexual | Ginefílica | | Androfílica | Prácticas sexuales | Activas | | Pasivas | | ÈHombre prototipo | | ÈMujer prototipo |
A la luz de esta tabla, podemos visualizar las características del hombre y mujer prototípicos. Si considerásemos que las cinco realidades deben ir unidas, el Hombre Prototípico debería tenerlas todas definidas en la columna de la izquierda, y la Mujer Prototípica en la derecha. Evidentemente no es así, y está comúnmente aceptado —por ejemplo— que la orientación sexual androfílica de un varón (es decir, de un hombre gay) no implica una identidad o rol de género femenino, ni que sus prácticas sexuales sean necesariamente pasivas. De igual modo, también se acepta que una mujer androfílica (heterosexual) pueda ser activa en sus prácticas sexuales, sin que ello cuestione su identidad o rol de género femenino. Sin embargo, ¿está igualmente claro que una persona transexual (de sexo e identidad no coincidentes) pueda tener una u otra orientación sexual? ¿Se concede a las personas transexuales el mismo abanico de combinaciones en estas realidades que, por ejemplo, a los gays o lesbianas, a pesar de no ser hombre ni mujeres prototípicos según las convenciones tradicionales? En efecto, las personas no transexuales, tanto heterosexuales como homosexuales, no se plantean una divergencia entre el sexo anatómico y la identidad de género, ya que en ellos coinciden siempre, pero en cambio no tienen ningún problema en aceptar y comprender —por ejemplo— que una mujer, aunque lesbiana, puede tener un rol de género femenino, o que un gay, por mucho que mantenga relaciones íntimas con otros hombres, sea sexualmente activo. Por tanto, para comprender los diferentes raseros con que se "mide" a una persona transexual de la que no lo es, tenemos que analizar minuciosamente las realidades que le afectan más directamente: sexo, identidad de género, sexualidad y rol de género. 2.1. Sexo y género Consideramos suficientemente demostrado que el sexo anatómico y la identidad de género son tan independientes como biológicamente determinados. Las similitudes entre intersexualidad y transexualidad, aunque hasta hoy poco estudiadas y aceptadas, son flagrantes y fácilmente demostrables. Es tan innegable que existe un núcleo cerebral que determina la identidad de género independientemente de los órganos genitales, como que Jaime Lee Curtis (de genotipo XY) es una mujer y no "otra cosa". Esta evidencia, por mucho que se ignore o minimice desde la comunidad científica —también desde la profesión médica—, y que es avalada por toda la documentación histórica que coloca el género y el sexo en dos planos independientes, nos permite afirmar hoy, sin la menor duda, que el género de los seres humanos no depende ni deriva de sus genitales, y que no existe ninguna contradicción intrínseca ni malestar personal permanente en el hecho de ser transexual o intersexual, más allá de las dificultades que podemos encontrar por ser diferentes a nuestros coetáneos. Sin embargo, la confusión es todavía moneda corriente. Al contrario que las civilizaciones antiguas, e ignorando todo lo que se oponga a la doctrina occidental, se identifica lo claramente diferenciable y diferenciado, distinguiéndose lo afín. Aún hoy, es casi imposible evitar que se describa la transexualidad por la tan manida y equívoca frase de "ser hombre y sentirse mujer / ser mujer y sentirse hombre". Esta frase coloca explícitamente la esencia objetiva ("ser") en los genitales de nacimiento y relega la identidad de género a un mero e invisible "sentimiento subjetivo". Asimismo, se utiliza la palabra transexual como sustantivo, en el mismo plano que hombre o mujer, estableciendo así que una persona transexual pertenece necesariamente a un tercer sexo —o género—, pero nunca una mujer u hombre con una sencilla particularidad genética que podría designarse con el adjetivo transexual. Incluso los psiquiatras se resisten a firmar informes que utilicen el término "mujer / hombre transexual", porque sólo quieren (o saben) hacer alusión a su genética o anatomía originales, evitando así referirse al verdadero género del sujeto interesado. En realidad, el primer "culpable" de esta terminología, que sigue encerrando a las personas transexuales en su sexo anatómico, es el Doctor Harry Benjamin, que en 1953 utilizó por primera vez el término "transexual". En The Transsexual Phenomenon (1966) Benjamin designa a las mujeres de sexo anatómico masculino (mujeres XY) por el término "hombres transexuales", y a los hombres de sexo anatómico femenino (hombres XX) los llama "mujeres transexuales". Todavía hoy, casi 40 años después, los médicos siguen aferrándose literalmente a esa terminología, en lugar de atenerse a su espíritu, negándose a renovarla en consecuencia. El argumento esgrimido, citando a la Doctora Esgueva, Directora de la U.T.I.G. del Hospital Carlos Haya de Málaga, en una intervención académica profesional, "las convenciones terminológicas están por encima de cualquier otra consideración y no pueden cambiarse" (sic). Si esto fuera cierto, nos preguntamos por qué los médicos contemporáneos ya no denominan mongólicos a los que presentan trisomía 21 (o Síndrome de Down). Además, según explicó Esgueva más adelante, como la ciencia debe ser objetiva, el único dato aceptable para designar a las personas transexuales es el sexo anatómico, y otros médicos me han reiterado su asentimiento con ese criterio. Sin embargo, ninguno me ha explicado aún por qué no se realiza de oficio la prueba del cariotipo a las personas transexuales en ningún momento de su atención clínica. ¿O es que la selección de las realidades objetivas también es necesaria? ¿Según qué criterios se hace esa selección? También se ponen en duda —médicos incluidos— los trabajos del Centro de Investigaciones del Cerebro de Ámsterdam, entre otras cosas por considerar que el número de cerebros estudiados no es representativo de la población transexual. Curiosamente, si nos atenemos a las cifras de Prevalencia de la Transexualidad de la Clínica del Género de Ámsterdam, el número total de estos cerebros representa el 2% de la población transexual holandesa. Si debemos aceptar que esta proporción es insuficiente, habría que preguntarse cuántos cientos de miles de pulmones cancerosos habrán sido estudiados para poder establecer una relación de causa a efecto entre el consumo de tabaco y el cáncer de pulmón, dado que la proporción aceptable debería superar con mucho ese 2% que se considera insuficiente en el caso de la transexualidad. ¿O es que los criterios son diferentes según de qué fenómeno se trate? Por si fuera poco, los textos legales, médicos, los medios de comunicación, y por descontado la opinión pública, siguen utilizando la expresión "cambio de sexo" en lugar de referirse a la reasignación de género. El error de seguir diciendo cambio de sexo es doble. Primero, porque suele aludir exclusivamente a la cirugía genital, que no es más que una pequeña parte del proceso mucho más extenso de reasignación de género, que consta de integración social (adopción del rol de género), terapia hormonal y finalmente —aunque no necesariamente— cirugía reparadora. Segundo, porque el sexo no cambia: se pueden alterar algunos rasgos sexuales secundarios y sustituir unas hormonas por otras, pero los rasgos primarios y la capacidad reproductora no son modificables de manera alguna. Mientras se sigan utilizando expresiones tan inexactas con respecto al sexo y al género, seguiremos sin poder divulgar la verdadera naturaleza de la transexualidad. En aras de la divulgación se puede acuñar una terminología accesible al gran público, pero no a costa de reducir la verdadera naturaleza del fenómeno a unos hechos parciales y sesgados. Así pues, entre el desconocimiento general de la población, la extensión de los prejuicios ideológicos y la confusión terminológica que ni siquiera los presuntamente expertos parecen querer remediar o escuchar sugerencias, el fenómeno de la transexualidad, en realidad tan sencillo, sigue siendo casi tan desconocido como hace 1500 años, sigue sufriendo casi el mismo rechazo social, y sigue siendo tratado como enfermedad mental. Más adelante, analizaremos los motivos por los que la medicina y la sociedad aún siguen considerando a las personas transexuales como psíquicamente trastornadas, cuando lleguemos a nuestra particular "batalla" con los roles de género. 2.2. Orientación sexual y prácticas sexuales En cuanto a la orientación sexual y prácticas sexuales de las personas transexuales, la confusión es aún mayor, más profunda, más extensa, incluso más ofensiva si cabe. Hasta hace muy poco tiempo, algunos manuales médicos aún consideraban la transexualidad una consecuencia directa de la homosexualidad, en consonancia con la creencia popular de que si un hombre era extremadamente afeminado, o una mujer se mostraba más masculina de lo normal en su identidad, podría desear "lógicamente" pertenecer al sexo opuesto. Con una total ausencia de espíritu crítico, los psicólogos y psiquiatras americanos de los años 60 y 70, entre ellos Robert Stoller, sentaron doctrina a partir de las recurrentes biografías personales recogidas de sus pacientes transexuales. Todas las mujeres transexuales, sin excepción, habían deseado desde le infancia ponerse ropa de niña, habían jugado con muñecas, y desde la adolescencia se habían sentido atraídas por los hombres. Ninguno de esos presuntos expertos jamás sospechó que esas biografías personales habían pasado de una paciente a otra, aprendidas casi de memoria, a fin de conseguir el "visto bueno" para acceder al tratamiento clínico que necesitaban, como más adelante se descubriría. Los tópicos, pues, persistieron largos años con la ayuda de algunos representantes de la profesión médica. De hecho, y volviendo a la tabla que describe la cadena simbólica, es muy frecuente que se entienda teóricamente la validez del razonamiento, pero se rechacen algunas posibilidades combinatorias de sus elementos, especialmente las que se refieren a las personas transexuales y su orientación sexual. Parece que seamos menos "personas" que los no-transexuales, que nuestras opciones tuviesen que ser más reducidas, que el precio a pagar por nuestra diferencia tuviese que ser más alto que para los demás… ¿Se sigue asociando la transexualidad con una determinada vida sexual? Mucho nos tememos que sí, y que de ahí deriva gran parte de nuestros problemas. Voy a poner un ejemplo real, personal y muy reciente. En el transcurso de este año académico, he sido profesora de idiomas en varias empresas. Mis alumnos supieron que soy lesbiana, pues de la misma forma que hablábamos de sus familias, trabajo, amigos, etcétera, yo les hablé de mi novia, y nunca detecté problema alguno a ese respecto. Sin embargo, nunca supieron que soy transexual hasta el último día, en que les entregué una carta hablándoles de mis actividades como Vicepresidenta de la FIG y la realidad del colectivo transexual. [Ver Apéndice, Carta a mis alumnos]. El día que quedé con ellos para tomar una copa como despedida del curso, surgió una única pregunta: "Si eres transexual, ¿cómo es que te gustan las mujeres? ¿No te habría resultado más cómodo quedarte como estabas?" Es realmente curioso como, mientras eres una mujer más, puedes ser tan lesbiana como quieras, incluso si tu imagen personal es la de una mujer —digamos coloquialmente— femenina, es decir, que se pinta los labios, lleva falda y pelo largo, y usa zapato de tacón. Sin embargo, y tras todo un curso de ser tratada como una mujer corriente —a pesar de ser lesbiana—, y bien considerada como profesional competente, parecía que la revelación de que soy transexual me inhabilitaba de repente como mujer, seguramente como lesbiana, incluso posiblemente como persona mentalmente sana. Si se entiende que nuestras preferencias afectivas y/o sexuales no dependen de nuestras características físicas ni comprometen nuestra identidad, ¿por qué persiste la idea de que la identidad de género o la modificación de unos rasgos físicos es una preferencia destinada exclusiva o principalmente a la alcoba? Esa contradicción, aunque nos perjudica y debe ser resuelta, sería comprensible si sólo se produjese entre las personas heterosexuales que nunca han vivido ni han sido educadas fuera de las presuposiciones de la cadena simbólica. Lo realmente chocante es que la contradicción se produce con la misma intensidad entre la población homosexual. A lo largo de las numerosas conferencias que esta Fundación ha pronunciado para diversos colectivos de gays y lesbianas, la existencia de mujeres transexuales lesbianas y hombres transexuales gay siempre ha despertado sorpresa, incluso a menudo incredulidad. Ya les podíamos explicar la famosa cadena simbólica del derecho o del revés, que siempre surgía el mismo razonamiento, expresado en los mismos términos reductores del "cambio de sexo", "hombre que se hace mujer / mujer que se hace hombre" y otros vulgarismos similares. Desde la sombra del anonimato, llegamos a escuchar o leer frases del tipo "si te operas y te gustan las tías, no eres más que un tío con coño", o "no sois más que hombres castrados". Sí, aunque resulte chocante, la transfobia también se da entre homosexuales. ¿Qué debemos hacer para demostrar nuestra salud mental? ¿Por qué un hecho tan sencillo como la divergencia entre sexo e identidad resulta tan difícil de entender? ¿A qué viene tanto empeño en marcar los límites de nuestro cuerpo en relación con nuestra vida social o sexual? ¿Por qué se entiende la homosexualidad con más facilidad que la transexualidad, y para entenderla simplemente se destruye su esencia, convirtiéndola en lo que no es? La respuesta sólo puede estar en el tabú del cuerpo, que es lo primero que ven nuestros ojos y nuestro principal vehículo de comunicación con la sociedad.
Página: 2/6 
|