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Empiezan a producirse reacciones al texto del Proyecto de Ley Reguladora de la Rectificación Registral de la Mención Relativa al Sexo de las Personas (la que debería haber sido Ley de Identidad de Género, pero se quedó en el camino), desde un punto de vista crítico en cuanto a la falta de libertades que representa lo que definen como "un texto que envuelve un discurso tan paternalista como agresivo, insultante, y que sobre todo continúa y redefine el trabajo estigmatizador". Antón Corpas ha mostrado un punto de vista coherente, hecho desde la libertad y desde la consideración de las personas transexuales como indivíduos sanos y cabales, justo lo contrario de lo que sostiene el Proyecto. Pulsa en Leer Más, para ver una parte del artículo y para acceder al texto completo.
Disforia de género en el país de «todos contentos» En este punto, y bajo un traje de tolerancia y corrección política muy afín a estos tiempos, el gobierno asistido por el lobby rosa institucional, ha logrado vender como «ley progresista» un texto que envuelve un discurso tan paternalista como agresivo, insultante, y que sobre todo continúa y redefine el trabajo estigmatizador. Dos años de tratamiento psicológico y al cabo un diagnóstico de Disforia de Género, son el trance que establece la ley para que transexuales y travestis, puedan reformar su denominación legal y sexual en los documentos oficiales. Además de calcar la ley francesa, los requisitos de la nueva ley son idénticos a los que hasta ahora exige el Servicio Andaluz de Salud para practicar el cambio de sexo con cargo a Seguridad Social, e incluye que la persona solicitante haya «sido tratada médicamente durante al menos dos años para acomodar sus características físicas al sexo reclamado». Esto último no significa otra cosa que un tratamiento hormonal, con lo que significa de autoagresión física y emocional, y por otro lado de ingente negocio para la industria farmaceútica. Sintetizando el fondo y la forma de este texto entre kafkiano y orwelliano, personas que están en sus cabales tendrán que asumir la condición de enfermos mentales para acceder a un derecho, y a la vez, profesionales de la psicoterapia tendrán que diagnosticar una enfermedad mental a quienes están en pleno uso de sus facultades mentales. Todo según un concepto cuya base ciéntífica mas sólida es la legitimación para juzgar y la capacidad de la doctrina psicoanalítica de desarrollar teorías y enfermedades basura. El término Disforia de Género como significado y como significante («Disgusto persistente por algunas, o todas, de las características físicas o papeles sociales que connotan el propio sexo biológico»), mantiene los roles y las prácticas de la heterosexualidad como la medida de lo normal. Una relación entre normalidad y desviación relativamente desacreditada pero aún sólidamente arraigada en la conciencia colectiva, se reencarna hoy en un concepto medico-legal que con todo rigor podría aplicarse a la homosexualidad, pero que se ha reservado al transgénero, con buen cuidado de no tocar el escalón simbólico y la respetabilidad social —aún hoy débil y en mucho hipócrita— lograda por gays y lesbianas. De hecho, una de las razones de que los grupos antiabortistas, familiaristas, tradicionalistas, ultrarreligiosos y la derecha política en general, no se hayan movilizado contra la ley, a parte de la cargada agenda de fantasmas y cruzadas en la que se han embarcado, es porque aquella deja meridianamente claro lo que para ellos es la diferencia entre normalidad sexual, biológica y reproductiva, y enfermedad, monstruosidad o excentricidad de género. A pesar de que las amenazas recibidas por teléfono e internet, obligaron a la Federación de Gais, Lesbianas y Transexuales (FGLT) a suspender una celebración convocada tras la aprobación del Proyecto de Ley por el Consejo de Ministros, sí la ley ha ocupado un segundo plano en la ofensiva ultracatólica —incluso es difícil encontrar referencias en sus webs— es por la confirmación de buena parte de sus tesis. No olvidemos que sí terapeutas e identicidas como el polémico Aquilino Polaino quieren tener algo que «curar» no tienen otro término mejor que el de Disforia de Género. Duele pensar que esta condena a una condición irremediablemente patológica del transgénero, no haya sido inmediatamente respondida por los colectivos de homosexuales y lesbianas, quizás por un pragmatismo de vía estrecha. Bajo la capa de un presunto País de las Maravillas donde «lo importante es que todos estén contentos» aunque sean extraños y desviados, la ciencia y la política han vuelto a hacer de las suyas, mezclando la estética de las buenas intenciones con un juicio y un prejuicio demoledor, que convierte a miles de personas en enfermos mentales por decreto. Extracto del artículo de Antón Corpas titulado "Política, género y transgénero en el País de las Maravillas", publicado en la web KAOSENLARED.NET. Para leer el artículo entero, pulsa aquí.
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