1. Introducción
Queda claro, a través de las referencias históricas y antropológicas, que la transexualidad es un fenómeno natural y universal, consustancial a la condición humana. No debería sorprendernos este fenómeno, ya que en diversas especies, tanto animales como vegetales, no sólo la permutación sexual es frecuente, sino también la de los roles de género. Está más que comprobada la transexualidad de varios peces, de plantas, y también se ha documentado la existencia de hormigas travestidas. A ningún zoólogo se le ha ocurrido calificar estos hechos biológicos o comportamientos como "patológicos". Sin embargo, desde el siglo XIX hasta hoy, nuestros científicos occidentales se empeñan en tratar la transexualidad como una enfermedad.
Tal y como puede verse en la historia de la transexualidad, no hay ninguna razón para considerar enfermas a las personas transexuales. Las civilizaciones mencionadas podían tratarlas de forma diferenciada o simplemente como los demás hombres o mujeres, pero siempre concediéndoles un lugar dentro del sistema social. Sabían distinguir nítidamente entre sexo anatómico, identidad de género y rol de género, reconocían a las personas transgenéricas su capacidad de desarrollar tareas específicas o generales de su género, según las convenciones sociales al uso. Asimismo, las modificaciones corporales, totales o parciales, se han dado en varios momentos de la historia, en muy diversos contextos culturales, religiosos e intelectuales, y nunca el acto quirúrgico en sí ha sido considerado algo extraño, superfluo, ni mucho menos condenable.
Es también evidente, por todos estos datos, que no se ha establecido una distinción entre roles de género y orientación sexual. El heterocentrismo es una constante en todos los múltiples ejemplos de transgenerismo recogidos, y no es hasta el siglo XX que la orientación del deseo sexual y la identidad de género empiezan a disociarse. La homosexualidad, aunque considerada oficialmente una perversión y/o una enfermedad, va saliendo a la luz paulatinamente como un comportamiento diferenciado del transgenerismo, hasta que, en 1973, el movimiento homosexual consigue que deje de ser considerado oficialmente una enfermedad mental, el mismo año en que la Disforia de Género (denominación clínica del Trastorno de la Identidad de Género, o transexualidad) es incluido en el catálogo de patologías psiquiátricas. La diferenciación, por tanto, lejos de beneficiar a todas las víctimas por igual, ha perjudicado específica y directamente a las personas transexuales. Por si fuera poco, cuando parecía que homosexualidad y transexualidad al fin se estaban diferenciando y comprendiendo, resulta que se siguen confundiendo y que la primera se conoce y acepta mejor que la segunda.
Es realmente curioso que, en la primera mitad del siglo pasado, el transgenerismo, tan antiguo, aceptado y asentado a través de las culturas, se "descubra" repentina y precisamente como enfermedad, mientras que la homosexualidad, igualmente arraigada, perdiese rápidamente su tratamiento como patología. Hoy en día, padecemos el mismo heterocentrismo y falocracia que en la antigüedad, pero sólo la homosexualidad parece haberse librado de las garras de la psiquiatría. Queda pues mucho que aclarar para explicar la transexualidad y los roles de género en contraposición con el comportamiento sexual en nuestra civilización occidental.